Foto de Devin Yalkin para The New York Times
Antes de irme a Sicilia encargué Principio, medio, fin en la librería de mi barrio. Fui a buscar mi ejemplar, lo sumé al montón de los libros pendientes de mi escritorio y al día siguiente me fui al aeropuerto. Cuando lo compré no tenía ni idea de que la novela estaba ambientada en la misma isla a la que estaba viajando yo, pero ya había decidido internamente que, si me gustaba el libro, sería la próxima Lectura con corazón. Durante la pandemia habíamos hablado mucho de Desierto sonoro y me pareció un buen momento para retomar a Valeria Luiselli.
Después de dejar atrás su vida en Nueva York y dar algunas vueltas por Europa, una madre y una hija llegan a Catania, al este de Sicilia. Lo primero que ven es la silueta del Etna en una noche estrellada. Yo llegué a la otra punta de la isla. No pude ver el volcán, que era mi deseo más profundo.
Mi viaje no era un viaje como tal en el sentido de que Sicilia fuese un objetivo en sí mismo, sino que fui hasta allí para visitar a alguien durante un periodo corto de tiempo. Este detalle es relevante porque apenas recorrí aquel territorio algunos kilómetros entre Palermo y Cefalú, el resto tuve que imaginarlo.
Tener entre las manos esta «novela a la mitad» es, entre otras muchas cosas, una posibilidad de caminar los pasos de madre e hija en lugar de los míos, y ¿qué es leer sino caminar la vida de otras? Me refiero al libro como «novela a la mitad» porque es el término que utiliza la narradora para referirse al ejercicio que hace y que se teje entre la novela y el ensayo.
Hay varias obsesiones comunes que me unen a Principio, medio, fin, además de ocurrir en Sicilia durante el verano. Una de ellas es, como mencioné antes, la presencia del volcán y, como consecuencia, todas las referencias geológicas que aparecen. Otra es el estudio etimológico de algunas palabras —muchas veces a partir de textos clásicos—: la narradora se pregunta por el origen constantemente y, por supuesto, esto no exime el lenguaje. Por otro lado, no puedo evitar que las relaciones entre madres e hijas me cautiven especialmente. En este caso, además, se trata de una gran conversación entre la abuela, la madre y la hija. Es decir, la narradora está en el medio de un linaje en el que se observa, un pequeño sistema familiar que le devuelve preguntas y misterios.
Extiendo mi lectura hasta ustedes para que me acompañen en este viaje físico y emocional, que se hace en la tierra y también en los afectos, que se transita hacia el pasado y también hacia la incertidumbre.
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