Antonio ha dedicado su vida a enseñar sobre arquitectura. O, más precisamente, a contribuir a “educarnos para habitar conscientemente nuestro mundo”, como lo detalló en esta entrevista con la profesora Tatiana Urrea.
Parte esencial del trabajo de Antonio ha sido dibujar. En sus palabras:
“Considero que el dibujo es el lenguaje más libre, más conectado con la expresión del sentimiento, porque es el pensamiento hecho línea, color, forma, emoción, sentimiento. Cuando dibujamos, volvemos a las formas expresivas de la infancia, omitiendo las palabras para dar todo el poder de comunicación a una forma libre, bella y completa. De hecho, no olvidemos que el acto de dibujar precedió a la escritura.”
Antonio ya leyó mi narración de la historia de Carlos. Se maravilló con los universos miniatura de escarabajos y ácaros. Ya está pensando en cómo ilustrarlos, en cómo representar, en un dibujo, el camino de vida de una persona que se ha dedicado a estudiarlos.
También leyó la historia de Camila. Esta fue su primera reacción:
“Acabo de terminar la lectura sobre el trabajo de Camila González que está interesantísimo y que incluso me trajo recuerdos personales que de alguna manera me han hecho sentir aún mas idóneo para ilustrar tu texto y específicamente este artículo. Te cuento:
Cuando me perdí por un tiempo en la selva del Darién tuve un paludismo severo que me obligó a viajar a Bogotá para que me lo tratarán en el Hospital de la Hortúa y en el INS. Cuando me curé volví al Chocó norte y entonces me agarró el mal de Chagas [creo que se refiere a leishmaniasis, no Chagas] estando entre Sapzurro y La Miel, en la frontera entre Colombia y Panamá. Me llevaron en panga a Puerto Obaldía, donde me atendieron muy bien en un puesto de salud tropical gringo. Allí me zanjaron el bulbo que se había formado en la pantorrilla derecha y me entregaron 30 inyecciones que aprendí a ponerme a razón de 2 diarias. A veces me sigo preguntando si esto, posteriormente, pudo influir en mis afecciones cardíacas...
La foto de la colonia de orugas me trajo otro recuerdo que me sucedió en la Sierra Nevada de Santa Marta. Caminando allí por una trocha al lado de la Quebrada Valencia, cerca de Machetepelao, inconscientemente puse la palma de la mano en el tronco de un árbol repleto de orugas. El dolor fue terrible e instantáneo. Inmediatamente la aparté y luego me alivié la hinchazón siguiendo el consejo de lavarme con agua y frotarme fuerte con hojas de varias plantas. Funcionó el remedio. Pero no olvidaré la colonia de orugas como muy parecida a la de la foto del articulo.
El otro recuerdo es el del profesor Marinkelle quien era todo un mito cuando entré a los Andes. Era alguien muy especial. Con mucho respeto oí llamarlo como "el señor de las moscas" y alguna vez entré a su extraordinario laboratorio... Muy impresionante.”
Empezaremos a trabajar con Antonio muy pronto. Estoy seguro que el resultado será hermoso y profundo.
Les iremos contando.
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