Lo que más pesa no es el cambio en sí.
El verdadero peso es esa pregunta que se clava como aguijón en el pecho, que estruja el estómago:
Esto que me gustaría hacer, ¿va a sostener la vida que quiero?
La conozco de memoria.
No solo porque acompaño a profesionales a atravesarla, sino porque también me la hago cada vez que me pongo manos a la obra, en la construcción de mi propio espacio.
Y ahí aparece la sensación de abismo, el vértigo de no saber si voy a poder sostenerme haciendo lo que más disfruto.
¿Por qué tanto vértigo?
Porque crecí chipeada con una idea que todavía nos persigue, que el trabajo es sinónimo de sacrificio. Que lo que vale es lo que duele. Que disfrutar lo que hacés es sospechoso, casi un privilegio culposo. Esa es la herencia ochento-noventosa: la cultura de la abnegación.
Pero también heredé otra voz.
La de alguien que me marcó profundamente, aunque no siempre lo traigo a estas conversaciones.
Mi tío Darío.
Él fue el primero en decirme, sin rodeos, que lo que uno hace tiene que hacerlo con amor.
“Podés tener la receta exacta, con cantidades medidas al milímetro, pero si no cocinás con amor, no sale igual.”
Darío vivió de lo que amaba: la cocina. Y más aún, de enseñar a otros a cocinar.
Su legado no fue solo un plato perfecto, sino el tiempo que dedicaba: las largas charlas mientras revolvía un risotto, la sobremesa llena de detalles, la paciencia infinita para explicarme una receta que jamás pasaba por gramos y mililitros, sino por gestos: “un poquito de esto, un par de aquello, mezclás un ratito…”.
De él aprendí que lo que hacemos puede ser puente, no solo un medio de subsistencia, sino una forma de sostener y compartir vida.
Aprendí que el verdadero valor está en lo que nadie puede googlear: la presencia, la escucha, la compañía, el tiempo.
Y también aprendí que incluso quienes aman lo que hacen sienten la duda de si va a salir bien, pero igual ponen la mesa, se sientan y lo ofrecen.
Darío fue mi primer mentor.
Me enseñó que amar lo que hacés no es un slogan motivacional, es una práctica, un compromiso diario.
Y sí, muchas veces me olvido de aplicarlo, atrapada en lo urgente, en las comparaciones, en los mandatos.
Sin embargo, su legado me recuerda que es posible.
Por eso, cuando pienso en esa pregunta incómoda (¿esto va a sostener la vida que quiero?), vuelvo a lo que me dejó él:
No se trata de dinamitarlo todo, ni de empezar de cero, ni de elegir entre sacrificio o disfrute.
Se trata de atrevernos a ordenar qué de lo que somos y hacemos hoy sostiene de verdad, y qué ya no.
Entonces vuelvo a esa enseñanza de Darío.
Lo que hagas, hacelo con amor.
Y me prometo no olvidarlo, aunque lo urgente irrumpa, haga ruido. Aunque el miedo empuje, aunque la duda vuelva.
Porque esa fue su huella.
Y esta es mi manera de honrarla: seguir eligiendo con amor, incluso cuando tiembla el piso.
Nos leemos pronto.
Un abrazo,
Cami
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Escribo en femenino para visibilizar una voz que no se mide por tendencias, sino por autenticidad. Una voz muchas veces juzgada, que se anima a nombrar la vulnerabilidad, la incomodidad y la desobediencia. Una voz que revaloriza la identidad profesional, ilumina la historia personal y recuerda que somos personas que llevan toda su humanidad al plano laboral y de los negocios.

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