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Cápsula · May 6, 2026

Cápsula 70: 🚀 ¿Cómo sabes que piensas?

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Blackbot · Cápsula

Pensar críticamente no empieza cuando opinamos, debatimos o defendemos una postura. Empieza antes, en la capacidad de observar cómo está construido nuestro propio razonamiento. Toda idea tiene una estructura interna. Hay un propósito que la orienta, una pregunta que intenta responder, información que usa como base, conceptos que organizan lo que vemos, supuestos que damos por hecho, inferencias que nos llevan a conclusiones, puntos de vista desde los que interpretamos y consecuencias que se desprenden de aceptar esa idea como válida.

El problema es que casi nunca revisamos esa estructura. Pensamos con ella funcionando en automático. Saltamos de una intuición a una conclusión, confundimos familiaridad con verdad, usamos evidencia incompleta, repetimos conceptos sin definirlos y defendemos ideas sin examinar los supuestos que las sostienen. Una postura puede sonar convincente y aun así responder una pregunta mal planteada. Una decisión puede parecer lógica y partir de información insuficiente. Un argumento puede estar bien escrito y sostenerse sobre una inferencia débil.

Pensar críticamente exige hacer visible ese proceso antes de confiar en sus resultados. Implica preguntarnos qué queremos demostrar, qué sabemos realmente, qué estamos dando por sentado, desde dónde estamos mirando, qué conceptos estamos usando y qué consecuencias tendría actuar desde esa conclusión. No para paralizarnos en la duda, sino para mejorar la calidad de nuestras decisiones, conversaciones y acciones.

De esto y más hablamos en la versión extendida de #CreativeTalksPodcast.

Integrar inteligencia artificial al trabajo exige revisar primero cómo están organizadas las tareas, los flujos y los criterios de decisión.

El próximo 15 de mayo, tendremos el Lab Procesos de trabajo con IA, una sesión online para entender cómo incorporar IA en procesos cotidianos de trabajo con mayor claridad. Veremos cómo identificar tareas repetitivas, ordenar pasos, detectar puntos de fricción, definir responsabilidades y decidir en qué momentos la IA puede aportar valor sin afectar la calidad del resultado.

Este lab está pensado para personas que quieren usar IA de forma más estratégica en su trabajo diario, especialmente en procesos de planeación, análisis, creación de contenido, documentación, organización de información y toma de decisiones.

Viernes 15 de mayo·07:00 a 08:30 am (hora de México)

Online·Cupo limitado

$199 MXN para público en general y gratuito para miembros de la Comunidad de Blackbot con membresía.

Regístrate aquí

Pensar críticamente implica revisar la calidad de nuestras ideas antes de convertirlas en decisiones, argumentos o acciones.

El próximo 30 de mayo, tendremos el Lab Cómo pensar críticamente, una sesión online para explorar herramientas básicas de análisis, revisión de supuestos, detección de sesgos y evaluación de argumentos. La sesión busca ayudarte a distinguir ideas sólidas de ideas formuladas con seguridad, pero sostenidas por razonamientos débiles.

La saturación de información, la velocidad del contenido y el uso cotidiano de IA generativa hacen que muchas respuestas parezcan confiables solo porque están bien redactadas. Por eso es importante aprender a preguntar mejor, contrastar evidencias, identificar contradicciones y reconocer cuándo una conclusión necesita más trabajo antes de ser aceptada.

Este lab es una introducción para quienes quieren mejorar la calidad de sus decisiones, analizar información con más cuidado y fortalecer una habilidad necesaria para estudiar, trabajar, investigar, crear y participar en conversaciones complejas.

Viernes 30 de mayo·18:00 a 19:30 h (hora de México)

Online·Cupo limitado

$199 MXN para público en general y gratuito para miembros de la Comunidad de Blackbot con membresía.

Regístrate aquí

Durante años, el diseño ha repetido una consigna que aún en nuestros días parece incuestionable. “Hay que poner al ser humano en el centro”.

Esta frase ha ordenado metodologías, talleres, investigaciones de usuario, productos digitales, servicios, experiencias y discursos completos de innovación. Suena razonable hasta que se mira con más cuidado. Ese “ser humano” casi siempre apareció aislado, como si no dependiera del suelo que pisa, del agua que consume, de la energía que sostiene sus hábitos, de los cuerpos que trabajan para él, de los datos que produce y de las especies que desplaza.

El diseño más que humano parte de la idea de que diseñar para personas ya no alcanza si esas personas se imaginan separadas del resto de la vida. Un producto, una plataforma, una ciudad o una política no afectan únicamente a quienes los usan. También reorganizan relaciones con ríos, minerales, bacterias, animales, algoritmos, residuos, trabajadores invisibles e infraestructuras enteras.

Michael Stead plantea que la educación en diseño necesita tomarse en serio este giro. Su propuesta de pedagogía de diseño más que humano busca que los estudiantes aprendan a diseñar considerando actores humanos, ecológicos y tecnológicos dentro de un mismo ensamblaje. La sostenibilidad, desde esta perspectiva, no puede aparecer como una capa que se agrega al final para tranquilizar la conciencia del proyecto. Tiene que estar desde el inicio, en la forma de mirar, preguntar, prototipar y evaluar las consecuencias de lo diseñado.

Esto modifica una de las preguntas más repetidas del diseño contemporáneo. Ya no basta con preguntar qué necesita el usuario. También habría que preguntar qué daña esta solución, qué relaciones vuelve invisibles, qué futuros cancela, qué formas de vida quedan fuera de la decisión. Una aplicación de inteligencia artificial, por ejemplo, no vive solo en la pantalla. Depende de centros de datos, energía, extracción mineral, trabajo humano precarizado, sesgos acumulados y nuevas formas de dependencia cotidiana. Una prenda no viste solamente a una persona. Arrastra agua, tierra, químicos, transporte, mano de obra, desecho y cultura material.

Este cambio cuestiona una fantasía muy cómoda de la modernidad industrial. La idea de que diseñar mejor equivale a hacer algo más eficiente, más rentable o más deseable para los humanos. Desde una mirada más que humana, el diseño también tendría que responder por las relaciones que activa y por las condiciones de vida que permite o deteriora. La usabilidad ya no puede ser el único criterio si el costo de esa comodidad aparece desplazado hacia otros territorios, especies o generaciones.

Pensar más allá de lo humano no implica quitarle importancia a la vida humana. Implica recordar que la vida humana siempre ha estado mezclada con otras vidas.

The University of Melbourne

La conversación sobre inteligencia artificial y trabajo suele moverse entre dos posiciones demasiado cerradas. Una asume que la IA destruirá empleos de forma masiva. La otra insiste en que la tecnología siempre termina creando nuevas ocupaciones. El texto de Tim O’Reilly propone salir de esa disputa mediante planeación por escenarios, observando dos variables centrales. La escala del impacto económico de la IA y el uso dominante que las organizaciones le darán, ya sea para reducir costos o para ampliar capacidades.

Una empresa puede usar IA para hacer más barato el mismo trabajo con menos personas. También puede usarla para atender demandas no resueltas, explorar nuevos servicios, mejorar procesos y crear actividades que antes eran inviables. El resultado laboral cambia según los incentivos que guíen la adopción, no solo según la potencia técnica de los modelos.

La pregunta, entonces, apunta a las decisiones empresariales. ¿Qué se está premiando cuando una organización implementa IA? ¿Ahorro de nómina, aumento de capacidad, mejor calidad, nuevos mercados, reducción de tiempos, sustitución de puestos? Si el éxito se mide principalmente por cuántas personas pueden ser reemplazadas, el desempleo tecnológico deja de ser una amenaza abstracta y se convierte en una estrategia acumulada.

O’Reilly lo resume que ientras existan demandas no atendidas, problemas sin resolver y personas sin servir, la IA puede ampliar el trabajo humano. Las máquinas empiezan a venir por los empleos cuando dejamos de buscar cosas nuevas que hacer.

En Guyang-ri, una aldea agrícola de Corea del Sur, la instalación solar comunitaria de un megavatio genera alrededor de 10 millones de wones al mes en ganancias netas. En lugar de repartir ese ingreso como dividendos individuales, la comunidad decidió financiar comidas colectivas, transporte para personas mayores, actividades culturales y espacios compartidos. La energía renovable deja de aparecer solo como infraestructura técnica y empieza a funcionar como infraestructura social.

La señal es relevante porque Corea del Sur planea expandir este modelo a 2,500 aldeas solares para 2030, en medio de una crisis energética que volvió más evidente su dependencia de combustibles fósiles importados. El país importa más del 90% de su energía primaria y cerca del 70% de su petróleo crudo pasa por el estrecho de Ormuz, lo que convierte la transición energética en un asunto de seguridad nacional, no solo de política climática.

Lo interesante está en el cambio de escala. La transición energética suele narrarse desde grandes metas nacionales, inversiones industriales o disputas geopolíticas, pero aquí aparece como una fuente de bienestar local. Si la energía limpia produce ingresos comunitarios, puede financiar cuidados, movilidad, alimentación y convivencia. Eso abre una pregunta de futuro muy concreta. ¿Qué pasaría si las infraestructuras renovables no solo redujeran emisiones, sino que también redistribuyeran valor en los territorios que las alojan?

Guyang-ri village solar cooperative

La desaparición de las bancas en estaciones, parques, plazas y banquetas parece un detalle menor hasta que se entiende como una decisión sobre quién tiene derecho a permanecer en la ciudad. En Places Journal, Gabrielle Bruney documenta cómo espacios como Moynihan Train Hall, Grand Central Terminal o Union Station han reducido o limitado los lugares para sentarse, empujando a viajeros, personas mayores, familias y personas sin hogar a permanecer de pie, sentarse en el suelo o consumir algo para acceder a una mesa.

La señal en sí misma está en la lógica que la sostiene. Muchas bancas desaparecen para evitar que ciertas poblaciones las usen durante demasiado tiempo, especialmente personas sin vivienda. El resultado es una ciudad menos hospitalaria para todos, donde descansar se vuelve sospechoso y el derecho a estar depende cada vez más de la capacidad de pagar, consumir o circular sin detenerse.

De cara al futuro, esta señal apunta hacia una disputa cada vez más visible por la permanencia en el espacio público. Si las ciudades eliminan los lugares gratuitos para sentarse, también reducen las condiciones básicas para encontrarse, esperar, cuidar, envejecer, descansar o simplemente existir fuera del consumo. Una banca pública puede parecer poca cosa, pero su ausencia revela con precisión qué tipo de ciudadanía se está diseñando.

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