Este año, el ocho de agosto, me encontró en Lyon, en la casa de mi prima Élodie. No es un viaje que haya hecho de forma improvisada. Llevaba semanas trabajando sin descanso: la editorial, la biblioteca, las ferias de libro que parecían multiplicarse en los pueblos cercanos. Mi agenda estaba llena de voces, de presentaciones, de conversaciones literarias que disfruté, pero que también exigieron de mí una entrega constante. Cuando me di cuenta, habían pasado varias semanas desde la última vez que escribí algo aquí.
La verdad es que desde que estoy en Francia nunca había celebrado mi cumpleaños en otra casa que no fuera la mía, pero es la primera vez que me animo a romper la cotidianidad. Desde hace años Élodie no dejaba de insistirme en que debía ir a verla por estas fechas, pasar unos días en casa de mis tíos, hacer algo juntas. Así que este año se presentó la oportunidad, y no lo tuve que pensar mucho. Necesitaba escaparme del peso de la rutina por unos días, y vaya que me ha servido.
Llegué un viernes, con una maleta pequeña y la determinación de no abrir el portátil más de lo estrictamente necesario. Ni siquiera para publicar el ensayo semanal para Sexta Fórmula, el blog con el que colaboro desde hace algún tiempo (Heber, si estás leyendo esto, te agradezco nuevamente por la comprensión). Desde el primer día en Lyon, la vida adquirió un ritmo distinto. Las mañanas eran largas, el café sabía más a café, y el silencio tenía otra textura, menos tensa, más tibia. Las noches, en cambio, se estiraban en conversaciones de madrugada con Élodie, donde nos contábamos lo que no cabe en los mensajes de voz: recuerdos familiares, confesiones que una guarda para cuando hay un rostro enfrente, risas que terminan en lágrimas por puro exceso de alegría.
En ese ambiente, algo en mí comenzó a ceder. No sé si fue la luz de agosto entrando por las cortinas, la familiaridad de su risa o la manera en que aquí el tiempo parece no tener prisa. Un día, Élodie me preguntó si le permitiría hacerme una sesión de fotos para un proyecto personal en el que está trabajando. Soy consciente de que no soy ninguna modelo, pero Élodie es de esas personas a las que no puedo decirles que no. El resultado: unas fotografías que me hicieron verme a mí misma con otros ojos. Hace unos días compartí un par por notes, pero dejo aquí las que más me gustaron:
Esa noche, mirando las fotos que me había tomado, me di cuenta de algo que hasta ese momento no había tenido en cuenta: tengo pocas fotos tomadas por otras personas. La mayoría son selfis. Siempre he sido reservada para mostrarme en internet. De hecho, nadie —o casi nadie— de mi círculo íntimo sabe de esta newsletter. Casi como un impulso, decidí abrirme una cuenta de Instagram. Sí, yo, la que no suele mostrarse, la que prefiere vivir al margen de las redes sociales, ahora tengo también cuenta de Instagram. Pública, quiero decir. Todavía no sé qué rumbo darle, pero supongo que me servirá para compartir también por ahí lo que escribo. Por años había asociado mi presencia en internet a las palabras, no a la imagen. Y creo que tal vez es momento de que ambas cosas cosas se encuentren.
Pienso ahora en lo fácil que es enjaularse en una idea fija de quiénes somos: “la escritora reservada”, “la que no sube fotos”, “la que prefiere el silencio a la exposición”. Pero las etiquetas, cuando se vuelven demasiado rígidas, acaban siendo un peso. No se trata de cambiarlas por otras, sino de reconocer que nuestra identidad es más porosa de lo que creemos, que la mujer que escribe puede, un día, tener ganas de mostrarse sin que eso traicione lo que es.
Escribo estas palabras para todas las personas que me leen y que, a pesar de mi ausencia, se han pasado por aquí para dejarme un mensaje, una muestra de que siguen al pendiente. Gracias de todo corazón.
En unos días volveré a Estrasburgo. Vuelvo con 24 años cumplidos y las ganas de siempre de seguir compartiendo lo que escribo en este espacio tan íntimo como lo es Calle65. La rutina me esperará con sus horarios y sus listas de pendientes. Pero este agosto quedará como un recordatorio personal: a veces, los gestos más pequeños —un viaje, una conversación, una foto— marcan el inicio de algo nuevo. Y ese algo no siempre necesita un nombre, a veces simplemente necesita ser sentido. ¿Adónde me va a llevar este cambio? No lo sé, pero por primera vez en mucho tiempo, tal vez por primera vez en mi vida, me entusiasma quitarme de encima cierta reserva.
Con suavidad y fuego, como siempre,
Bea.
Por si aún no te has suscrito, te dejo aquí el recuadro. Compartamos una taza de té de jazmín y lecturas lentas. 🍵
Por cierto, dejo aquí mi cuenta de Instagram, por si se animan a seguirme. Me encantará seguirlos de vuelta. 💕

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