Quienes vivimos el 11 de septiembre de 2001, recordamos bien dónde estábamos y qué hacíamos aquel día. Camila González se enteró de lo que sucedía en Nueva York mientras trabajaba en Maní, una población petrolera de los llanos de Casanare, en el oriente colombiano. Ante los acontecimientos, decidió que tenía que salir de allí, pero su salida no fue fácil. Cuando llegó al aeropuerto privado de una compañía petrolera para tomar un vuelo a Bogotá, un equipo de la fiscalía nacional apareció para registrar sus pertenencias. Le informaron que tenían información de inteligencia sobre ella y que no podría viajar. Le hicieron muchas preguntas sobre un recipiente que llevaba consigo. En el recipiente había unas orugas.
Conversé con Camila hace una semana. Comenzó definiéndose como “experta en vigilancia de zoonosis” y, ante mi pregunta de eso qué quería decir, me contó sobre un brote de fiebre amarilla en Colombia que está sucediendo en este momento, del que yo no tenía noticia y sobre el cual, entre los expertos, abundan las preguntas y escasean las respuestas. En Ibagué, una ciudad mediana en el centro del país, se ha detectado un número inesperado de casos clínicos de fiebre amarilla. Como esta no es una zona endémica para la enfermedad, la mayoría de las personas no están vacunadas, lo que hace que el brote sea especialmente preocupante. Para el día de nuestra conversación, ya se reportaban más de 30 casos, con una tasa de mortalidad cercana al 50%.
Un poco antes, en un universo paralelo, al sur de Colombia, en el departamento de Putumayo, las autoridades habían comenzado a enfrentar otra emergencia de salud pública. O, al menos, eso creían. Por los síntomas que presentaban los pacientes, inicialmente pensaron que se trataba de una epidemia de dengue. Sin embargo, una vez algunas muestras de personas fallecidas en Putumayo fueron analizadas por el Instituto Nacional de Salud en Bogotá, se determinó que su causa de muerte no era dengue sino fiebre amarilla. Atando cabos, los epidemiólogos entendieron que la situación de Ibagué estaría conectada con la del Putumayo. La enfermedad habría entrado al país por la frontera, desde las selvas de Brasil, extendiéndose luego, al menos, hasta Ibagué.
Con ese entendimiento, surgieron nuevas preguntas. ¿Cómo habría llegado la fiebre amarilla, una enfermedad selvática, cuyo reservorio natural son los primates, a zonas en la periferia urbana de Ibagué? ¿Qué insectos vectores la están transmitiendo? ¿En qué otras regiones del país podría estar circulando, camuflada entre síntomas similares a los de otras enfermedades? ¿De cuál cepa se trata? Y, lo más importante, ¿cómo podremos contener la epidemia?
Por estos días, Camila y sus colegas del Instituto Pasteur, en Francia, y del Centro Internacional de Entrenamiento e Investigaciones Médicas, en Cali, están corriendo para preparar una propuesta de investigación que les permita conseguir recursos para responder estos y otros interrogantes. Algo similar hicieron antes, cuando contribuyeron a entender los brotes de los virus de Zika y chikungunya que explotaron en Colombia en la década pasada.
El trabajo de investigación de Camila se enfoca en entender la dinámica de enfermedades que afectan a los humanos y a otros animales. Le interesa conocer la relación entre los factores ambientales y los ciclos de transmisión de enfermedades en el contexto del cambio global. A diferencia de muchos profesionales de las ciencias biológicas y de la salud quienes también tienen interés en enfermedades transmitidas por vectores, el centro del trabajo de Camila no está solo en los pacientes humanos ni en la búsqueda y control de insectos vectores en sus viviendas y su periferia. A ella le interesa lo que pasa afuera, en el campo, donde no todo es intuitivo.
Para describir la manera en que Camila y su equipo contribuyen a entender los ciclos de transmisión de enfermedades mediante el trabajo de campo y cómo allí no todo es fácilmente previsible, hablemos de sus investigaciones en los bosques de San Juan del Carare. San Juan es un lugar caluroso y húmedo -e infestado de mosquitos- en el valle medio del río Magdalena. Esta es una región de Colombia con una biodiversidad única y amenazada, donde la ganadería y diversas actividades agrícolas han transformado el paisaje casi por completo.
Inicialmente motivados por entender la dinámica de Zika y su interacción con la fauna silvestre, Camila y su equipo de estudiantes y colaboradores han venido estudiando las enfermedades que circulan en poblaciones silvestres de primates en San Juan hace varios años. Silvia Rondón, una de sus estudiantes, se interesó también en saber, por pura curiosidad, si los primates en los que buscaban el Zika estaban infectados con los parásitos que causan la malaria. La única persona que había investigado infecciones de malaria en primates colombianos, varias décadas atrás, se llamaba Cornellis J. Marinkelle. Ya volveremos a ese nombre.
Analizando muestras fecales de primates recolectadas en los bosques de San Juan, Silvia y Camila hicieron un hallazgo inesperado hace unos años: algunos animales estaban infectados con malaria, pero no del tipo que esperaban. La malaria es causada por parásitos microscópicos del género Plasmodium, conocidos por su alta especificidad hacia sus hospederos. Normalmente, los primates se infectan con especies específicas como Plasmodium simium y P. brasilianum, que causan la llamada malaria símica. Sin embargo, los primates de San Juan estaban infectados con otra especie, el parásito responsable de la malaria humana. Esto significaría que, de alguna manera, la enfermedad se había transmitido de personas a primates, lo que podría convertir a estos últimos en reservorios de la malaria, con el riesgo de un ciclo de transmisión de regreso a los humanos.
Cuando Camila y su equipo intentaron publicar estos datos, sus evaluadores recibieron su manuscrito con escepticismo. Su investigación quedó archivada, al menos por un tiempo.
Hace muy poco, una colaboración con un grupo liderado por investigadores franceses les dio la razón. El análisis de secuencias completas del genoma de los parásitos extraídos de muestras de sangre de primates en San Juan confirmó que, efectivamente, ¡estaban infectados con malaria humana!
Este hallazgo no significa que los primates representen una amenaza directa para las personas. Sin embargo, sí demuestra que cualquier esfuerzo por controlar la malaria en las comunidades rurales de la región sería incompleto si se enfocara únicamente en el monitoreo de humanos y mosquitos vectores cerca de sus viviendas.
El trabajo de Camila y su equipo deja claro que, para entender las enfermedades tropicales, es necesario estudiar no solo a las personas, sino también a los parásitos, a sus vectores y a la fauna silvestre en los bosques. Es preciso hacer mejor inteligencia, como la que hicieron aquellos funcionarios de la fiscalía que intentaron impedir que ella saliera del Casanare rumbo a Bogotá cargando unas orugas en 2001.
Camila había llegado a buscar orugas en el Casanare impulsada por C. J. Marinkelle, quien fue su profesor de parasitología y animales venenosos cuando estudiaba biología en la Universidad de los Andes y soñaba con trabajar en la Organización Mundial de la Salud. Las que buscaba no eran orugas cualquiera: se trataba de orugas altamente venenosas, que pueden ser letales para las personas. Son las larvas de unas polillas nocturnas del género Lonomia.
Así como mucho ha pasado desde que cayeron las torres gemelas, Camila y su equipo han aprendido toda clase de cosas sobre esos fascinantes insectos desde entonces. Los detalles su camino maravilloso de investigación en orugas, en la intersección entre la historia natural y la salud pública, estarán en la versión completa de este capítulo.
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