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La intimidad compartida · Aug 18, 2026

Una escritura bebé

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Casa Índigo · La intimidad compartida

Archivo personal

Mi hija nació con la luna llena y roja en el cielo. Las naciones nativoamericanas la llaman la luna del ciervo porque marca el momento en el año en el que a los machos empiezan a crecerles nuevas astas. En España también es la luna de los incendios. Mientras crecía en el cielo anochecido, mi hija daba su primera bocanada de aire. El primer pezón que encontró no fue el mío, sino el de su padre. Mi hija llegó ávida a la vida, hambrienta, con los ojos abiertos, como yo 37 años atrás. En mi nacimiento no había una luna famosa, sino una tormenta de primavera. Ambas nacimos un miércoles.

Mi hija llora sin lágrimas. Tiene solo 13 días, pero eso no le ha impedido ir perfeccionando el berrido con el que nos comunica que tiene hambre, o sed, o caca, o gases, o calor, o que está sobrestimulada, o que, simplemente, quiere dormir en nuestros brazos. Bala como una oveja, un llanto en vibratto que noche tras noche se vuelve más agudo. Imagino que el espacio puede llenarse de ese sonido y es un sonido rojo ardiente, como los incendios y la luna del ciervo y la lucecita de noche que enciendo cuando se despierta para encontrar su boca con mi pezón. Bajo esa luz infrarroja, sus ojitos grisazulados parecen los de un reptil.

Pensaba que la escritura se había detenido a causa del embarazo, pero lo cierto es que el día que terminó el curso y cerré las aplicaciones laborales en mi ordenador, empecé a fantasear. Tenía 36 semanas de embarazo, era comienzos de julio, 40 grados a la sombra y un aire seco y caliente como el de los desiertos corría por el valle. Me encerraba en el salón, prendía el aire acondicionadao y tomaba notas en un bloc de papel rosa a rayas que lleva años en el escritorio sin llamar mi atención. Eran cosas que me habían sorprendido de mi embarazo, cosas que las mujeres solo aprendemos al atravesar el umbral mamífero de llevar a otro ser dentro de nuestros cuerpos. Fascinada, trataba de recordar todos los datos anecdóticos que alguien me había contado o había leído por ahí. Que hay células que migran del cuerpo del bebé al de la madre, colonizando su cerebro y algunos de sus órganos, quedándose a vivir en ella para siempre. Que una de las funciones del beso materno es detectar en la piel de su bebé amenazas invisibles para combatirlas a través de los anticuerpos en su leche. Que los cerebros de las madres son tan diferentes de sus cerebros originales que los escáneres con inteligencia artificial puede reconocerlos, mientras que no pueden reconocer los cerebros que han sufrido derrames cerebrales u otros accidentes.

Nunca me ha interesado especialmente la literatura de las madres. Amé Una escritora en el tiempo, de Jane Lazarre, Pequeñas labores, de Rivka Galchen, Linea nigra, de Jazmina Barrera, los ensayos de Audre Lorde sobre la maternidad como hecho político, y algunos otros, pero nunca sufrí esa fiebre de leer todo lo que se ha escrito sobre el tema como una manera de prepararse para la nueva identidad. Al contrario, durante mi embarazo, y también antes, algo me ha impelido a evitar las historias ajenas sobre lo que significa nacer como madre. Todavía me cuesta verme como una. «Lo madre» está tan cargado de significado que a duras penas podemos movernos por ese territorio sin tropezar continuamente con las imágenes de ángeles del hogar, de vírgenes María y etcétera. Creo que empecé a pintar buscando encontrar una forma de ser madre que pudiera ser solo mía.

Hace solo 13 días que soy madre. ¿O lo era antes del nacimiento de mi hija? ¿Cuándo se estrena una identidad tan removedora en el cuerpo? ¿Era quizá madre cuando decidí que quería quedarme embarazada? ¿Lo era cuando aborté a los veintiséis? ¿Y si no soy madre aún? ¿Y si llamarme como tal es un derecho que se conquista con el tiempo? ¿Es mi hija «una hija»? ¿He dejado de ser yo una hija, ahora que comienza mi propio maternar?

Desde ayer, mi hija atraviesa lo que quizá pueda ser una crisis de lactancia según el modo IA de google y los blogs de maternidad. Internet dice que en estas crisis se pega a la teta para estimular que la madre produzca mucha más leche, y así poder asegurarse la nutrición futura. En las crisis, también llora, llora mucho, mama y llora sin lágrimas mi pequeñísimo caimán. Desde que me levanto, estoy a su merced. La invito: «Mi reina quiere tetita», y así pasan las horas, de un pecho al otro, con los pezones blancos de tanta succión. E me prepara el café, las tostadas, limpia la casa de arriba abajo, saca a nuestra perra, va a la compra, regresa, prepara la comida, y yo sigo sentada en el mismo lugar, con un cojin en la espalda para que no me duela la cicatriz. Cuando después de muchas tetas se duerme, descubro que por fin puedo vestirme. Una escritura bebé nace durante el amamantamiento feroz. Una escritura bebé no tiene manos. Está entremezclada con el tatareo de las nanas inventadas. Es a trocitos, porque apenas puedo recordar una idea completa cuando por fin vengo a escribir. Necesita café para no quedarme dormida a la teta después de la comida. Necesita de las notas del móvil para apuntar algo, una sola palabrita que baste para abrir el camino. Escritura bebé, cucú, ¿quién está ahí?

Oigo al otro lado de la sala un sonido: es el palmoteo de E en la espalda de mi hija. Trata de calmar su irritabilidad, de contener su crisis, para que yo pueda pasar a limpio estas notas. Lxs otrxs regalan pedazos de tiempo con sus cuidados. No se cría en soledad. Nunca se hace.

La intimidad compartida es una publicación sostenida por las lectoras. Puedes tener una suscripción de pago para acceder a todo el contenido. ¡Gracias!i

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