No he estado muy activo por aquí. Las ocupaciones se han ido imponiendo y ha sido difícil encontrar tiempo sostenido para sentarme a escribir. Pero el proyecto sigue.
Todavía escribo.
Ya tengo un capítulo completo sobre Silvia, del que compartí un adelanto hace un tiempo, y he seguido avanzando en otras historias. Con Antonio he trabajado en los primeros bocetos de las ilustraciones que acompañarán el libro.
Ha sido emocionante. Ya tenemos algunos dibujos iniciales, inspirados en las historias de Carlos y de Camila .
Por ahora son borradores, pero empiezan a capturar el equilibrio que buscamos entre lo científico y artístico, lo poético. Ahora pasaremos a afinarlos, con atención a los detalles como los que pueden verse en imágenes de microscopía electrónica de los ácaros que Carlos estudia.
Mientras tanto, sigo escribiendo.
El capítulo que tengo ahora entre manos es sobre Santiago Ramírez, gran amigo y colega, especialista en ecología del comportamiento de abejas. Santiago es profesor en la Universidad de California en Davis, y su investigación combina experimentos de comportamiento, estudios genómicos y técnicas de neurociencia para entender la evolución y ecología de las señales químicas que usan las abejas en diversos contextos. Su trabajo abre puertas a mundos ocultos, complejos, fascinantes.
En el capítulo quiero hablar de la importancia de estar con los ojos bien abiertos para los científicos. Santiago viajó a la Amazonía para hacer su tesis de pregrado con la idea de estudiar nidos de un abejorro que nunca encontró en cantidades suficientes para estudiar su comportamiento, como había querido. Pero, en lugar de eso, terminó descubriendo una nueva especie de avispa parasitoide que ataca a unas polillas que pasan su vida bajo la tierra dentro de los nidos de los abejorros (sí, así de especializada puede ser la naturaleza).
Santiago y sus mentores, porque siempre hay mentores, supieron ver la oportunidad. Parte de hacer ciencia, al menos de la que me interesa contar, es entender que los caminos no son lineales, saber desviarse del plan cuando es necesario.
Otra historia que contaré en ese capítulo ocurrió años después, cuando Santiago trabajaba en el Museo de Zoología Comparada de Harvard. Un coleccionista de fósiles se le acercó con una pieza inusual: una abeja preservada en ámbar, con una sorpresa única. El fósil conservaba además el polen de una orquídea.
Se trataba de una evidencia exquisita no solo de un organismo, sino de una interacción ecológica. Santiago no solamente estaba en el lugar correcto en el momento adecuado. También entendió de inmediato el valor de la oportunidad que se le presentó y lo convirtió en una pieza central de su investigación, que representó una catapulta para su carrera.
En resumen, seguimos. Todo sigue en marcha: los textos, las ilustraciones, las historias que se entretejen. Todavía escribo.
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