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Calle65 · Jul 9, 2026

Lo que nadie me dijo sobre crecer lejos de casa

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Beatriz Allca · Calle65

Hay una pregunta que nadie me hizo antes de irme, y que yo tampoco supe hacerme a mí misma: ¿quién serás allá? No quién serás en el sentido de los planes y los proyectos —al menos en mi familia tuvieron la delicadeza de no presionarme con esas cuestiones a esa edad tan temprana—, sino quién serás en lo pequeño, en lo cotidiano, en los momentos en que te dedicas a existir sabiendo que nadie te está mirando. Quién serás cuando el idioma sea otro y las acciones no alcancen, cuando la ciudad no tenga memoria de ti y tú no tengas memoria de ella.

Archivo:Bashkirtseff - In the Studio.jpg
In the studio, Maria Bashkirtseff, 1881

Lo primero que cambió no fue lo que esperaba. No fue el frío, aunque el frío de Alsacia en noviembre tiene una textura que se siente en los huesos. Tampoco fue el idioma, pues yo llegué con el francés, como quien dice, ya cosido a la lengua, un regalo que mi madre me había dado desde que tengo uso de razón con la esperanza de que algún día conocería el país donde ella nació porque, en sus palabras, también era el mío. Lo primero que cambió fue el espejo. Y me refiero al espejo social, esa red invisible de personas que me han visto crecer y que, en conjunto, construyen mi identidad a partir de las aristas que conocen de mí hasta recordarme quién soy —para ellas— incluso sin decírmelo directamente.

Cuando ese espejo desaparece, hay un momento de libertad absoluta, porque las expectativas ajenas cesan. Pero al mismo tiempo, hay un momento de vértigo, porque ese espejo se rearma pero en otro lado, en esa ciudad nueva donde, desde el primer día que pones un pie en ella, comienzas a escribir una nueva historia. Al final, la expectativa ajena es casi siempre la misma, pero es el espejo el que cambia: el contexto, las historias detrás de las personas que observan, los lazos que se generan a partir de las interacciones diarias. Se trata de un espejo que me devuelve una identidad nueva, esa que fui forjando con el paso de los años hasta llegar a la mujer que soy ahora.

Nadie me dijo que irme implica, también, quedarme. Que mientras camino por una ciudad con arquitectura catedralicia que huele a nieve y a pan recién hecho, una parte de mí permanece en el lugar que dejé: en el olor de la tierra cuando llueve en los Andes, en la voz de las personas que quiero y que poco a poco se convierten en recuerdo, en los libros que mi padre me leía en voz alta antes de dormir. La migración puede verse como una línea que cruzas, pero me parece que se acerca más a una grieta que se abre dentro de ti y que te enseña a vivir en los dos lados al mismo tiempo.

Mi padre llegó a Estrasburgo por trabajo. Mi madre regresó a su hogar. Para mí fue las dos cosas y ninguna de las dos con claridad. Tardé años en comprender que esa ambigüedad no era un problema que resolver sino una nueva condición que habitar.

Hay una palabra en holandés que no tiene traducción exacta al español: thuisgevoel. Significa, más o menos, la sensación de estar en casa. Lo curioso es que desde que me fui de Cusco esa sensación ya no habita en un lugar fijo. La encuentro a veces en las páginas de un libro, a veces en una taza que sostengo con ambas manos sentada a una mesa en un café de Estrasburgo, a veces en el sonido del violonchelo de Jacqueline du Pré cuya música mi madre ponía los domingos por la mañana. Por decirlo de algún modo, el hogar se volvió portátil, lo cual tiene algo de pérdida, pero también algo de conquista.

Rilke escribió alguna vez: «El único viaje es el interior». Lo leí por primera vez en una edición que pertenecía a mi padre, con sus anotaciones a lápiz en los márgenes, pero lo entendí mucho después, caminando sola por el Barrio Antiguo de Estrasburgo, con el frío entrando por las costuras del abrigo y la sensación extraña de que la ciudad era completamente indiferente a mí, y que yo estaba ahí como una pieza decorativa más de su grandeza, de su generosidad y de aquella belleza que también sentía como mía.

Lo que nadie me contó es que mi ciudad de origen también cambia mientras estoy fuera. Que cuando regrese —si es que algún día lo hago— las calles seguirán siendo las mismas pero que yo las miraré con ojos que ya han visto otras calles, y eso lo alterará todo de algún modo. La gente que alguna vez quise habrá mudado también ciertas maneras, porque habrán tenido su emigración particular: después de todo, la vida misma es un viaje sin retorno. Estoy segura de que, aunque me recuerden, existirá una distancia que no proviene de la frialdad sino de la acumulación de experiencias que no se compartieron, pues hay historias que uno no siempre sabe bien cómo contar, porque solo se entienden si también las has vivido en carne propia.

Cusco me enseñó que el paisaje puede ser sagrado. Estrasburgo me enseñó que se puede pertenecer a un lugar sin que ese lugar te pertenezca a ti. Y todo lo que viví de este lado del mundo me enseñó que la identidad no es un territorio con fronteras fijas sino algo más parecido a un río: siempre en movimiento, siempre cambiando, fluyendo hacia una desembocadura que sólo se puede encontrar al final de todos los viajes. En ese sentido, la identidad no se rompe cuando te vas. Se complica. Y complicarse no es lo mismo que romperse, aunque durante un tiempo, especialmente cuando se pierde a alguien imprortante, pueda parecerlo.

En algún momento dejas de buscar la versión definitiva de ti misma y empiezas a habitar las versiones provisionales con algo parecido a la gracia. Aprendes que puedes ser de Cusco y amar la luz de noviembre en Alsacia. Que puedes extrañar el español de tu infancia y pensar en francés con fluidez. Que los libros que te leyeron de niña no desaparecen cuando desaparece quien los leía: se quedan, y su voz permanece dentro de las palabras que ahora resuenan con otro eco, pero con la misma voz.

Todo eso te pertenece: los recuerdos, las nuevas experiencias, las personas que se fueron, las que se van y lo que te dejan al marcharse, lo que se llevan de ti con su ausencia, porque habitas incluso en esos vacíos. Seguirás siendo tú aunque las personas y las ciudades cambien, aunque los espejos sociales te quieran reconstruir bajo expectativas que ya no cumples, aunque hables otras lenguas y cruces tantas fronteras que sientas que tu patria está en todas partes y en ninguna. Porque nadie te habla de eso: que aunque tu identidad esté hecha de experiencias y tantos horizontes, tus raíces siempre habitarán el mismo sitio, pero también te acompañarán adonde quiera que vayas, nutriendo tu aprendizaje.

Patrick Modiano tiene una frase preciosa con la que me encontré hace tiempo:

Peu à peu, on finit par ne plus très bien savoir qui on est, mais on continue d'exister par habitude.

Traducida al español quiere decir:

Poco a poco, uno acaba por no saber muy bien quién es, pero sigue existiendo por costumbre.

Me gusta pensar que Modiano no usó la palabra costumbre como sinónimo de desidia, sino como una idea que condensa la constancia de seguir viviendo cargando esa incertidumbre deliciosa que proviene de no poder ver la totalidad de esa identidad que construimos, porque la vamos armando poco a poco con cada experiencia que tenemos. Y no hablo solamente de emigrar. Y no hablo solamente de crecer.

No saber muy bien quiénes somos puede interpretarse como una oportunidad a ser quienes queramos. Y yo quiero quedarme con eso. Soy todas las ciudades de las que me he enamorado, todas las palabras que dije con amor e intencionalidad, todo el amor que expresé, todas las personas que me hirieron, todos los momentos en los que me di permiso de existir sin exigencias, sin espejos ajenos, sin culpa por lo que dejé ir, sin rencor por lo que me abandonó. Y se trata de una identidad que seguiré llevando a todos lados, porque ahí donde ponga un pie por primera vez, encontraré razones para seguir forjándola, como un río interminable, como una ciudad que nunca deja de construirse.

Con amor y fuego,
Bea.

Read the original on calle65.substack.com

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