Estaba en Starbucks y me preguntaron: “¿frío o caliente?”. Es una disyuntiva sencilla pero hay que explicar el contexto. Era un jueves en Edimburgo y fuera había 15 grados. Fuimos al Starbucks porque la primera mañana en un lugar desconocido hay que ir a lo sencillo o lo conocido, es momento de organizar el día. Me extrañó tanto la pregunta que lo volví a cuestionar. Claro, aquí es verano, solo hay que ver a la gente. Se mezclan los forros polares y los abrigos, o las chaquetas vaqueras con sudadera a los hombros —como es mi caso—, con los microshorts y las sandalias. No exagero, es una realidad. Las cuatro estaciones de Vivaldi. En el cielo y en las calles. Es lo que tiene Escocia.
He comenzado agosto comprándome unos calcetines en Glasgow, con mi sudadera favorita sobre los hombros y para qué negarlo, pasando algo de frío. Se hace extraño rozar las vacaciones con más chaquetas que bikinis en la maleta. Aunque ya lo dije el año pasado en el Hotel Jorge Juan: el verano es un estado de ánimo. Es por eso que me pinto las uñas del color de la bandera escocesa y mezclo las tonalidades de las prendas inspirándome en el mar. El verano se vive por dentro y con actitud. Aunque fuera, en la Princes Street, haya a primerísima hora poco más de diez grados.
Como ha reflexionado mi padre estos días: “Ahora entiendo por qué paso frío con el Barbour… El Barbour es una chaqueta de verano”. Casi pido a mi padre que me diera el suyo, antiguo y desgastado, los que mejor quedan. Me hubiera vestido por la Royal Mile como Alexa Chung de festival, aunque las botas para el verano ya me parecen demasiado. Casi mejor inspirarme en Lady Di. John Barbour, por si había duda, es escocés, y creó esta chaqueta para los marineros y pescadores del mar del Norte.
El salitre aún no se ha pegado a mi piel, ni me he teñido las mejillas de rojo, ni el pelo se me ha quedado con ondas ni me he quedado dormida bajo el sol… Ni la boca me sabe a sal. Mis pies no han jugado con la arena y no me he tomado mi ansiado vino al lado del mar ni me he quejado de la humedad. Está siendo un verano de camisetas marineras —pero sin pisar Santander o Donosti–, de chaquetas de entretiempo, de bermudas por doquier pero de pocos bañadores. Aún no he visto el mar y me siento rara. Como un marinero a la deriva que desea ver tierra.
Me he dado cuenta de que existen otros veranos, más urbanos, diferentes, distintos. A estas alturas de la estación, el año pasado, me puse más morena de nunca y me había bañado en el Mediterráneo dos veces. Quiero una tobillera de conchitas. Comimos junto al mar y me pasé dos días enteros en la playa, hasta que el cuerpo molido por la silla me pidió respirar. Este año anhelo el primer baño de la temporada que será en Menorca.
He encontrado la luz estival en los cuadros de Monet y Van Gogh en la Galería Nacional Escocesa, incluso en los cuadros amarillos del clan Buchanan, el clan de una de las mejores amigas de mi abuela —y el que escogió para el uniforme del colegio Montessori–. Hubo un atisbo de temporada estival el jueves… No solo porque entregué la novela, también porque no pudo brillar más el sol. Y mira que Edimburgo es una ciudad que respira otoño. Me da ansiedad pensar en esta frase de Sylvia Plath: «La lluvia de agosto: lo mejor del verano ha terminado y el nuevo otoño aún no ha nacido, el extraño tiempo de la mudanza». Entre el frío y el calor, yo creo que prefiero lo segundo. Que el invierno es muy largo y las mañanas tristes. Sylvia, lo siento, voy a llevarte la contraria. No quiero pensar que lo mejor ha acabado cuando para mí acaba de empezar, aunque me de vértigo pensar que ya estemos en agosto. Lo dice Shakespeare: «Y el plazo del verano un breve instante dura». Ya habrá tiempo para el Barbour.
La Princesa Diana en Barbour. Probablemente un día de verano escocés.
Para que hables en el próximo Guateque:
La canción: Mi padre —sí, mi padre— me ha descubierto esta canción de Ojete Calor que no puede divertirme más.
El libro: Tenía pendiente Siddharta, de Hermann Hesse, y ha sido el libro de mi viaje a Escocia. Seguro que muchos la habéis leído. Más de cien años después de la publicación de esta novela, sus temas siguen absolutamente vigentes.
El pódcast: Esta semana y la pasada, que tenía bastante ansiedad y pasé tiempo trabajando sola, me dediqué a escuchar 1001 pódcasts. Los de Pausa, que se pausan porque me imagino que sabréis que Marta García Aller va a presentar La Brújula, siempre ma han gustado. Disfruté este en el que hablaron de moda. Ojalá tener un programa de radio.
Tengo algo que decirte…
Es probable que las dos últimas semanas de agosto me las tome de descanso. Estos días recibí una bonita carta de un lector —espero que disfrutes muchísimo de Copenhague, muchas gracias por tus palabras— y me hizo reflexionar. Es bueno que alguien te eche de menos. También he notado que estoy seca de escribir. Cuanto tu trabajo son en su mayoría artículos y un libro… Llega un momento —lo juro, es verdad— en el que faltan las palabras. Y os merecéis un buen nivel por aquí. Previsiblemente El Guateque de la semana que viene sea el último hasta la siguiente temporada. He pensado que me podéis escribir directamente a mí. De lo que os gusta, de lo que no, de lo que os gustaría por aquí. Tengo mi bandeja de email disponible. El Guateque se queda con la puerta abierta. Solo tienes que llamar.
¿Os habéis bañado ya? ¿Estáis morenos? ¿Me dais envidia? ¿Qué planes tenéis de verano? Contadme. Escribo estas líneas muerta de sueño desde Edimburgo. Cuando leáis esto ya estaré en Madrid, espero que destapada aunque sea más mullido mi edredrón. Como siempre, feliz lunes, estupenda semana.
PD: Pido disculpas. Las 8.07h de Edimburgo son las 9.07h de aquí.

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