Hablar de bienestar corporativo es algo realmente agradable. Hace ya varios años (¿desde la pandemia?) se convirtió en un tema de interés permanente. Actividad física, salud mental, integración, y cultura organizacional.
Si trabajas en Recursos Humanos o en el área de Salud de una empresa, sabes que la conversación puede ser un poco más compleja. Lo incluyes en los objetivos 2026 de tu área, le asignas un presupuesto y luego comienzas a darle vueltas. Te debates casi todos los meses en decidir si lo empujas o si lo postergas.
Porque el problema no es si el bienestar es importante; eso nadie lo discute. El problema es el riesgo. Y no me refiero a uno abstracto. Pienso en uno más concreto que involucra asuntos como presupuesto, seguridad, percepción interna y reputación del área que lo impulsa.
Es más, para que nos engañamos. El riesgo a perder nuestro trabajo. Así de sencillo.
Hace poco más de diez años yo era director de marketing de una reconocida compañía en México. Decidí organizar una carrera vinculada a una de las marcas de la empresa. Me parecía una excelente forma de conectar deporte, comunidad y posicionamiento. En el documento estratégico todo estaba claro. El concepto era sólido y la intención correcta.
El error fue otro: contratamos a un proveedor que improvisó.
Improvisó en la logística, en los tiempos y en la operación. Y cuando alguien improvisa en un evento público, los errores no se quedan dentro de la empresa; se hacen visibles. Aparecimos en YouTube y en Twitter. Lo que debía ser una acción de marca terminó convirtiéndose en un caos.
Tuve que sentarme con mi agencia de comunicación, activar un plan de manejo de crisis y reunirme con influencers y personas que estaban señalando a la empresa. No fue un problema deportivo; fue un problema reputacional.
La conclusión fue clara: nunca más volví a organizar una carrera en esa compañía. No porque no creyera en el deporte, sino porque el costo interno fue demasiado alto.
Pasaron los años y decidí crear una compañía que se especializara en la organización de eventos deportivos para empresas (se imaginarán cuál). La razón era obvia: no quería que más nadie tuviera que pasar, por lo que yo había vivido en aquella oportunidad. Conformamos un equipo en el que operamos ex ejecutivos de grandes corporativos, pero que tenemos mentalidad y procesos ágiles, sin burocracia y con muchas ganas de servir. ¡Hemos llegado a organizar más de 10 carreras en un solo año!
Con el tiempo entendí algo que hoy, si estás en RRHH o Salud, probablemente ya tienes bastante claro: el bienestar corporativo no es peligroso; la improvisación sí. El problema no es “hacer un evento”. Es que el evento te salga caro en todos los sentidos, incluyendo el sentido político. Porque cuando algo sale mal, la pregunta rara vez es técnica. Suele ser otra: “¿Quién aprobó esto?”.
Y casi siempre viene del Director General (o sea, tu jefe).
Muchos programas de bienestar fracasan por una razón simple: se tratan como si fueran actividades aisladas, cuando en realidad son proyectos con impacto operativo, legal, cultural y reputacional. En una empresa, casi nada “solo pasa”. Todo tiene dueños, procesos, riesgos, aprobaciones y consecuencias.
Por eso te voy a enumerar los 10 dolores que tienen mis clientes y sobre los que trabajamos para que puedan realizar una ejecución de sus programas de bienestar lo más impecable posible.
Pero por sobre todo, que puedan dormir bien :)
El primer punto, y uno de los más frecuentes, es la dificultad para integrar la actividad física dentro del plan anual de bienestar. No porque no haga sentido, sino porque compite contra prioridades reales: campañas internas, indicadores de clima, rotación, absentismo, cargas operativas, y la agenda de líderes que ya está saturada. Si el bienestar no se alinea a objetivos claros del año, se vuelve una iniciativa “bonita” que no sobrevive a los recortes o a la falta de atención.
Luego viene la segunda trampa: no saber qué tipo de evento o iniciativa encaja con el perfil de la empresa. Esto suena simple, pero es donde se decide el éxito o el fracaso. No es lo mismo una cultura de planta con turnos y operaciones, que un corporativo híbrido, que una organización con dispersión geográfica, que una compañía con alta sensibilidad por seguridad y compliance. Muchas iniciativas fallan porque nacen desde el gusto del organizador o desde lo que “se vio en otra empresa”, no desde un diagnóstico del perfil real de colaboradores.
El tercer problema es el presupuesto, pero no “el monto”, sino la dificultad para estimar el valor del evento. En este tipo de iniciativas, lo que mata no es lo evidente; es lo invisible: seguridad, permisos, rutas, hidratación, atención médica, señalización, seguros, logística de kits, tiempos, staff, control de accesos, comunicación interna y contingencias. Cuando el presupuesto se calcula con optimismo, luego se paga con estrés, con recortes al final o con una ejecución débil.
Y aquí aparece el cuarto pain point, que es de los más delicados: la incertidumbre sobre cómo medir el ROI o el impacto interno. Porque si dirección te aprueba un presupuesto, tarde o temprano alguien preguntará qué se logró. Y si no hay un marco de medición definido desde el inicio, se termina reportando con anécdotas. El problema es que éstas no sostienen una iniciativa en la junta donde están decidiendo el presupuesto del siguiente semestre. Y menos si te sientas al lado del Director de Finanzas (como me pasaba a mi).
El quinto es la preocupación por la seguridad de los colaboradores y la atención en caso de lesiones. Este no es un punto menor. En muchas empresas, la sola posibilidad de un incidente hace que se congelen decisiones. No basta con decir “habrá paramédicos”. Las preguntas a realizarse son: ¿qué protocolo existe?, ¿qué cobertura hay?, ¿qué rutas de evacuación o atención están definidas?, ¿qué responsabilidades asume cada parte?, ¿quién da la cara si hay un problema?
El sexto “dolor” es igual de importante y suele pasar desapercibido hasta que es tarde: el desconocimiento de permisos legales, requisitos normativos y responsabilidades asociadas. En el mundo corporativo, el evento no es sólo eso. Es un acto que puede implicar permisos, contratos, responsabilidad civil, lineamientos internos, protección de datos, lineamientos de marca, y en algunos casos relación con autoridades o con espacios públicos. Si esto se improvisa, el riesgo se multiplica.
El séptimo es la sobrecarga por ejecutar la operación del evento en lugar de delegarla. Este punto, para mí, es el corazón del problema. RRHH no existe para operar eventos. Salud corporativa no existe para coordinar proveedores, rutas y cronogramas. Pero en la práctica, muchas veces eso termina ocurriendo. Y cuando el equipo interno se convierte en el “project manager” de todo, el costo ya no es sólo económico; es desgaste, horas extra, tensión interna y pérdida de foco en lo que sí es estratégico.
El octavo pain point es la preocupación por la baja participación. Aquí es donde la conversación se vuelve personal. Porque una iniciativa con baja asistencia no sólo afecta el impacto, afecta la percepción y la credibilidad del área. Es la maldita conversación en pasillos (me molesta mucho). Y, en el peor escenario, se convierte en munición para quienes desde el inicio estaban en contra. La pregunta que duele no es “¿por qué no participaron?”, es “¿por qué invertimos en algo que nadie quiso?”.
El noveno es la falta de claridad para seleccionar el espacio adecuado. Elegir sede o ruta no es un detalle logístico. Es parte del éxito. Accesibilidad, seguridad, estacionamiento, horarios, clima, visibilidad, servicios, baños, señalización, permisos, riesgos por zonas, y experiencia del participante. Un mal lugar te baja participación, te complica operación y te eleva el riesgo de incidentes.
Y el décimo, que amarra a todos los anteriores, es la falta de un proveedor integral que asuma la coordinación completa y evite la dispersión entre múltiples proveedores. En mi experiencia, cuando tienes que coordinar al de seguridad, al de producción, al de staff, al de permisos, al de kit, al de hidratación y al de comunicación interna, el evento deja de ser “bienestar” y se convierte en una operación compleja sin dueño real. Y ahí es donde aparecen los huecos. Estos son el lugar perfecto para que la improvisación ocurra.
Por eso mi historia de hace diez años no la cuento como un drama, sino como una lección. Yo viví lo que pasa cuando el proveedor improvisa y tú, como líder dentro de la empresa, terminas pagando el costo.
Hoy soy director de Sportmadness México. Y mi propósito es muy claro: asegurarme de que mis clientes no vivan lo que yo viví en esa oportunidad por haber confiado en un proveedor que no sabía lo que estaba haciendo y que improvisó en lo esencial.
Va más allá de “organizar carreras” o “hacer activaciones”. Se trata de proteger a la empresa y, al mismo tiempo, la reputación interna del área que impulsa la iniciativa. Mi propósito es que el proyecto sea defendible ante un comité de dirección antes de lanzarlo y blindado después de ejecutarlo, con resultados claros y con una operación que no deje cabos sueltos.
Si mañana presentas una iniciativa de bienestar piensa más allá de cómo se verá en el comunicado interno. Revisa si puedes explicar, con calma y con datos, cuánto costará realmente, cómo se medirá el impacto, qué riesgos existen, qué plan de contingencia hay y qué experiencia tiene el proveedor en escenarios complejos. Si no puedes responder eso antes de lanzarlo, probablemente tampoco podrás explicarlo después. Y esa es la razón real por la que muchas iniciativas se postergan.
No escribo esto para asustarte. Lo hago porque conozco la sensación de haber confiado en alguien que no estaba preparado y luego tuve que administrar el golpe.
Si trabajas en RRHH o en Salud Corporativa, me interesa mucho tu opinión. ¿Te hace sentido este enfoque o te parece exagerado? ¿Qué pain point agregarías desde tu experiencia? ¿En qué parte no estás de acuerdo? Si quieres, escríbeme y dímelo tal cual. Te estaré muy agradecido.
Un abrazo
Adolfo Alvarez / Sportmadness México
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