Vamos con lo más leído de la semana anterior: el rebote al tomar Ozempic, la pornografía de la duda, pocos famosos para tanto late show.
Muchos padres, motivados por una mala relación con sus hijos, se plantean la desheredación en España. Una decisión que despierta dilemas éticos, legales y emocionales tal como explica Olalla Uriarte en El Confidencial. En la pieza sostiene que el fenómeno de padres españoles que buscan desheredar a sus hijos, motivados principalmente por el distanciamiento o la falta de relación, está creciendo.
Aunque en España la ley protege a los hijos como herederos forzosos mediante la “legítima” (dos tercios de los bienes), sí existe la posibilidad legal de desheredarlos si se prueban causas concretas contempladas en el Código Civil, como el maltrato. Desde 2014, el Tribunal Supremo reconoció el maltrato psicológico como causa válida, lo que abrió la puerta a más casos, como el mediático de Fernández-Tapias que explicó Héctor Farrés en La Vanguardia.
Conviene subrayar el criterio con precisión: el abandono o distanciamiento por sí solos no son suficientes. Más sobre el tema en el artículo de Jordi Sabaté en El Diario y para quien lo prefiera en formato entrevista, en INEAF tienen una con Laura Lobo.
Custodio Pareja en Idealista habla de los ‘Indiana Jones’ de las herencias que intentan localizar a herederos desconocidos de pisos vacíos en España. Va muy al grano: pisos vacíos, comunidades con deudas, herederos que no saben que lo son, y despachos que asumen el coste de investigar y cobran solo si localizan a los herederos.
Ha sido mi punto de partida para buscar reportajes sobre el fenómeno. Por ejemplo, éste de Héctor G. Barnés en El Confidencial es fascinante: hay firmas que emplean genealogistas especializados que investigan fallecimientos sin herederos conocidos, rastrean archivos históricos y viajan por todo el mundo siguiendo los pasos de la emigración española para localizar a familiares lejanos con derecho a una herencia. El proceso puede durar años, requiere una gran inversión por parte de la empresa y, si no hay éxito, no cobran nada. Frecuentemente estos casos involucran familias separadas por la Guerra Civil.
Otro bueno es el que firmó Jesús Sérvulo en El País: un señor de 90 años de condición más bien humilde recibe la noticia de que le corresponde un piso en el barrio de Salamanca valorado en unos 700.000 euros. La pieza de Patricia Esteban en Cinco Días es valiosa para entender cuándo acaba heredando el Estado y la de Alejandro Mata en Newtral sobre algo que desconocía: en España se puede recibir una recompensa si se informa de una herencia sin herederos que acaba adjudicándose al Estado.
Me ha interesado la pieza de Nicholas Decker (en inglés) por contraintuitiva: dar dinero directamente a personas pobres puede funcionar mucho mejor de lo que solemos imaginar.
La mayoría de las organizaciones benéficas se dedican a una tarea que provoque efectos benignos: financiar la investigación contra el cáncer, proporcionar educación en zonas pobres, etc. Pero la evidencia que recoge Decker sugiere que, si realmente quieres ayudar lo máximo posible con tu dinero, una de las mejores formas es simplemente dárselo directamente a la gente. Las transferencias directas de efectivo a personas en países en desarrollo aparecen de forma consistente como uno de los medios más efectivos para mejorar vidas.
¿Cómo puede ser esto si simplemente estaríamos dando dinero para el consumo directo? Decker explica que las economías en desarrollo tienen mucha capacidad ociosa: tiendas con pocos clientes, molinos que podrían funcionar más horas, pequeños negocios que no despegan porque falta demanda. Cuando entra dinero nuevo en una comunidad, los receptores compran comida, herramientas, ganado, muebles o servicios; y ese gasto se convierte en ingresos para otros vecinos. Por tanto, no se trata sólo de un alivio temporal de la pobreza que no va a ninguna parte: dar dinero directamente a la gente pobre en algunos contextos activa la capacidad productiva de una región.
En mi lectura lo que muestra Decker es que la idea de que es mejorr “enseñar a pescar que dar peces a los pobres” resulta, en ocasiones, una visión paternalista de occidentales ricos que además necesitan ver que resuelven las causas del problema.
He escrito en Error500, “Un Ozempic para mi atención”: Hemos pasado de criticar un sistema informativo que nos mantenía como consumidores pasivos a criticar uno que produce adictos al algoritmo y a los chutes de dopamina.
Recientemente, dos mujeres jóvenes fueron atacadas en el metro de Nueva York. La historia se ha vuelto viral porque, después de que su agresor fuera detenido, ellas decidieron no presentar cargos (en parte porque no querían “meter a otro hombre negro en la cárcel”, dijo una de ellas a The New York Post y él, un mes después, cometió un asesinato.
Podríamos convenir en que la posición mayoritaria en la sociedad es que no implicar a la policía después de haber sido amenazado gravemente por hombres con problemas mentales perjudica no sólo a las futuras víctimas de esa persona, sino también a ese mismo individuo. Pero al mismo tiempo conviene considerar el contexto que explica Jesse Singal: una visión del mundo relativamente extendida en Estados Unidos tras el caso George Floyd, “firmemente opuesta a la intervención policial: casi nunca deberías llamar a la policía para denunciar a nadie, porque es muy probable que la policía empeore las cosas”.
Justo estas semanas aparecía el tema de la nueva condena para Nelson David, “El asesino de la web de citas”. Así titulaba RTVE la pieza de Verónica Elorza y Guillermo González para referirse a un individuo con dos condenas y siete acusaciones de asesinato y cuyo modus operandi parece estar claro: hombres homosexuales, solos, contactos por apps, fallecimientos sin signos claros de violencia y movimientos bancarios posteriores. Maialen Ferreira en El Diario sobre la última condena y Ander Goyoaga en La Vanguardia con los detalles de su método.
En algunos foros he leído sobre la estupefacción de algunos por el perfil bajo mediático que se ha dado el caso. Un asesino en serie de hombres homosexuales, contactos por apps de citas, condenas en firme… con mucho menos se han construido casos mediáticos tratados día sí y día también en televisiones y medios digitales. En mi caso prefiero un perfil bajo para el periodismo de sucesos capaz tanto de alertar sobre riesgos reales y de por qué falla el sistema penal o asistencial (el caso del individuo con problemas mentales de Nueva York) como de fabricar alarma social a partir de casos excepcionales sobredimensionados en la opinión pública.
Dos conversaciones más sobre lo conveniente que resulta dejar testamento. La de Cristina Mitre con el abogado Abel Marín y la de Joan Tubau en Kapital con Iñaki Barredo.
Miguel Ayuso en DAP sobre la historia de Atrio: “Cómo un militante de las Juventudes Comunistas y un miembro de la Milicia de Santa María fundaron el mejor restaurante de Extremadura”.
Una buena noticia, nos escribe Rosa Ardá anunciando que vuelve a publicar en Velocidad Cuchara.
De Los Ángeles a Ramper: un breve paseo musical por Granada. Viernes en Kiribati.
Enrique Krauze en El País (lo comparte en abierto en X) porfía “Contra los falsos indigenismos e hispanismos”.
De un servidor en Erro500: La muerte del mánager ha sido anunciada.
Me gustó esta entrevista de Sergio Del Molino a Carlos Alsina en Ethic. “No me pongo delante del micrófono a las ocho de la mañana para influir en lo que tú vas a pensar; me perdería el sentido de la responsabilidad”.

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