Cada vez que entro en un supermercado nuevo es como entrar en un parque de atracciones. Los ojos se me van a cosas absurdas que no me gustan y no quiero, pero comprar una salsa de hamburguesa de Trader’s Joe me parece entonces un buen plan, e incluso probar el matcha ya preparado —odio el matcha, ¿a quién le gusta una bebida con sabor a césped?— se cuela en mi lista de la compra; llenar el carrito de pastas, salsas y quesos que no suelen estar en mi súper —tenía que haber cogido esa scamorza ahumada, eso sí— hacen peligrar el sueldo de este mes. Y así con otro puñado de tonterías gastronómicas. Lo que sí que compré fue un paquete de taralli.
Descubrí los taralli en un viaje de verano a Puglia, porque se viaja para vislumbrar lo desconocido. El grupo lo bauticé ‘De Puglia Madre’. El anterior había sido ‘De Hvar en Hvar’ —fuimos a Croacia— y el del año pasado fue ‘Plan Bolonia’. Parezco seria, pero tengo la capacidad de hacer juegos de palabras para el disfrute y las risas de mis amigas. Ese verano —que autodenominé ‘de turismo de borrachera’— lo pasamos bien, y no fue por las copas. Hoy he viajado a él después de comerme un taralli. Ha sido mi Madgalena de Proust.
Viajamos a Bari y yo hice la broma de Bali porque fuimos en un momento en el que todo el mundo quería un Come, reza, ama. Cambiamos la primera parada porque un amigo me habló de un festival de electrónica en Locorotondo, y allí que fuimos, a conocer este vistoso pueblo blanco. No había ni un comentario al reservar e íbamos con el miedo de que nos fueran a secuestrar. Simplemente estrenamos sábanas. Ese cambio de planes y ese festival, en el que cerraron con Estate de Bruno Martino, fue el mejor plan del verano. Hay que dejarse llevar por la incertidumbre y los cambios, siempre generan anécdotas. Nos encontramos en el avión con un amigo cordobés que tenía que hacer noche solo en Bari — su novio de aquel entonces cogía un avión al día siguiente desde Dubrovnik— y le convencimos para que se viniera con nosotras. Le sacamos la entrada antes de despegar y ya el avión fue una fiesta. Con nuestros shorts, nuestras Converse y nuestros kimonos, bailamos como si no hubiera un mañana —¡con copa de vino en la mano! estos italianos sí que saben— al ritmo de una música psicodélica con atisbos comerciales. Coachella alla italiana. El Dj de la pista de baile pequeña pinchaba canciones de los 60 y yo fui muy feliz. Mahmood cantó allí. Dos amigas se colaron en la fiesta de una finca que estaba justo al lado. Tuvieron que salir corriendo. Llegamos a casa cansadas y entre carcajadas. Siempre fan de vivir, y supravivir —me he inventado este verbo— para tener historias que contar a los nietos. Una de ellas acaba de ser madre.
Puglia es España en los años 60. Recuerdo en las esquinas de Bari mujeres de negro, vírgenes escondidas por doquier y casas que se caían a pedazos. Una belleza candente en esas paredes descorchadas pero en las que no se atisbaba ni un ápice de pérdida de identidad. Me alucinó Lecce y el apartamento que teníamos, con una preciosa terraza que daba a una iglesia. Desayunábamos café con lecce todas las mañanas, y mis galletas favoritas de la historia: Pan di Stelle. Tengo apuntados restaurantes desde entonces y me muero de ganas por volver. A sus mercadillos de libros, a las ruinas romanas y a esos bares de vinos con encanto. Comimos spaghetti alle vongole por encima de nuestras posibilidades y pasamos las noches en las terrazas de las plazas teniendo debates absurdos. No existían Trump, ni la inteligencia artificial ni la guerra de Ucrania. El verdadero eurosummer. Las vacaciones de Dua Lipa ya las vivimos nosotras.
Me encantó Monopoli, demasiado abarrotado Alberobello y comimos en un restaurante estupendo en Polignano a Mare. La Antica Trattoria Comes dal 1926, se llamaba. Nos llenamos los carrillos de orecchiette, con forma redonda, que siempre me recordarán a ese verano pugliese cuando los veo en un supermercado que no suele ser el mío. Me saben a ligereza, a despreocupación y a un verano eterno. Después seguimos a Gallipolli, que es un poco Cádiz. Me compré unos pendientes turquesas con forma de coral, comimos pescado frito y pulpo, alquilamos un barco. Nuestro amigo —al que salvamos en Bari— se sumó al plan con su chico. Parecíamos el anuncio de Dolce & Gabbana en versión low cost, con la Isola di Sant’ Andrea de fondo en vez de Capri. Parlami di amore Mariù.
Recuerdo discutir con mis amigas porque entre playa y playa yo quería visitar algún pueblo y ahí fue cuando dije que estábamos haciendo turismo de borrachera. Qué 27 años más reivindicativos. Recuerdo el bocadillo de mozzarella, mortadela y pesto que nos hicimos en un ultramarinos fantástico —Baguetteria de Pace— y ese Aperol Spritz en una playa de arena blanca y agua turquesa —Torre Castiglione, en Porto Cesareo—. Éramos las únicas de fuera. Hasta alguien nos dijo: “Pero… ¿qué hacéis aquí?”. Éramos Carmen Maura en la película de Fernando Colomo. Pero sabiendo hablar italiano.
Hubo momentos de tristeza porque mi cabeza andaba por momentos en otra playa —fue el último agosto de mi abuela—, pero lo pasé bien en aquel verano despreocupado en el que escuchábamos sin parar los éxitos musicales de la lista italiana de Spotify. Pinchamos una rueda y solo estábamos pendientes de no perder la botella de vino. Preciosa Ostuni, yo caminaba por sus calles con un pañuelo en la cabeza. Bríndisi, que miraba al mar. Recuerdo ir llena de arena a las iglesias. Bailamos en una discoteca al lado del mar donde pinchaba Gianluca Vacchi.
Ya se sabe que la magdalena de Proust nos lleva a En busca del tiempo perdido. Parafraseando su libro, pienso que yo no perdí el tiempo. Para nada, exprimía hasta el último momento. Esa juventud… Disipaba las preocupaciones moviendo los brazos en Zen Beach, alejaba las tristezas a sorbo de Aperol y cantaba tan fuerte a Fedez que ni escuchaba lo que sucedía en mi cabeza. Años después, pienso en la fugacidad del tiempo y siento esa angustia del escritor por los tiempos pasados. Ay, no sé. Pasa el tiempo tan rápido… En fin. Me voy a por una magdalena. O mejor un cinnammon roll.
Una foto que hice en Lecce, en 2019. Qué ganas de volver.
Para que hables en el próximo Guateque:
El restaurante: Me invitaron a probar Myo Hand Roll Bar y me ha encantado. Ese cocido con miso, ese handroll con toro flambeado, ese mochi de chocolate. Soy muy de barra y me ha gustado mucho el concepto. Gracias por la invitación.
El vino: Sabéis que de vez en cuando os recomiendo vinos por aquí. El otro día fui a la fiesta de presentación de Sublimme, el primer espumoso de Marqués de Riscal. Fue en una floristería del Barrio de las Letras. Fresquito, probamos un par de cócteles y me llevé una botella a casa.
La película: Tenía pendiente ver Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar y la vi esta semana. No sé si es que últimamente tengo muchas cosas en la cabeza, pero no me entusiasmó. Sí, la fotografía y el vestuario —esa maravillosa casa de Lanzarote, ese vestido de Saint Laurent que luce Rossy de Palma—, y por supuesto, escuchar a Amaia por Chavela Vargas. ¿Qué os ha parecido a vosotros?
Bonus track:
La exposición: Ayer fue el último día para poder visitarla, pero quería deciros que estuve en la exposición María Elena Walsh y Sara Facio: la palabra y la mirada, en el Instituto Cervantes, y disfruté de las fotografías de Julio Cortázar y Gabriel García Márquez además de descubrir que yo de pequeña había leído a Walsh gracias a mis padres.
Pensando qué hacer en vacaciones, no sé si descansar en agosto, no sé si subir solo notes, no sé si me echaréis de menos por aquí o lo contrario. Quiero escucharos. Por cierto, cuento los días para volver a Menorca, mientras tanto, os dejo la postal que le mandé a Eva Morell. Esta semana me vuelvo a ir de viaje, pronto os cuento. ¿Spoiler? Tengo que llevar sudadera y no he estado nunca. Feliz lunes, buena semana, contadme impresiones. ¿Qué planes tenéis vosotros?

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