Tengo doble vida. No amiga, tranqui. No te asustes: doble vida laboral.
Mientras emprendo en este barrio digital, levantando ladrillo a ladrillo mi espacio, también trabajo en una organización. ¿El rubro? Tecnología. Robótica, para ser más exacta.
Mi rol allí: diseñar un entorno de trabajo en el que las personas se sientan parte, seguras, con ganas de quedarse… crear cultura. Bueno, puesto en esos términos, podría decir que básicamente me dedico a que los robots no nos roben la humanidad.
Si miro hacia atrás, jamás hubiera imaginado que estaría en este vaivén de dos mundos.
Hace poco Emi me preguntó qué le diría a mi yo de hace diez años. Me dejó en off side debo reconocer. Aunque, lo pensé y me salió mitad Bad Bunny, mitad yo: “Tranquila, no tiene que ser perfecto”. Y le agregaría: “lo vas a resolver”.
Porque eso hacemos con frecuencia: cambiar, adaptarnos, reinventarnos. Uno de los estudios más recientes de Pilar Sordo dice que el autoconocimiento se “resetea” cada tres meses, pero hay algo que no se mueve: esos 5 o 6 atributos profundos de personalidad que nos acompañan desde siempre.
El otro día mi psicóloga me preguntó cuándo aprendí sobre ciertos valores y/o comportamientos que me hacen ser quien soy. Esa respuesta me la guardo para mí (por ahora). Pero sí te confieso que me emocionó pensar que, entre tanto ruido externo y comparaciones digitales, esos atributos siguen ahí, firmes. Son el andamiaje que me sostiene.
Y eso es lo que olvidamos en medio del scroll infinito, la urgencia de producir, el consumo constante: que nuestra identidad profesional no nace de likes ni de algoritmos. Nace de esa llama bajita que nunca se apaga, y a la que podemos volver cuando nos perdemos.
Esa llama no siempre es espectacular. No ilumina como un reflector ni se ve desde lejos. A veces apenas alcanza para calentarnos las manos cuando todo lo demás parece frío. Es más que suficiente.
Este último año aprendí que emprender en el barrio digital no es solo estrategia, funnels y métricas: es acordarnos de quiénes somos en medio del ruido. Y sostener esa coherencia incluso cuando el algoritmo parece exigirnos otra cosa.
Yo convivo con esa tensión cada día: la estructura de una organización tecnológica por un lado, y la libertad (con vértigo incluido) de mi propio proyecto por el otro. Y descubrí que ambas vidas se alimentan entre sí. La experiencia corporativa me da perspectiva, y el emprendimiento me da aire fresco.
El punto en común es siempre el mismo, es volver a mis atributos más profundos. A ese núcleo que no cambia. A lo que me hace sentir que, aunque el escenario sea distinto, sigo siendo yo.
Y mientras tanto, sigo caminando con esta doble vida: mitad corporativa, mitad digital. No la niego, la habito. Porque también de eso se trata el camino, de sostener la incomodidad de estar entre mundos mientras vas construyendo el tuyo.
Sé que en algún momento esa balanza va a volcarse. Que esta doble vida dará paso a una sola: la de la plena libertad, la de levantar mi casa definitiva en el barrio digital. Un espacio propio, sin disfraces, sin dobles, con la coherencia de vivir de lo que hoy estoy creando.
Y ese día, cuando llegue, sé que va a tener más sentido todo lo que transité para llegar hasta acá.
Entonces, y sólo entonces, voy a poder decir: ya no tengo doble vida, tengo la mía.
Nos leemos pronto.
Un abrazo,
Cami
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¿Por qué escribo en femenino?
Escribo en femenino para visibilizar una voz que no se mide por tendencias, sino por autenticidad. Una voz muchas veces juzgada, que se anima a nombrar la vulnerabilidad, la incomodidad y la desobediencia. Una voz que revaloriza la identidad profesional, ilumina la historia personal y recuerda que somos personas que llevan toda su humanidad al plano laboral y de los negocios.
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