Llorar no es, para mí, un acto trivial. No es un accidente de la fragilidad, sino un lenguaje que se abre paso cuando las palabras no alcanzan. Llorar es la forma que tiene mi cuerpo de recordarme que sigo viva, que las emociones no son teorías ni ensayos: son carne, agua que insiste en salir por donde duele.
Lloro cuando me despido y cuando vuelvo a abrazar. Las despedidas tienen la crueldad de arrancar un pedazo de presente y dejarme vacía de golpe. Siempre me he sentido desarmada en esos instantes en los que un tren parte o una puerta se cierra, y con ellos se lleva un trozo de lo que fui. Pero también lloro cuando el regreso me desborda: cuando alguien me espera, cuando el reencuentro recompone el vacío, cuando el amor se hace visible en la simple persistencia de estar ahí. El cuerpo recuerda lo que significa perder y, de repente, al recuperar, las lágrimas vuelven, pero esta vez para expresar un alivio, como un acto de gratitud.
Lloro por las cartas que nunca llegaron. Por esas palabras que imaginé tantas veces en sobres amarillentos, en direcciones mal escritas, en buzones que nunca se abrieron. Esas cartas ausentes, que jamás existieron, fueron las que más me marcaron: me enseñaron el silencio del que no responde, el hueco que deja lo que uno nunca recibe. Porque atormenta: la incertidumbre de saber si mis palabras alguna vez fueron leídas me ha dejado innumerables noches en vela, contando horas, tachando fechas, viendo los días pasar con infinita lentitud y acoplándome a la idea de que, tal vez, mis palabras nunca tuvieron el valor que alguna vez pensé que tenían. Esas cartas me hicieron entender que, a veces, el amor se escribe con tinta invisible y que ninguna espera lo vuelve real.
Lloro con los textos de romance. Y aquí me contradigo porque en la misma frase se esconde tanto el goce como la herida. Lloro porque las páginas saben recordarme la dulzura que alguna vez quise vivir y no pude. Porque el amor no correspondido deja huellas que hasta las novelas saben avivar con precisión quirúrgica. Pero también lloro porque me permiten seguir soñando: porque si existe en el papel, quizá también pueda existir en mi vida. Entre las palabras de otros me reconozco vulnerable, hambrienta de ternura, y me dejo llevar por la ilusión de un amor que, aunque sea prestado, me devuelve una esperanza. Porque me niego a pensar que el romanticismo está extinto, que lo mataron los actos egoístas de quienes no supieron ver el valor de una entrega, de un alma desnuda, de un cuerpo que anhela profundamente. Me niego a darle la razón a esta modernidad obscena que dicta que la mejor forma de vivir es la soledad autoimpuesta porque los sentimientos están devaluados. Me niego a aceptar que las relaciones de ahora son simples transacciones de intereses; quiero creer que hay algo más que personas heridas hiriendo al resto. Esa es mi esperanza.
Lloro cuando un poema me habla de un padre ausente. Ahí la herida no necesita explicación. La voz poética se convierte en espejo y me devuelve la nostalgia de quien, aunque ya no está, nunca se ausenta del todo, de ese vacío que a veces se llena con preguntas y otras con silencios. Llorar ante esos versos es permitirme tocar lo que he aprendido a esconder, aceptar que en lo más íntimo sigo siendo hija de una ausencia. Me permite entender que hubo un amor sincero que me conoció vulnerable y soñadora. Me recuerda que sigo creyendo que el amor existe porque existió mi padre, y que con él se fue toda la seguridad que tenía en mi vida y que nunca dejaré de extrañar hasta morirme.
Lloro frente a la belleza demasiado pura, esa que no se deja poseer. Un atardecer que incendia el cielo, un concierto que me quiebra el pecho, la risa de alguien a quien amo, un cuadro que parece respirar. La belleza absoluta me asusta porque me recuerda que la vida es breve, que lo hermoso no se sostiene en las manos más de un instante. Y entonces lloro como quien trata de guardar en las lágrimas lo que sabe que nunca volverá del mismo modo.
Lloro de rabia, también. Cuando la dureza del mundo se impone sobre lo frágil, cuando la injusticia pisa lo pequeño, cuando la vida se vuelve áspera y yo no tengo cómo defenderme. Lloro porque no encuentro otra manera de resistir sin quemarme por dentro. Y esa rabia que lloro se transforma, poco a poco, en coraje silencioso.
Lloro, por último, de gratitud. Cuando me doy cuenta de que, incluso en el dolor, no estoy sola. Cuando alguien me acompaña con un silencio compartido. Llorar de gratitud es un acto profundamente erótico: me desnuda frente al otro, me devuelve la certeza de que la vulnerabilidad puede ser un puente y no una condena.
Las lágrimas, en mí, no son un signo de debilidad. Son huellas líquidas de mi intimidad, trazos que el cuerpo dibuja cuando ya no sabe sostener tanto. Llorar es, quizá, mi forma más vulnerable de amar: amar lo perdido, lo soñado, lo justo, lo bello y lo que todavía existe en mi vida.
Si alguien me preguntara qué me hace llorar, no podría responder con una lista cerrada. Lo que me hace llorar es la vida misma en sus extremos: la pérdida y el reencuentro, la belleza y la crudeza, el deseo y la falta. Llorar es habitar lo humano sin máscaras, dejar que la ternura desborde hasta donde duele. Y mientras pueda llorar, sabré que no me he endurecido del todo, que mi corazón late todavía con la misma obstinación de quien se permite sentirlo todo.
Con suavidad y fuego,
Bea.

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