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Calle65 · Aug 26, 2025

La amistad femenina como refugio

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Un elogio íntimo a ese amor discreto y radical que nace entre mujeres y que nos sostiene en silencio

Dedicado con cariño a mi prima Élodie Volland, y a todas las mujeres de mi familia materna. Gracias por ser, por estar, por existir.

Por experiencia propia, sé que existe un tipo de amor que no anuncia su llegada con flores ni promesas, ni se presenta como epopeya, ni mucho menos exige juramentos públicos. Es un amor que llega en voz baja, como quien sabe la ruta de una casa con los ojos cerrados. La amistad entre mujeres, esa alianza silenciosa que nos devuelve a nosotras mismas, es el amor del que hablo. No siempre recibe el reconocimiento que merece porque no pretende ser espectáculo: prefiere la discreción, la llamada de madrugada, el mensaje breve que dice “¿has comido?”, el abrazo que no pregunta demasiado. En esa discreción hay una fuerza que me ha salvado más de una vez.

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Pienso en Élodie, por ejemplo. Lyon y su luz rasante sobre las fachadas tienen su nombre. En esa ciudad aprendí a aflojar la prisa, a ser una mujer que se deja cuidar sin sentirse “culpable” por recibir más atención de la que merece. Con ella he hecho cosas que parecen pequeñas y que, sin embargo, cambian la respiración: caminar sin rumbo, hablar hasta las tantas, dormir sabiendo que alguien vigila las sombras. Cuando murió mi padre, ella fue la primera en aprender mis silencios: no intentó corregirme la pena ni buscar explicaciones; sentó mi tristeza a la mesa y le sirvió té. Una no olvida a quien sabe domesticarle el miedo.

La amistad femenina guarda el arte del gesto que no se presume. He visto a mujeres pasar por alto sus propias urgencias para atender la de otra: llevar sopas, imprimir currículos, cuidar a un hijo ajeno como si fuera propio, escribir un correo a las tres de la mañana porque alguien estaba por desbordarse. Ese tejido invisible —hecho de manos, de tiempo, de palabras exactas, de instantes irrepetibles— pocas veces aparece en fotografías, pero sostiene ciudades enteras. En Estrasburgo lo reconozco en las bibliotecarias que se ceden turnos sin dramatizar, en la vecina que se queda con las llaves por si acaso, en la compañera que recorre conmigo pasillos llenos de libros cuando el día ya pesó demasiado.

Esta manera de querer se expresa en gestos delicados: cuando una amiga te acomoda el cabello detrás de la oreja sin teatralidad, cuando te ofrece su bufanda sin preguntar antes si la necesitas, cuando se sienta a tu lado y ambas miran hacia el mismo punto durante un largo rato. Es en esos instantes que el mundo recupera una temperatura habitable. Ese tacto delicado de la confianza es una forma de transmitir paz. Las mujeres sabemos tocar el alma sin invadirla.

La amistad entre mujeres también es un archivo. Guarda cartas que nunca enviamos, fotografías dobladas, audios con voz ronca, chistes malos que sólo nos hacen gracia a nosotras. Es un cuaderno compartido donde cada una anota lo que la otra olvida de sí. “Eres valiente, aunque hoy no lo veas”. “Te salió hermoso ese párrafo”. “Te espero en casa”. Así se escribe una biografía que no llega sola al final de ningún capítulo. Escribir, traducir, leer —todo lo que hago— se vuelve menos frío cuando al otro lado hay alguien que me recuerda que la mesa es un lugar de encuentro, no de exilio.

Me preguntan a veces dónde aprendí a sostenerme. Podría responder con libros —Ernaux, Duras, Lispector—, pero sería injusto no nombrar a las mujeres de mi linaje. Mi madre, con su lealtad silente arraigada a la vida cotidiana, me enseñó que el amor también lava platos y ordena cajones para que el alma perciba el calor de un hogar. Mis tías, dispersas por Francia, son estaciones donde siempre hay cama tendida. Mis primas, con sus mensajes de voz larguísimos, son la prueba de que la ternura puede viajar a la velocidad de un pulgar. Y Élodie… Élodie es ese lugar donde me desarmo con libertad.

Tal vez por eso me incomodan las narraciones que reducen la vida de las mujeres a un único amor: el de pareja. Lo digo con firmeza y con cariño: una mujer no “se salva” por encontrar a alguien que la elija. A veces la salvación —o ese pequeño alivio que nos permite seguir— viene de otra mujer que saca cuentas por nosotras cuando el dinero estrecha, que revisa nuestros borradores como si fueran suyos, que nos lleva de la mano al médico, que nos dice “duerme aquí” cuando a veces la vida pesa demasiado.

En ocasiones pienso que la amistad femenina es una ciencia de la escucha. No oímos para responder; oímos para hospedar. La diferencia es radical. Hay noches en que una sólo necesita decir “no puedo más” y que al otro lado no se abran manuales, sino brazos. En esos momentos, la conversación se convierte en calor. Una amiga —una de verdad, todo hay que decirlo— no compite con tu dolor ni te lo arrebata: se sienta a tu lado y le hace sitio. ¿Cuántas veces nos hemos salvado sin que nadie se entere? ¿Cuántas crisis se han desinflado en una cocina donde dos mujeres pelan naranjas y hablan en voz baja?

Tampoco pretendo romantizar hasta el extremo ni negar lo evidente: las amistades entre mujeres, como cualquier vínculo, atraviesan distancias, malentendidos, celos silenciosos que pueden resquebrajar cualquier acto de unión. He perdido amigas que amé; he sido, a veces, torpe o ausente. Pedí perdón cuando ya era tarde, pero también aprendí a aceptar que la vida separa rutas sin que eso sea traición. La madurez, quizá, consista en reconocer las distintas estaciones del afecto y honrarlas: la amiga de la infancia que hoy veo poco pero cuyo recuerdo guardo como una reliquia, la compañera de trabajo que se volvió familia, la conocida que, en una tarde difícil, me sostuvo cuando mi mundo se desmoronaba. Nada de eso es menor.

En Estrasburgo, cuando el invierno se endurece, suelo invitar a casa a unas cuantas amigas que aprecio. Preparamos algo de comer, nos abrigamos con mantas, vemos pelis toda la tarde. A veces leemos en voz alta, a veces no. En esas tardes encuentro una alegría limpia, sin subrayados. Me gusta pensar que es un pequeño acto de resistencia: ofrecer refugio sin pedir credenciales, celebrar la lentitud, permitir que cada una respire a su ritmo. Las mujeres hemos vivido demasiado tiempo explicándonos; entre nosotras podemos darnos el lujo de no traducirlo todo.

El tiempo me ha enseñado algo de lo que apenas estoy siendo consciente ahora: la amistad femenina también erotiza la vida en el mejor sentido. Nos vuelve más sensibles al detalle, más atentas al matiz, más disponibles para el goce pequeño. Después de estar con mis amigas, deseo mejor: deseo con la piel descansada, con la mente más suave, con el corazón menos a la defensiva. No es sustituto de nada; es fundamento. Un buen amor de pareja —cuando llega— se sostiene mejor si antes hubo este otro amor que nos enseñó el lenguaje del cuidado.

Debo mencionar también que conservo algunas pequeñas costumbres: enviarle a una amiga una postal sin motivo, comprar dos panes de más por si hay una visita inesperada, dejar una manta doblada en el sofá por el mismo motivo, guardar una lista de “canciones de auxilio” para cuando el día se rompa. Sé que no son gestos heroicos, pero son mis formas de afirmar que la vida merece amabilidad. La amistad femenina inventa estas gramáticas con una naturalidad que a veces el mundo desprecia por “domésticas”. A mí, en cambio, me parece que ahí se inventa el futuro: en lo que puede repetirse sin dolor.

También está la amistad de quienes no conocemos y, sin embargo, nos cambian la postura interna. A menudo, mujeres jóvenes llegan a mí en la biblioteca en busca de recomendaciones. Yo les ofrezco libros de Ernaux, Ginzburg, Carson, Alegría. Algunas regresan días después para agradecerme, y se crea una complicidad compartida que me hace comprender que somos parte de una misma constelación. La amistad femenina, en su forma amplia, también sucede así: compartiendo herramientas, llaves, nombres inolvidables.

Se habla mucho de sororidad —y me alegra—, pero a veces esa palabra se pierde en consignas. Yo quisiera defender la experiencia concreta: dos mujeres que se hacen un lugar, que se hablan con honestidad, que se miran con bondad incluso cuando no están de acuerdo. La política puede aprender de esa precisión: en lo privado, hemos perfeccionado un modo de cuidarnos que no humilla. La amistad femenina no es un manifiesto; es un oficio, y se logra más con practicarlo que con predicarlo.

No todo el mundo lo entiende. Está bien. Hay amores que se celebran sin invitados. Pero me gustaría que, al menos entre nosotras, nos reconociéramos la nobleza de este vínculo. Que digamos “gracias” en voz alta: gracias por el techo de tu sala, por tu paciencia cuando te cuento mil veces la misma historia, por ese mensaje de voz interminable que me acompañó en el tren, por preguntarme si comí, por recordarme que también descanso. Que nos regalemos flores sin motivo y escribamos dedicatorias sinceras: “Para ti, que estuviste cuando me deshice”. Que hagamos álbumes de fotos en los que aparezcan no sólo los viajes, sino las tardes comunes donde algún hilo se tejía en silencio.

Si pienso en lo que me sostiene, pienso mayormente en mujeres. En sus manos haciendo y deshaciendo, en sus voces dando instrucciones con empatía, en el modo en que miran sin reducir a nadie. Pienso en mi madre y en sus gestos sin retórica, en mi prima Élodie que aprende conmigo a nombrar la calma. Pienso en las colegas que me cubren el turno cuando me tiembla el ánimo, en la librera que me guarda un libro porque “sé que te va a gustar”, en la chica que me escribió desde otra ciudad para decirme que mis palabras le hicieron compañía. Todo eso forma parte de la misma casa.

Escribo esto con la convicción mansa de quien ha sido sostenida y quiere sostener. Si alguna mujer que lee Calle 65 se siente sola o cansada, ojalá encuentre cerca una voz que diga “ven”. Y si no la encuentra, que sepa que puede empezar por ser esa voz para otra: a veces el refugio se construye desde el gesto que damos sin estar del todo listas. Gracias a esa cadena de cuidados, tarde o temprano, la mesa se llena.

La amistad femenina es, tal vez, la más antigua de nuestras tecnologías de supervivencia. Funciona sin alarde, se actualiza con miradas, no caduca. Mantiene encendida la lámpara cuando el resto de la casa se apaga. Y si hoy yo puedo trabajar, amar, escribir y volver a escribir, es porque alguien, en algún lugar, me tuvo paciencia. A ese amor sin pretensiones le debo lo que soy. Y como todo lo que de veras importa, se honra con hechos: estar, escuchar, esperar, reír, guardar, llamar, tocar la puerta, decir “aquí estoy”, y que sea verdad.

Con suavidad y fuego,
Bea.

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