Escribo estas líneas con la radio puesta en el hall de un hotel de Sevilla. Con auriculares, claro. Ante todo respetuosa. Últimamente necesito siempre sonido, ruido. Y no es por no escuchar mis pensamientos. Una canción, la radio, un pódcast. Siempre jaleo, y de vez en cuando, silencio. Pero he de reconocerlo, la música me hace feliz. El sentirme acompañada. Me vale la sintonía de las secciones de un programa, ponerme una lista de Spotify, descubrir un hit… Y por supuesto, un concierto. The hills are alive with the sound of music, with songs that they've sung for a thousand years, the hills fill my heart with the sound of music, my heart wants to sing every song it hears… Cantaba Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas, que a nivel internacional se llamó como la newsletter hoy. Qué poderoso es the sound of music.
Empecé la semana con un homenaje a Franco Battiato. El jardín de la embajada italiana tenía la misma temperatura que el horno napolitano de las pizzas, pero fue precioso cantar a coro ‘Currucucú Paloma’. O ‘Centro di gravitá permanente’, una de mis favoritas del artista siciliano. El lunes acabó con música y un gol de España. El martes bailé en la silla al ritmo de las secciones musicales que había preparado mi compañera Saioa. Un repaso por las canciones del verano —¿sabemos cuál pegará este?— que me hizo contonearme con los auriculares puestos. La radio siempre se aligera y se refresca en la temporada estival.
El miércoles llegó el Mad Cool. Sombra de ojos rosa y unas Converse para cantar junto a los Foo Fighters. Descubrí Mad Mad Mad y después bailamos Moby. Trance nostálgico decían algunas crónicas musicales. Así fue. A pesar de que a mí Moby me pilló más bien tarde. El poder de la música es brutal. Cientos de almas bailando al compás ‘Porcelain’. El grupo se dejó llevar por el pasado y cantaron sus grandes éxitos. Si es que se lleva la melancolía. Cuando terminó el concierto Carmen y yo cantamos y bailamos en el coche a ritmo de Mestiza, mientras conducía por la M-40 para dejarla en su casa. Se me hizo el camino más rápido y el cansancio se quedó atrás. Esa es la fuerza de la música. Quizá por eso me gustó tanto la serie Daisy Jones & The Six. Eso sí, me ha dado mucha pena no poder ver a Florence. Su versión de Stand by me, aunque no sonaría en el festival, es banda sonora de uno de los momentos más especiales de mi vida.
El jueves tocaba poner rumbo, gracias a mi trabajo, a una de las plazas más bonitas del mundo: la Plaza de España de Sevilla. Maroon 5 tocaba en el que todo el mundo llama el Icónica Santalucía. Hasta Adam Levine hizo mención de la belleza apabullante del lugar. Volví al 2002, y a mi adolescencia, y a esos años en los que escuchábamos los discos sin parar, sin pensar que el tiempo era finito o que se podían hacer virales. Hacía milenios que no escuchaba algunas de las canciones… Pero parecía al cantar, parecía que fue ayer. Las canciones son un cohete, un viaje en el tiempo, una nave que nos lleva a la galaxia. Una magdalena de Proust para el oído y la mente. Las letras me venían a la cabeza a cada sorbo de vino, como una pócima que conseguía devolverme la memoria. La nostalgia impregnaba cada uno de mis huesos. Con Moby me acordaba de aquel anuncio de la televisión, creo que de RTVE, en el que sonaba su canción más famosa. Con Maroon 5 de mis desvelos infantiles. A pesar de mi dolor de pie, disfruté como la que más del festival. Me parece irrespetuoso no darlo todo cuando te invitan.
En fin. Que soy esa opción del Spotify para escuchar la canción una y otra vez. Exprimo el tiempo al máximo. Cuento los minutos en la ducha en función de las canciones. Contabilizo las horas de sueño, el trabajo, cuándo podré comer y qué para que me de tiempo a todo. No dejo que se acabe la canción antes de tiempo. Un día acabaré rompiendo el vinilo, pero hasta entonces… Me pongo música para ir más rápido y escucho las canciones que me alegran para darle al día la vuelta a la tortilla. Porque la vida es como un concierto, sabemos que lo mejor es siempre al final pero… ¿y si hay un bis y nos vamos antes por recuperar minutos en la salida y nos lo perdemos? Tócala otra vez, Sam. Que no acabe la música antes de tiempo.
Julie Andrews en Salzburgo, en un fotograma de la película. No podía no poner otra foto.
Para que hables en el próximo Guateque:
El restaurante: En la hora y cuarto que he tenido libre en Sevilla fiché en ABC Sevilla un sitio que tenía buena pinta. Estaba en El Porvenir, a diez minutos andando del hotel. ¿Su nombre? Bodeguita Los Caracoles. En sus sugerencias había un plato de kokotxas con habitas. En mi top 5 de mejores platos del año. Qué exquisitez.
La canción: Una de las canciones que me saben a verano es ‘La Gota Fría’, en la versión de Carlos Vives. Mi amigo Álvaro me descubrió el otro día, volviendo de Burgos, la versión de Julio Iglesias. ‘Moralito’. Juzguen ustedes cuál es mejor.
El perfume: El otro día me enviaron de L’Occitane un par de eau de toilettes. Uno más cítrico, otro más aromático: Lavande. El olor a La Provenza siempre me baja revoluciones y se va a convertir en mi aroma en esos días en los que quiera ir más lenta, como las baladas. Lavanda, hojas de eucalipto y sándalo.
¿Cuál ha sido el mejor concierto de vuestra vida? ¿Qué canción escucháis sin parar? ¿Habéis ido a algún festival? En fin, contadme. Nos leemos. Compartid la newsletter, que la escuche más gente. Convirtamos esto en un estadio. Como siempre, feliz lunes y estupendísima semana.

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