Durante generaciones, la papa fue un alimento esencial de los campesinos de Irlanda, pero en 1845 algo empezó a ir mal. Las plantas de los cultivos comenzaron a marchitarse. En cuestión de días, sus hojas se ennegrecían y caían; los tubérculos, al ser desenterrados, aparecían blandos, podridos, con un olor pestilente. Lo que siguió fue una de las tragedias humanas más dolorosas del siglo. Las cosechas fallaron una y otra vez. Más de un millón de personas murieron de hambre o enfermedades relacionadas. Otro millón tuvo que abandonar Irlanda, una diáspora forzada que transformó el país. La dependencia de una sola variedad de papa, sumada a condiciones socioeconómicas injustas, convirtieron a una enfermedad vegetal en una catástrofe nacional.
El culpable no era detectable a simple vista. Se trataba de Phytophthora infestans, un microorganismo llegado de América, responsable de una patología conocida como el tizón tardío. Aunque hoy existen variedades de papa resistentes y herramientas de control, esta enfermedad sigue siendo una amenaza. El patógeno evoluciona, se adapta, se mueve. El que haya habido una gran epidemia en el pasado no significa que estemos a salvo ahora ni en el futuro.
Mark Twain dijo que la historia no se repite, pero a menudo rima. En ese sentido, el caso del tizón tardío se parece al de los virus respiratorios, como el SARS-CoV-2. La pandemia que explotó a principios de 2020 tomó por sorpresa a muchas personas, pero la emergencia del COVID-19 fue todo menos inesperada para dos de mis divulgadores científicos favoritos. David Quammen y Ed Yong habían investigado la historia de otras epidemias y conocían sobre la ciencia que estudia las enfermedades infecciosas emergentes. En sus escritos, coincidieron en que el surgimiento de una nueva enfermedad pandémica no era una cuestión de "si", sino de "cuándo".
En su libro Spillover (2012), Quammen exploró cómo los virus y otros patógenos que circulan entre animales silvestres pueden "saltar" a las personas y desencadenar brotes de enfermedades nuevas, especialmente en ambientes alterados por los humanos. Su investigación lo llevó a estudiar virus como el Ébola, el SARS, el Hendra y el Nipah, todos ellos zoonóticos. Advirtió que los coronavirus merecían vigilancia constante, ya que ya habían causado brotes preocupantes como el de SARS en 2003, y señaló que varios investigadores alertaban sobre los riesgos de espacios donde los humanos entran en contacto con animales, como los mercados que comercian fauna silvestre en Asia.
Ya en tiempos del COVID-19, en una entrevista donde le preguntaron sobre su presciencia, Quammen respondió: «No pretendo haber previsto el futuro. Le doy el crédito a los científicos a quienes escuché en 2009, 2010 y 2011, cuando investigaba para Spillover. Ellos fueron quienes dijeron: sí, se viene una pandemia. Sí, va a ser causada por un virus. Sí, va a ser un virus de ARN. Sí, podría ser una influenza o un coronavirus, proveniente de un animal silvestre, probablemente un murciélago —posiblemente en un mercado húmedo en China».
Escribiendo para la revista The Atlantic, Yong advirtió sobre la inminente llegada de una nueva pandemia y alertó sobre la pobre preparación del mundo para enfrentarla. En su premonitorio artículo de 2018 —tal como lo recordaron los editores de la revista cuando recibió el Premio Pulitzer por su reportería sobre el COVID-19 en 2021—, Yong predijo de forma acertada una cadena de peligros interconectados que llevaría a una respuesta inadecuada de los Estados Unidos una vez llegara la pandemia: fallas en la comunicación internacional, desfinanciación crónica de la salud pública, escasez de suministros y de experticia científica a nivel estatal, y carencias de Donald Trump como líder.
Como ha demostrado la historia, las enfermedades emergentes —sean causadas por patógenos que afectan a las plantas o por virus que enferman a los humanos— tienen el poder de transformar sociedades. Pero su poder transformador depende no sólo de los patógenos, sino de las sociedades mismas. El tizón tardío de la papa en 1845 y el COVID-19 en 2020 lo evidenciaron. Así lo expresó Yong—la traducción es mía—en otro de sus artículos:
«En la parte final del siglo 19, muchos académicos comprendieron que las epidemias eran problemas sociales, cuya expansión y número de víctimas son influenciadas por la pobreza, la desigualdad, las aglomeraciones, las condiciones peligrosas de trabajo, las medidas pobres de sanidad y la negligencia política. Pero tras el desarrollo de la teoría que señala que las enfermedades son causadas por gérmenes transmisibles, este modelo social fue reemplazado por uno biomédico y militarista, uno en el cual las enfermedades son simplemente batallas entre hospederos y patógenos o parásitos que luchan en los cuerpos de seres humanos individuales. Este paradigma, convenientemente, les permitió a las personas ignorar el contexto social de las enfermedades. En lugar de atacar problemas sociales intratables, los científicos se enfocaron en luchar contra enemigos microscópicos con drogas, vacunas y otros productos de la investigación científica, un enfoque que se acomodó fácilmente con la fijación permanente de los americanos en la tecnología como una panacea».
Este texto de Yong me recordó un escrito de dos biólogos evolutivos, Richard Levins y Richard Lewontin, quienes, en 1985, se expresaron así sobre la relación entre la sociedad y la ciencia, incluida aquella relevante para lidiar con las epidemias—también mi traducción—:
«Por supuesto que la velocidad de la luz es la misma bajo el socialismo y el capitalismo, y la manzana que se dijo que cayó sobre el Maestro de la Casa de la Moneda en 1664 habría golpeado a su sucesor del partido laborista 300 años más tarde con igual fuerza. Pero aducir que la causa de la tuberculosis es un bacilo o más bien la explotación social de los trabajadores, que la tasa de muerte por cáncer se reduce de la mejor forma estudiando los oncogenes o tomando control de las fábricas – esas cuestiones sólo pueden resolverse de forma objetiva en el marco de ciertas suposiciones sociopolíticas».
En breve, cómo respondemos a la aparición de enfermedades no solo es resultado de la infraestructura científica, sino que refleja cómo la ciencia y la tecnología se insertan en el tejido social. En ese sentido, los científicos somos agentes políticos. Vendrán nuevas epidemias y, qué tan preparados estaremos dependerá, en buena parte, del trabajo de personas que dedican su vida a comprender, anticipar y mitigar el impacto de los patógenos, y a conectar su investigación disciplinar con el trabajo social. Como Silvia Restrepo.
El siguiente capítulo de mi libro tratará sobre la trayectoria académica de Silvia, en la que se cruzan historias sobre el tizón tardío y el COVID-19 con aventuras científicas que buscan entender enfermedades misteriosas en las uchuvas, el origen de nuevas especies en organismos patógenos, y las sorprendentes relaciones mutualistas entre hongos y robles. También me referiré al impacto de Silvia en la política.
Bióloga de la Universidad de los Andes, con maestría y doctorado de la Universidad Pierre y Marie Curie, Paris VI, Silvia es la presidenta del Boyce Thompson Institute (BTI), un instituto de investigación afiliado con la Universidad de Cornell que busca impulsar y comunicar descubrimientos científicos sobre la biología de las plantas para mejorar la agricultura, proteger el medioambiente y promover la salud humana. Llegó a BTI hace un año y medio, tras una trayectoria destacada como profesora de ciencias e ingeniería, directora del Departamento de Ciencias Biológicas, decana de la Facultad de Ciencias y Vicerrectora de Investigación y Creación de la Universidad de los Andes.
«Ahora, más que antes, me meto al laboratorio», me dijo Silvia mientras me explicaba sobre el tema de investigación que concentra su atención en este momento. Tiene una enorme curiosidad por entender cómo interactúa el tizón tardío con el universo de microorganismos que crece sobre las hojas de la papa—en sus palabras, «una jungla de bacterias, hongos y parásitos»— , para así comprender mejor cómo funciona la enfermedad.
Cómo llegó a este momento en su carrera comienza con su amor de juventud por los animales. Y con su sabia decisión de estudiar biología y no veterinaria pues ese amor no era suficiente como para imaginar su vida «poniendo una tienda de lavado de perros y gatos».
Luego les cuento qué siguió …
No posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.