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Calle65 · Aug 15, 2025

Sobre publicar mi primer libro: una cuestión que todavía no he resuelto

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La idea me tienta, pero... (siempre hay un pero)

A veces me imagino un libro como la casa que nunca tuve: pequeña, con ventanas al sur, una mesa donde caben todas mis libretas y una lámpara que no se apaga. Otras veces lo imagino como una lista de confesiones: frases que no se pronuncian en voz alta y que, sin embargo, piden ser escuchadas. He pensado en publicar muchas veces; en los últimos años esa idea ha ido mutando —de un fantasma lejano a una posibilidad cercana, y ahora a una pregunta urgente—. ¿Qué significa, para mí, poner en el mundo un libro? ¿Para quién lo haría? ¿Qué parte de mí estaría dispuesta a entregar?

Mi escritura nace en papel. Desde los quince años, después de que la muerte de mi padre hiciera añicos la seguridad de la casa, llené cuadernos interminables. Escribir fue aprender a reconocer mis latidos. Más tarde vinieron las traducciones, la rutina en la editorial, las guardias en la biblioteca donde el olor a papel viejo aún me aclara el pensamiento. Traducir otras voces me enseñó algo esencial: la literatura es siempre un cruce. Que lo íntimo puede volverse universal sin perder su singularidad. Ese aprendizaje forma parte de la idea del libro que me ronda: no una pieza cerrada en sí misma, sino una conversación que atraviesa idiomas y memorias.

No sé todavía de qué sería exactamente ese libro. A veces imagino un volumen de ensayos y poemas que dialoguen entre sí; otras, un libro híbrido donde la confesión se encuentre con la crítica, el erotismo con el pensamiento. Pienso en mis textos de Calle65, en las columnas del blog de Sexta Fórmula, en los cuadernos llenos de frases recortadas que no se parecen a nada más que a mi mano. Quizá sea un libro que refleje esa tensión entre lo público y lo secreto: la mujer que escribe desde la reserva y, al mismo tiempo, desde la urgencia de decir sin filtros. Me atrae la idea del híbrido porque me permite poner en conversación las diferentes formas en las que he vivido la palabra: la poesía que sale del cuerpo, el ensayo que piensa, la memoria que me devuelve a quien se ha ido.

Publicar, claro, implica exponerse. Ese verbo me impone un vértigo cálido y frío: por un lado la posibilidad de que otras lectoras me encuentren y se reconozcan; por otro, la conciencia de abrir una puerta que ya no podrá cerrarse tan fácilmente. He aprendido a mantener algunas cosas en la penumbra por elección: siempre quise que mis primeras cartas, mis diarios íntimos, siguieran siendo eso, íntimos. Cuando abrí mi cuenta de Instagram y publiqué una fotografía personal por primera vez, sentí cómo esa frontera se movía. Mostrar la cara fue un gesto pequeño pero definitorio: una prueba de que puedo permitirme ser vista sin perder la piel de mi soledad. Publicar un libro me coloca en otro umbral. ¿Puedo soportar que alguien lea mis heridas con la calma de un juez o con la curiosidad de quien quiere cuidarlas?

La profesión de traductora me ha dado herramientas prácticas —saber pulir una frase, entender el ritmo de un texto—, pero también me ha enseñado una ética: traducir es responder a la voz de otro con lealtad y con contradicción. Es un oficio que requiere misericordia. Ese mismo cuidado es el que quisiera para mi propio libro. No busco un escaparate que venda una versión pulida y comercial de lo íntimo. Busco un editor que respete la forma del texto: que deje respirar las dudas, que permita los silencios, que no someta la escritura a fórmulas. Sé que el mercado tiene sus lógicas; también sé que existen editoriales que entienden la fragilidad de algunos proyectos y las acompañan. Si llega el momento de confiar mi cuaderno a alguien, lo haré con la exigencia de quien pide custodios para sus palabras.

Publicar no es solo un gesto artístico; también es, para quienes vivimos de la palabra, una cuestión práctica. Hay días en que la precariedad golpea —la editorial pide tiempos, la biblioteca convoca para ferias, la vida adulta reclama facturas—. Imaginé muchas veces que un libro podría ser una manera de sostenerme, de convertir el trabajo del silencio en oficio. Pero no quiero que la cuenta bancaria decida el tono de mis frases. Esa tensión entre creación y subsistencia está siempre presente y no es fácil de resolver. Me pregunto qué hacer cuando el deseo de escribir choca con la necesidad de producir en plazos: cómo conjugar la verdad del poema con la urgencia del calendario editorial. Por ahora sigo creyendo que el primer compromiso es con la honestidad del texto; las demás conversaciones vendrán después.

También pienso en la genealogía que quisiera que mi libro sostuviera. Vengo de Cusco, y mi apellido paterno guarda ese color andino que no me abandona. El recuerdo de mi padre leyendo para mí es una de las primeras imágenes que vuelven cuando pienso en libros. Él me enseñó, sin saberlo, que el texto puede ser refugio y calor. Vivir en Estrasburgo me colocó en una geografía híbrida: hablo español con la cadencia de la montaña y pienso muchas veces en francés. Mi familia materna en Alsacia ha sido un sostén; mi prima Élodie, que siempre fue mi confidente, me ha mostrado que la intimidad puede ser compartida sin volverse mercancía. Un libro mío, si lo hubiera, sería un puente entre esos mundos: las voces de la niñez que olía a tierra y las tardes europeas donde la lluvia acuna las palabras.

Hay miedos concretos que me visitan: temor a que mi escritura se vuelva una máscara que espera aplausos; miedo a leer la propia voz en términos ajenos; inquietud ante la posibilidad de que la exposición me deje menos resguardada. Pero hay también deseos muy claros: quiero que mi libro hable a quien se siente solita en la noche, a quien guarda una carta que no sabe enviar, a quien tiene miedo de ser demasiado. Me gustaría que mis textos fueran permiso; permiso para sentir, para ser contradictoria, para amar sin explicación. Me atrae la idea de que un libro puede ser un compañero discreto en la madrugada de alguien a quien sus pensamientos no dejan dormir.

La forma de un libro, además, me resulta apasionante. Imaginar la arquitectura: capítulos que respiren, secciones que se crucen, una prosa que permita que la fragmentación sea un gesto legítimo. No quiero edificios verbales demasiado rígidos. Prefiero salas pequeñas, lámparas, mesas donde se aposenten notas y poemas. El libro que imagino respira como yo: a veces lento, otras veces con urgencia. Puede empezar con un ensayo breve, deslizarse hacia un poema, volver a la prosa con un relato de infancia, traer una traducción de un fragmento que me dejó huella. Así como en los cuadernos hay páginas que dialogan entre sí, quisiera que el libro fuese esa constelación.

El proceso de escribir un libro implica despedirse de ciertas páginas. Editar duele, porque significa renunciar a lugares donde uno se siente cómodo. Pero editar también libera: permite descubrir el núcleo que sostiene todo. Me imagino sentada horas largas con un lápiz rojo, leyendo mi propio pasado y eligiendo lo que merece quedarse. Sé que impulso sobre impulso no se hace una obra; que el trabajo sereno, el orden de las ideas, la paciencia de repasar y calar, son la única manera de llegar a algo perdurable.

También hay una parte de la pregunta que me pertenece por entero a mí: ¿quién es la lectora o el lector que quiero encontrar? Pienso en las mujeres que me escriben en las mañanas, en las voces que llegan desde Latinoamérica, en todos los lectores jóvenes que visitan mi blog para leer mis ensayos y me confiesan que se atrevieron a sentir. Me gustaría que el libro fuera un encuentro con esa comunidad: una conversación amena, un espacio donde podamos reconocernos, como mirarnos en un espejo que no exige perfección. Me conmueve la idea de acercar mis textos a casas que no están necesariamente en las grandes librerías, de que ese libro pueda viajar en mochilas, en bolsas de tela, en manos que leen en trayectos urbanos.

Publicar implica, por supuesto, negociar. Con editores, con formatos, con contratos. No me engaño: hay decisiones que me costarán. Pero también hay alianzas posibles. Soy traductora; conozco pequeñas editoriales, entiendo procesos. Puedo imaginar un camino independiente, con cuidado artesanal, o uno más tradicional si surge la compañía editorial adecuada. Me imagino colaboraciones: una portada diseñada por una amiga ilustradora, una editorial que respete los silencios, una distribución que llegue a librerías pequeñas y también a lectores que prefieren el archivo digital. En todo ello, la coherencia será mi guía: no publicar por la urgencia de un título en la estantería, sino por la convicción de que tengo algo que decir.

Hay, finalmente, una dimensión ética que pesa. Publicar un libro firmado con mi nombre implica responsabilizarme por la manera en que mis palabras pueden entrar en la vida de otros. Una confesión mal planteada puede herir, un relato desprotegido puede reabrir otras heridas. Esa responsabilidad me detiene y me obliga a repasar: ¿mi texto protege a quienes aparecen en él? ¿Respeta la memoria de mis padres, de mis amores, de mis amigos? No quiero explotar memorias ajenas para mi propio brillo. Escribir desde la honestidad no es excusa para desproteger. Por eso pienso la publicación con cautela, con respeto, con la voluntad de no exponer en vano.

A lo largo de los años he aprendido que no hay un solo modo de publicar. Hay quien necesita una editorial que le diga “esto está listo”; hay quien necesita un taller que refine la forma; hay quien necesita, simplemente, publicar para cerrar un ciclo. Para mí la publicación hoy tiene la forma de una promesa: promesa de trabajo, de abandono de vanidades, de comprender que el libro no es el objetivo último sino el medio de ampliación de lo que ya soy. Publicar sería, sobre todo, permitir que mis palabras salgan de su recinto íntimo para escuchar otras ulteriores. No para validarme, sino para comprobar que lo íntimo puede ser puente.

Cierro este pensamiento con una verdad pequeña y cierta: tengo miedo y ganas a la vez. Es una mezcla deliciosa y dolorosa. Me asusta la exposición; me tienta la posibilidad de que una frase que escribí a las tres de la mañana llegue a transformar el día de alguien. Creo que publicar será un acto de coraje y de sensibilidad. Coraje porque implica dar un testimonio auténtico; sensibilidad porque ese testimonio, si llega a tocar, deberá hacerlo con respeto.

Si alguna vez aparece ese libro, quiero que su primera página diga algo así como: “Estas páginas fueron escritas por una mujer que aprendió a mirarse con ternura después de la pérdida”. Y que dentro haya lugar para el deseo, para la curiosidad, para la melancolía que no ruega, para la risa que desafía. Que sea, en definitiva, la casa que imaginé: pequeña, con ventanas al sur, una mesa donde caben todas mis libretas y una lámpara que no se apaga. Y si no llegara a publicarse, que quede el consuelo de saber que ya existe, en los cuadernos, en los posts de Calle65, en las noches en que leí en voz baja hasta quedarme dormida. Publicar es una posibilidad hermosa; y mientras tanto, seguiré escribiendo para no perder la costumbre de existir a través de las palabras.

Con suavidad y fuego,
Bea.


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