Llegó con tres o cuatro alternativas.
Había pensado mucho qué hacer.
Me habló de opciones, caminos posibles, pros y contras.
De lo que la desafiaba pero le convenía.
De lo que le daba miedo.
La escuché un rato.
Un rato largo.
Hasta que le hice una pregunta.
¿Qué querés lograr?
Hubo un silencio.
Y después, esta respuesta:
Quiero recuperar independencia económica y sentirme feliz con lo que hago.
Lo que más me conmovió no fue la respuesta.
Fue el silencio.
La bocanada de aire antes de hablar.
Y la sensación de que esa respuesta llevaba mucho tiempo esperando una pregunta como esa.
Cuando terminó la llamada, pensé en la cantidad de veces que ese mismo silencio apareció antes de una respuesta importante.
En otra conversación, otra mujer me dijo “hace 16 años que hago esto y ya no soy feliz”.
A veces pienso que acompaño a mujeres a encontrar respuestas.
Últimamente, sospecho que hago otra cosa.
Me quedé pensando en la cantidad de preguntas que aprendemos a responder a la largo de nuestra carrera.
¿Qué conviene?
¿Qué busca el mercado?
¿Qué curso hago?
¿Qué cargo viene después?
Pero casi nunca alguien nos pregunta qué queremos lograr. O por qué eso es importante para nosotras.
Ante esa pregunta, casi siempre aparece un silencio.
Después, una emoción.
Y recién entonces, las palabras.
Desde esa conversación no puedo dejar de preguntarme cuántas decisiones profesionales tomamos intentando responder preguntas que nunca elegimos.
Tal vez una transición no empieza con un plan.
Empieza con una pregunta que rompe el silencio.
Nos leemos pronto.
Un abrazo,
Cami

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