Marguerite Duras en 1974. Foto de Jacques Haillot
La última vez que estuve en San Rafael de Mendoza, la ciudad argentina en la que nació mi abuela paterna, un primo de mi padre me regaló un libro que le había pertenecido, una edición de Hiroshima mon amour, de Margerite Duras. Es un tesoro que conservo con mucho cariño, pues desde entonces Duras me une, ineludiblemente, a ella. Los últimos años de su vida, mi abuela vivió con una ceguera degenerativa que le impidió leer.
El caso es que anoche soñé que mi abuela me entregaba el libro muy despacio, como en una ceremonia. Cuando por fin lo tenía entre las manos, la portada estaba en blanco y las páginas estaban pegadas entre ellas. Sabía que era ese libro, pero no podía comprobarlo.
Como no tengo ese ejemplar conmigo en este momento, al despertarme fui a buscar lo que tuviera de Duras en mi biblioteca, como si no quisiera perder el hilo de la conversación. Abrí Escribir, un libro que he leído muchas veces, buscando a mi abuela. Es cierto que a lo largo de las primeras páginas la tuve muy presente: la soledad y la casa que menciona la narradora me llevaron directamente a su corazón. Sin embargo, poco a poco su recuerdo se fue diluyendo dentro de mí como una sustancia invisible, y me quedé a solas con Marguerite Duras.
Siempre me pasa con este libro. Al principio siento envidia al leer sus descripciones de la casa y el jardín. Yo también quisiera estar rodeada de nogales y alerces, ver mi reflejo en el estanque, identificar una mesa y una silla y una ventana como la composición definitiva de mi hogar. Entro en un vaivén entre la hipnosis que me produce su escritura y la rabia que me genera su comodidad. Por supuesto, gana la hipnosis. Me dejo arrastrar por su corriente de río, me repito a mí misma las grandes frases como «La soledad no se encuentra, se hace» y una vez más consigue doblegarme. Es en esa rendición, en ese instante en el que dejo de ser lo que soy y empiezo a ser en sus palabras, que la literatura hace su conjuro.
Anoto algunas de sus afirmaciones en mi cuaderno de lecturas. Quiero dialogar con ella, es decir, con la que está en la página y se desdobla secretamente hasta mí. Al lado de cada afirmación, escribo una pregunta que me hago a mí misma. De repente, pienso, ¿por qué no hacerme estas preguntas con otras? ¿Por qué no extender el diálogo? Así que he decidido compartir un poco de mi lectura íntima de Escribir en este artículo y que, si tienen ganas, se sumen a la conversación. He transcrito las citas y, abajo, mis preguntas en cursiva.
«La soledad no se encuentra, se hace.»
No creo en la soledad de la escritura. Sí en la soledad relativa de la escritura. Intento hacer mi soledad, no mi aislamiento. ¿Me estoy haciendo espacio para escribir?
«Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.»
¿Qué llena mi vida y la hechiza, además de la escritura? ¿Qué hago cuando me abandona?
«Si no hubiera escrito me hubiera convertido en una incurable del alcohol. Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más… Es ahí donde se bebe. Ya que uno está perdido y no tiene nada que escribir, que perder, uno escribo.»
¿Qué hubiese hecho yo sin la escritura? ¿Cómo habría elaborado mis pérdidas?
«No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que uno escribe.»
¿Cómo se escribe cuando no hay fuerza? ¿Qué otras instancias de la escritura —el deseo de escribir, por ejemplo— se nutren a través del cuerpo?
«Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir.»
¿Estoy escuchando la escritura del mundo?
«Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos —sólo lo sabemos después— antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también es la más habitual.»
¿Hacia dónde va esta escritura, esta deriva?
Vuelvo al principio del libro, al momento en que recuerda las palabras que le dijo Raymond Queneau: «Escribe, no hagas nada más». Qué horror, pienso. Solo escribir. ¿Qué escribiría si no hiciera nada más que escribir?
Cada pregunta me lleva a otra pregunta y así, alimento esta fiebre que me produce Duras. No me detengo mucho a reflexionar, más bien me abro al murmullo. Escribo a ciegas, sin importarme a dónde me dirijo. Extrañaba esta sensación, este delirio improductivo. Me hacía falta.
Mi abuela siempre supo qué me hacía falta.

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