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Calle65 · Sep 4, 2025

Los nombres de mis miedos

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Beatriz Allca · Calle65

He vivido noches en las que el miedo llega como un gato: sin ruido, con los ojos encendidos en la penumbra, olfateando mis manos antes de decidir si se queda. Me encuentra de pie junto a la ventana, con la lámpara encendida y el cuaderno abierto. Afuera, la ciudad respira con su rutina de luces y semáforos; adentro, el papel me mira con paciencia. Es en ese precipicio donde aprendo a nombrar lo que me asusta. Y a veces basta con escribirlo para que el vértigo se desvanezca un poco.

He tratado de entender de qué están hechos mis miedos. Sospecho que de infancia, de ciudades, de silencios. Que de pronto no son monstruos, sino criaturas dóciles que piden leche tibia y una caricia sincera. Pero hay otros que no se dejan domesticar: la pérdida, el olvido, el desamor que promete repetir su forma en cualquier rostro. A todos ellos les he buscado un espacio en mis diarios, y no para invitarlos a vivir conmigo, sino para verlos con más claridad, aceptarlos con apertura, y soltarlos con resolución.

Mi primer miedo serio tuvo la edad de mi padre cuando dejó de respirar. Yo tenía quince años y no sabía que el tiempo también es un animal al que hay que aprender a mirar sin parpadear porque, en el momento que te descuidas, puede clavarte sus colmillos en toda la yugular. Desde entonces, el miedo a que lo que amo desaparezca es una música de fondo que acompasa mis días. A veces aparece cuando doblo una camisa suya que aún guardo; a veces cuando cierro el libro que estaba leyendo con su voz. La muerte fue mi primera maestra de claridad. Me enseñó a amar con urgencia y a temer con elegancia. Me enseñó, sobre todo, a vivir con el corazón un poco abierto por el costado, como si una parte de mí renunciara a cerrarse del todo para iluminar la memoria que aún vive dentro de mí.

También temo al olvido. No al mío, que quizá un día llegue con sus manos blancas y me desate los nudos de la cabeza; temo al olvido de los otros, a no sobrevivir en quienes amé. Esta es una vanidad que me confieso sin vergüenza: me aterra que el mundo siga como si yo no hubiera tocado nada. Por eso escribo. Por eso subrayo. Por eso guardo piedras lisas de ríos y entradas de cine, para darles un cuerpo a los instantes que brillaron apenas un segundo. El recuerdo, para mí, no es un archivo; es un altar pequeño donde la vida resurge cada vez que se visita.

Hay un miedo menos noble que me acompaña cuando el espejo me exige una respuesta: el miedo a no ser suficiente. No como mujer, sino como voz literaria. ¿Y si todo esto que escribo es un balbuceo prolijo? ¿Y si mi sensibilidad, tan cuidadosa, tan vehemente, es un jardín que los demás pasarán de largo? En la editorial, cuando traduzco, siento la plenitud de respirar dentro de otras lenguas; pero cuando cierro el documento y me quedo sola con mi prosa, aparece esa sombra afilada: “¿quién te crees que eres?”. La única forma que conozco de aplacarla es seguir: una frase más, un párrafo más, una respiración completa. Yo no quiero subir, quiero profundizar. Aun así, el miedo a no alcanzar la hondura que anhelo me pellizca con sus uñas afiladas.

El amor es otro mapa de mis temores. Soy una mujer que tiembla y desea; que se entrega con el cuerpo completo; que entiende el erotismo como un idioma de ternura y de fiebre. Y, sin embargo, me asusta la devoración. No la del otro, sino la mía: esa capacidad que tengo de arder hasta el hueso, de dar todo lo que tengo como si el mundo dependiera de un beso. Me he roto por eso. Me he curado también. A veces temo que un amor nuevo me pida de nuevo la piel entera y que, al dársela, me olvide. No quiero desaparecer en el cuidado, ni convertirme en un deber. Quiero la intimidad como un abrazo que no asfixia: el miedo ahí es un pequeño centinela que me recuerda el límite, que me devuelve a casa cuando siento que el alma ya se me fue del cuerpo.

La soledad me asusta y me salva. He elegido vivir sola y, casi siempre, lo he vivido como una dicha: la casa en silencio, los libros como únicos vecinos, el ritual de cocinar para mí, la siesta con lluvia. Pero hay noches frías en las que la soledad se vuelve demasiada: la cuchara de madera suena hueca contra la olla, la risa no rebota en ninguna pared, el cuerpo pide un hombro vivo. Temo acostumbrarme a esas noches sin pedir auxilio; temo volverme orgullosa del aislamiento, esa soberbia silenciosa que confunde independencia con desierto. Me repito entonces una verdad que muchas veces paso por alto: no estoy hecha de piedra, estoy hecha de carne, y la carne necesita calor, sentido de pertenencia.

También me asustan las dos patrias que cargo. Hay días en los que el Perú me duele como una muela mal curada. Me asusta haberme vuelto extranjera en el lugar donde nací; me asusta no saber caminar ya las calles del Cusco sin parecer turista de mi propia vida. Francia me ha dado un hogar, un oficio, una lengua para pensar algunas cosas que en español me explotan en el pecho. Pero a veces miro el cielo alsaciano y le falta altura, le faltan esos azules de mi infancia, más densos, más violentos. Temo quedarme en medio: demasiado francesa para el Perú, demasiado peruana para Francia. Y, sin embargo, hace tiempo entendí que esa herida también es un puente, y que mi lengua real no es con la que hablo en la calle, sino con la que escribo de noche, con la que dialogo internamente.

Tengo miedos pequeños, casi ridículos, que me dan risa cuando los nombro: el miedo a perder mis cuadernos (por eso viajan conmigo como bebés envueltos), el miedo a que se me seque una planta (y me obsesiono con hablarle al geranio de la ventana), el miedo a que el pan se queme justo cuando la casa huele a domingo. Esos miedos, dulces y domésticos, le ponen piel a mi día. Me ordenan la rutina en actos sencillos: regar, apagar el horno, cerrar con buen pulso la libreta.

Y hay miedos que son más abstractos, más filosóficos: el miedo a la tibieza, a una vida vivida en modo avión; el miedo a convertirme en un personaje de mí misma, repitiendo actitudes que ya funcionaron para no tener que arriesgar nada nuevo. Me aterra la repetición sin alma. Por eso busco las excepciones: la anciana con flores cosidas al abrigo, el librero que me regala un poema, el muchacho que habla en italiano a los gatos en la esquina del mercado. Esos destellos son mi antídoto. Me recuerdan que la vida aún desobedece. Que a pesar de mis horarios, mis plazos, mis entregas, hay algo indomesticable que late y me salva.

Hubo un miedo reciente que me sorprendió por lo simple: mostrar mi rostro. Durante años preferí que la voz caminara sin cuerpo por las redes. Una mezcla de pudor y libertad: escribir sin tener que sostener una imagen me parecía la forma más honesta de existir. Y sin embargo, en un agosto de cumpleaños, me dejé fotografiar por quien mejor me conoce y subí esa imagen al mundo. Tenía miedo al juicio, al malentendido, a la exposición. Lo que encontré fue otra cosa: en lugar de una vitrina, un espejo más. No me curó de nada, tampoco me rompió. Me ofreció una pregunta distinta: ¿cómo se escribe cuando te miran? Sigo buscando la respuesta con una mezcla de miedo y calma.

Hay un miedo del que me cuesta hablar: el miedo a la maternidad, que es también el miedo a renunciar. Algunas veces, una dulzura me atraviesa: imagino unas manos diminutas sujetando la mía, un olor a leche tibia, una casa más viva. Otras, esa imagen me pesa como una campana sobre el pecho: ¿Y si desaparezco en el cuidado?, ¿y si la escritura se me seca en la vigilia?, ¿y si no encuentro a un hombre que entienda la delicadeza que pido para criar? No tengo respuestas todavía. Mi miedo, aquí, es un guardián que me obliga a ser lenta, a honrar mis ritmos. Si algún día digo que sí, que sea con el alma más que con las ganas.

El trabajo también alberga sus sombras. Me asusta el día en que traduzca algo sin estremecerme. Me asusta que la médiathèque, que tantas veces ha sido refugio, se convierta en rutina. Me asusta lo contrario: romantizar tanto la literatura que me olvide de comer, de pagar las cuentas, de vivir en el mundo real. He aprendido a tejer un equilibrio imperfecto: traducir con el corazón en las manos, y luego tender la ropa. Leer a las cinco de la mañana con café, y luego salir a hacer compras. Mi miedo es perder ese ritmo como se pierde una canción de infancia. Por eso lo cuido.

A veces me asusta mi propio deseo de intensidad. Sé que no nací para la vida espectacular; quiero una vida pequeña, pero intensamente sentida. Y, sin embargo, la intensidad tiene bordes afilados. He querido tanto que me he destrozado las uñas. He pensado tanto que me he dejado sin aire. Le temo a ese exceso que, disfrazado de pasión, te arrastra al agotamiento. Mi defensa, aquí, ha sido aprender a frenar. A decir: hoy no. A escoger la ternura por encima del dramatismo. A entender que la belleza también existe en los jueves tranquilos.

Entre todos mis miedos, hay uno que los reúne: el miedo a endurecerme. A vivir tanto a la intemperie que mi sensibilidad se cubra de una capa de escama o piedra. La fortaleza, tan aplaudida, me ha protegido de muchas tormentas; pero yo no quiero ser invulnerable. No quiero que mi defensa me convierta en una navaja que nadie puede abrazar. He tenido que aprender a pedir, a invitar, a solicitar ayuda. Y cuando alguien lo hace todos los miedos se sientan un momento en el suelo, como niños que por fin han comido y se duermen mirando el techo.

No sé si el miedo se vence. Tal vez se educa. Tal vez se vuelve un perro viejo que ya no muerde. Escribirlo es mi forma de enseñarle modales. Visitar a mi padre en el cementerio, hablarle en voz baja, hacerle saber, aunque no pueda oírme, que sigo aquí gracias a él, es otra. Leer poesía cuando la productividad me azuza. Regar plantas. Caminar sin prisa por un puente, saludar a un conocido, darle mimos a un gato callejero. Tomar un tren y dejar que la luminosidad del paisaje me limpie la cabeza. Hacer el amor sin plan. Ninguna de estas acciones «cura» nada. Pero todas sostienen. Y cuando una vida se sostiene con belleza, el miedo se vuelve más pequeño.

A veces me pregunto qué quedará de mí cuando todos mis miedos se hayan convertido en polvo. Pienso que quedará una colección de cuadernos, un puñado de cartas, alguien leyendo mis textos a deshoras, un perfume de flores blancas impregnado en un abrigo. Quedará, quizá, la certeza de que sentí temor de verdad. Y que no dejé de tocar lo que dolía por miedo a quebrarme. Si tuve un secreto, fue este: siempre elegí la sensibilidad como instrumento, incluso para hablar con mis sombras.

No sé dar consejos, pero si alguien me preguntara qué hacer con sus miedos, diría: dales agua; llévalos de paseo; no te avergüences de ellos; apréndete sus nombres. Y, sobre todo, escribe. No porque la escritura salve —la vida ya nos ha enseñado que la salvación no tiene método—, sino porque escribir es una forma de estar, de existir y prevalecer. Y cuando una está del todo, los miedos obedecen. Se recuestan en la alfombra, bostezan. Te dejan, por fin, hacerte un té para concentrarte en lo que importa.

Y a pesar de todo, yo sigo coleccionando pequeñas valentías: enviar un texto con el corazón acelerado; abrazar sin justificarme; decir “no quiero estar sola esta noche”; viajar para celebrar un cumpleaños y admitir que la alegría también me da miedo de lo grande que es. No creceré para volverme dura. Creceré, si tengo suerte, para volverme más porosa. Para que el mundo me atraviese sin destruirme. Para que el miedo, viejo compañero, entienda que puede caminar a mi lado sin empujarme hacia el precipicio.

Cuando apago la luz y la casa queda en silencio, escucho mis latidos. Cada uno dice lo mismo, con su ritmo tamborilero: estás viva, estás viva, estás viva. Y yo, obediente, vuelvo a creer, me permito soñar.

Y tú, ¿tienes miedos? Si lo deseas, puedes compartirlos en comentarios y así charlamos un ratito. 🍵

Gracias por leer hasta aquí.

Con suavidad y fuego,
Bea.

Read the original on calle65.substack.com

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