Ayer un amigo me preguntó si me consideraba una persona autoexigente.
Le respondí con este sticker:
Panic.
Le dije “ahora te contesto” y, spoiler: todavía no lo hice. (Ya llega el audio, amigo. Prometo que llega.)
Igual, la pregunta se me quedó dando vueltas. Porque sí, me conozco.
Durante años la exigencia fue mi motor. La voz que me empujaba a rendir, a cumplir, a no fallar.
Gracias a ella terminé Psicología sin sobresaltos.
Nunca desaprobé un examen. Sí, así como leés: jamás.
Y aunque una parte de mí se siente orgullosa, la otra sabe que algo de eso también fue miedo.
Miedo a no ser suficiente, a perder el control, a decepcionar.
Hubo una época en la que confundí exigencia con amor propio.
Creía que exigirme era una forma de cuidarme, de no dejarme caer. Como si el cariño hacia una misma tuviera que venir con planilla de Excel, con muchos colores y objetivos medibles.
Esa fórmula ¿funcionó?. Pues claro.
Hasta que dejó de hacerlo.
Después de muchas horas de terapia, mucho cansancio y un par de crisis bien incómodas, entendí que lo que me mantenía de pie no era fortaleza: era tensión.
Y vivir en tensión todo el tiempo no es sostenerse.
Es sobrevivir.
En medio de ese agotamiento apareció una palabra que, al principio, me cayó pésimo: compasión.
Me sonaba blanda, poco seria. Yo que había hecho del control un arte, ¿cómo iba a creer en algo tan suave?
Pero la compasión no tiene nada que ver con lástima.
Es respeto.
Es darme espacio.
Es dejar de tratarme como si siempre estuviera en período de prueba.
La compasión no me quitó las ganas de crecer, solo me enseñó a hacerlo sin lastimarme. A seguir moviéndome, pero con aire.
Hoy sigo siendo exigente, claro. Solo que ya no me hablo como antes.
Y cuando me caigo, me hablo como le hablaría a alguien que acompaño:
“Tranquila. Es parte del proceso.”
Capaz de eso se trata ahora: de sostenerme con la misma ternura con la que intento sostener a los demás.
De entender que la exigencia sin compasión seca, y que la compasión sin dirección estanca.
Así que, amigo, si me estás leyendo y me volvés a preguntar si soy autoexigente, te diría que sí.
Pero con pausa.
Y con cariño.
Nos leemos pronto,
Un abrazo.
Cami
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