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Cami Jannon · Apr 9, 2026

Ya viste esta peli antes

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Una escena repetida

Sobre fines de noviembre - principios de diciembre, uno de los rituales que tengo incorporado es ver Mi Pobre Angelito. Sí, una peli que vi mil veces.

Estos últimos años, hubo otra peli que vi repetidas veces (y estoy segura que vos también) y es la escena de la que vengo hablando en redes. La de los lunes.

La diferencia es que la primera, la disfruto. La segunda, no.

“Lunes de nuevo…”

Suspiras y sentís el peso de la frase en el cuerpo. No lo decís en voz alta, obviamente. Es más bien un pensamiento que aparece medio solo, cuando abrís la compu o te ubicás en tu puesto de trabajo y sentis que te apagas.

No pasó nada puntual. Pasaron muchas cosas.

De hecho, desde afuera podría decirse que está todo bastante bien: tenés trabajo, el sueldo acompaña, hay estabilidad. “Si estos son nuestros problemas…” - pensás.

Y sin embargo, casi como si fuera un fantasma, algo molesta.

Aparecen preguntas incómodas, difíciles de sostener mucho tiempo: si esto es lo único que podés hacer, si en realidad no sos tan buena como creías, si hay algo más además de esto. Preguntas que no siempre llegan a armarse del todo, pero están.

Y al mismo tiempo, casi en automático, aparece otra voz que ordena rápido: no es tan grave, estoy bien, hay gente que está peor, no me puedo quejar.

Esa conversación interna no es casual. Y tampoco es debilidad. Es incoherencia, la señal de que algo adentro ya no cierra con lo que estás haciendo.

El punto es que nombrarlo nada más no alcanza, porque aprendiste otra cosa: a sostener, a no incomodar demasiado, a valorar la estabilidad, a seguir incluso cuando ya cansa. Y eso tiene que ver, en parte, con cómo fuimos educadas.

Somos el resultado de distintas narrativas que dieron forma a quienes somos hoy. Y cuando algo tiene que cambiar, esas narrativas empiezan a negociar entre sí.

La parte ambiciosa, que sueña con sentirse más conectada con lo que hace. La parte temerosa, que no logra descifrar cómo moverse sin que la estabilidad que construiste se caiga. La que prioriza a los demás (la pareja, la familia, el equipo) antes que su propia incomodidad. Y la que simplemente está harta.

Ninguna de estas partes está equivocada, pero mientras no entren en conversación, el loop sigue.

Entonces la tensión va más allá de “sé o no sé lo que quiero seguir haciendo”. Es más profunda: sabés que no querés seguir así, pero no terminás de darte permiso para moverte. Y la incoherencia, en el fondo, te está protegiendo. Es la señal de que todavía no encontraste una salida que se sienta segura.

Y mientras tanto, la incomodidad se vuelve paisaje. Te acostumbrás a funcionar a ese nivel de desgaste, a esa sensación medio constante de estar en un lugar al que ya no pertenecés, a postergar decisiones que, en el fondo, ya sabés que tenés que tomar.

Y eso tiene un costo, no siempre visible pero real, en la forma en que te vinculás con tu trabajo. Y con vos misma.

El cambio empieza con una pregunta honesta.

Antes de cerrar, dos que vale la pena que te lleves:

  1. ¿Qué parte tuya lleva más tiempo hablando, y cuál hace más tiempo que no escuchás?

  2. ¿Qué estarías eligiendo si la estabilidad no fuera una variable?

Si mientras leías esto pensaste “esto me está pasando a mí”, probablemente no necesitás más información. Necesitás poner la situación sobre la mesa.

Esto es lo que hacemos en la Sesión de Dirección, un espacio para ordenar esa incomodidad y confusión interna, y definir un camino simple y accionable para moverte.

Podés agendar tu sesión acá.

Y por hoy, podemos cerrar.

Nos leemos pronto,

Cami


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