Había una mujer en mi familia que, mientras se ocupaba de la casa y preparaba el almuerzo para cuando su marido llegaba del trabajo y sus hijos del colegio, en el medio tomaba trabajos de costura.
Arreglos, cambio de botones, achicar prendas, emparchar otras. Y de esa manera se hacía de un dinero propio.
Lo sé porque lo vi. Me quedaba con ella todas las mañanas.
Y la escena era siempre la misma: sintonizaba Utilisima (el nombre del canal merece su propio artículo), dejaba la comida haciendo en la cocina y se sentaba a trabajar en sus pedidos. Todos los santos días, sin falta.
Un día decidió que quería algo más grande. Intentó emprender con un negocio. Le fue mal. Y pasó lo que todas tememos: las voces, incluso de otras mujeres, decían que era obvio que le iba a ir mal.
No sé cuántos años se quedó con esa película corriendo en la cabeza. Lo que sí sé es que en algún momento decidió pausarla.
Voy a profundizar en eso. Y sí, va para largo hoy.
La idea de cambiar el rumbo de tu vida profesional no solo pone en jaque el recorrido que construiste hasta hoy. Engloba una serie de miedos. No uno, varios.
Hay uno en particular que es el más difícil de poner en palabras y que ciertamente no es el miedo a fracasar. Es el miedo a quedarse sin nada. A perder el sustento. A que una sola decisión en falso lo tire todo y nos quedemos en la calle.
Lo llamo la fantasía del homeless. Y lo pongo en términos de fantasía porque no es una mirada racional del riesgo. Es una película que el cerebro proyecta cada vez que te acercás demasiado a la posibilidad de moverte.
La película siempre tiene la misma estructura: dejás tu trabajo actual, te movés hacia una dirección deseada, algo sale mal, no encontrás alternativas, se acaban los ahorros y fin. No hay escenas intermedias, no hay red, no hay matices. Del punto A al Z sin escala.
La trampa está en que mientras esa película corre detrás de escena, las decisiones que necesitás tomar no se toman.
Lo que hace especialmente difícil esto para las mujeres es que el miedo no opera solo en el plano económico. Hay algo más profundo.
Durante generaciones, la relación de las mujeres con el dinero fue construida sobre la dependencia de forma estructural. Con esto quiero decir que no fue una elección, nos vino dado así socialmente. El trabajo propio, cuando existía, era “un complemento”. La estabilidad económica real era algo que venía de afuera: de la pareja, de la familia, de una institución. No de una misma.
La mujer que yo veía todas las mañanas frente a la máquina de coser era creativa, hábil, ingeniosa. Y sin embargo el dinero que generaba no era “el dinero de la casa”. Era un extra. Algo lateral. Eso no era una opinión de nadie, era el orden natural de las cosas.
Aunque ese modelo ya no es el nuestro, las creencias que lo sostienen todavía operan muchas veces sin que las veamos.
Cuando pensás en irte, no solo pensás en perder ingresos. Pensás en perder el suelo, en quedar expuesta, en que si apostás por vos y perdés, el mundo que siempre dudó de vos iba a tener razón.
La fantasía del homeless no es solamente económica. Es identitaria.
Lo que más me llama la atención de esta fantasía es lo que hace con la percepción del riesgo.
Mientras proyectás ese escenario catastrófico, no estás calculando el costo de quedarte en “lo seguro”.
Y quedarse también tiene un costo.
Solo que ese costo opera como un drenaje, lento, constante, casi imperceptible: la energía que gastás en hacer algo que ya no te representa, los años que pasan mientras esperás el momento correcto, la versión de vos que se va achicando para caber en un lugar que ya no es el tuyo.
Ese costo no aparece en la película del homeless. Por eso la fantasía gana siempre.
Hay una pregunta que me gusta hacer cuando alguien está atrapada en esa fantasía:
¿Cuánto tiempo llevas pagando el costo de quedarte?
Te pido que lo calcules en energía, en motivación, en la distancia entre quien sos y lo que hacés todos los días, no en dinero.
La fantasía del homeless proyecta un riesgo futuro e incierto. Pero el costo de quedarte ya está pasando. Ahora. Hoy.
¿Te acordás de la mujer de la historia?
Bueno, resulta que, una década más tarde, dejó el qué diran, las fantasías y los miedos atrás, consiguió un trabajo part-time para tener piso, juntó experiencia y dinero, y cuando sintió que estaba lista, intentó una vez más y abrió otro negocio.
¿Sabés cómo lo llamó?
Libertad.
Lo recuerdo, lo escribo y me emociono. Tiene mucho sentido.
En parte, creo, le tomó más de una década porque no tenía con quién ver con claridad el camino del medio. Eso es exactamente lo que hago en mi espacio: ayudarte a ver las escenas intermedias que las fantasías y los miedos borran.
Si estás lista para tener esa conversación, hablemos.
Nos leemos pronto.
Un abrazo,
Cami

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