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ENFOQUE DE ORIENTE · Mar 10, 2026

Cartografía del asombro

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ENFOQUE DE ORIENTE · ENFOQUE DE ORIENTE

“El viaje más lejano es el sosiego,

a él vuelven todas las cosas,

Como el hambre vuelve al pan

y el azul al azul más profundo”

Hugo Mujica

El 3 de abril de 2024 amarré una maleta en mi moto y salí desde el municipio de La Unión, Antioquia, rumbo a Santiago de Chile. Treinta y nueve días después llegué a esa ciudad y me instalé a vivir allí. Meses más tarde, durante el verano de 2025, rodé durante veinticuatro días por el sur y la Patagonia. Y hace algunas semanas, de nuevo con la misma maleta, regresé al Oriente después de treinta y dos días cruzando de sur a norte Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia.

Más de 24 mil kilómetros sobre una moto me permiten afirmar que recorrí buena parte de la cordillera de los Andes. Pero más allá de la cifra —siempre insuficiente—, el viaje se convirtió en una forma de interrogación: sobre la identidad; sobre las fronteras culturales que no coinciden con las líneas del mapa; y sobre el sentido profundo de viajar sola, algo que puede parecer, al inicio, un gesto temerario, pero que en la práctica es una experiencia reveladora.

La ruta y sus detalles

Desde la adolescencia sentí una fascinación por la cultura andina, algo que se reforzó cuando empecé a estudiar Gestión Cultural. Poco a poco se me metió en la cabeza la idea de viajar por esos territorios y experimentarlos con el cuerpo y la mirada atenta.

La primera ruta, la de ida, consistió en atravesar 9.500 kilómetros de norte a sur por Colombia, Ecuador, Perú y Chile, procurando pasar por lugares clave para cualquier amante del arte, la historia y los paisajes. El viaje combinó turismo cultural y de naturaleza, siempre acompañado por una sensación de asombro. Museos, centros históricos y complejos arqueológicos; volcanes, lagunas, ríos, cañones y playas. En el camino conocí por primera vez el océano Pacífico, el desierto y la nieve, experiencias que reordenan la percepción del mundo.

Llegué a Santiago en mayo de 2024 sin conocer a nadie. No sabía dónde iba a vivir ni cómo iba a sobrevivir de ahí en adelante (no tenía empleo) y, siendo aún otoño, ya el frío me calaba los huesos. Pero, así como la ruta, la vida se fue acomodando poco a poco y de manera generosa. Entendí que una puede tener muchos miedos —normalmente más preguntas que respuestas—, pero que nada de eso puede inmovilizarte.

Aprendí a conocer la ciudad y sus alrededores: sus calles, sus cerros, Valparaíso, la agenda cultural, el lenguaje y su gente. El gran Santiago tiene una vista majestuosa de la cordilleray extrañaré la tranquilidad que sentí estando allí.

Tuve la oportunidad de hacer la carretera Austral, una ruta inmersiva de un par de semanas por la Patagonia, entre montañas y fiordos, caminos infinitos y aguas color azul tranquilo. De repente, la percepción del mundo cambia y te sientes dentro de una escena cinematográfica, casi irreal. Esa ruta fue particularmente salvadora.

No puedo afirmar que comprendo plenamente la cultura chilena, en muchos aspectos se distancia de la nuestra; pero fue allí, frente a ese espejo de la diferencia, donde me pregunté quién era yo, y esa pregunta despertó una extrañeza nueva: la de aquello que eres y tienes, pero que solo se vuelve visible cuando lo pierdes o lo miras desde lejos.

De regreso, en enero de 2026, crucé los Andes buscando Mendoza, atravesando por la Quebrada de Humahuaca, el altiplano boliviano, el lago Titikaka, el desierto peruano, hasta reencontrarme, finalmente, con el verde del trópico.

Los aprendizajes

Volver no significó terminar el viaje, sino integrar ese movimiento a la vida cotidiana, como una forma más consciente de habitar el territorio. Gracias a la ruta, he llegado a algunas reflexiones sobre esto de viajar sola y que comparto a continuación:

  • Viajar es abrirse a la novedad, pero también implica planear, y planear reduce riesgos, brinda seguridad, ahorra energías y costos.

  • Siempre existirán personas o redes comunitarias en las que se encuentra el apoyo necesario para un viaje seguro y amable.

  • El frío del oriente antioqueño no se compara con el frío del altiplano andino o el invierno austral. Explicar lo que siente tu cuerpo allá es difícil. Asimilar las estaciones también lo es.

  • Tanto la sierra peruana como el desierto de Atacama, en Chile, son lugares muy bellos, pero abrumadores. Estar allí es sentirse tremendamente pequeña y frágil.

  • Si aman, como yo, la cultura viva y popular de los territorios, Ecuador, Perú y Bolivia son maravillosos: cultivos, mujeres con sus trajes tradicionales, comida callejera, mercados populares, música, tejidos, entre otros; hacen parte del paisaje cotidiano.

  • Al recorrer gran parte de la cordillera, se observan paisajes muy distintos según el país, y entonces te acuerdas del verde que tenemos en Colombia. Es un privilegio ver como aquí la vida brota por todas partes, aunque no muchas veces seamos conscientes de ello.

  • En una moto no importa si vas rápido o lento, lo que importa es la libertad de ir a tu ritmo, de elegir el rumbo, de sentir el entorno y ser parte del paisaje. No hay cansancio ni miedo ante semejante experiencia.

  • Viajar sola es una terapia profunda: te enseña a estar contigo misma, a cuidarte, a felicitarte, a descubrir de qué eres capaz si realmente confías en ti.

Si el lector/a tiene la oportunidad de viajar, sea en solitario o en compañía, le invito a que no pase de largo por la cartografía del asombro.

Fotografías. Archivo personal de la autora.

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Read the original on enfoquedeoriente.substack.com

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