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Calle65 · Jul 10, 2026

El amor equivocado que aprendí de los libros

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Beatriz Allca · Calle65

Tenía dieciséis años la primera vez que leí Orgullo y prejuicio. Recuerdo la tarde: la luz grisácea entrando por la ventana de mi cuarto, la taza de té que se fue enfriando sin que yo lo notara, y esa sensación extraña y casi física de que acababa de encontrar algo que llevaba tiempo buscando sin saber su nombre. Darcy era distante, arrogante, incomprendido. Y yo, a los dieciséis años, pensé que eso era exactamente el amor: algo que había que descifrar, algo que costaba, algo que se ganaba después de mucha paciencia y de saber mirar donde los demás no miraban.

Lo que no supe ver entonces —pues esto es algo que uno nota siempre en retrospectiva, nunca al contrario— es que también estaba aprendiendo a esperar. A justificar. A llamar profundidad a lo que a veces era simplemente silencio.

Los libros nos forman de maneras que no elegimos. Mi padre me introdujo en la literatura cuando yo era demasiado pequeña para entender del todo lo que leía, pero ya lo suficientemente sensible para que esas historias me dejaran marca. Después, cuando él ya no estaba, fui yo quien siguió leyendo: buscando, creo, alguna continuidad. Y en ese leer sin guía, en esa adolescencia librada a mis propios criterios de lectora, absorbí sin cuestionar ciertos modelos de amor que la ficción romántica repite hasta la saciedad:

El héroe que hiere antes de amar. La mujer que espera sin rendirse. El amor como prueba, como conquista, como algo que se merece después de sufrir lo suficiente.

Nadie me dijo que eso era una simple narrativa. Pensé que era la vida.

Hubo un momento específico en que empecé a sospechar que algo no estaba bien en los mapas que había estado siguiendo. Tenía veintiún años y estaba releyendo Jane Eyre, otro de esos libros que había amado con esa intensidad silenciosa con que se aman las cosas a los quince años. Pero algo había cambiado. No el libro, por supuesto, sino yo.

Leí las mismas páginas y vi cosas que antes eran invisibles para mí: la manera en que Rochester manipula a Jane desde el principio, la forma en que ella justifica cada contradicción de él con su propia capacidad de comprensión, el modo en que la novela presenta esa dinámica como amor romántico en su forma más elevada. No digo que Jane Eyre sea un libro malo. Digo que yo lo había leído como un manual sin darme cuenta, y que releerlo fue, entre otras cosas, reconocer algunas de mis propias decisiones en las páginas.

Charlotte Brontë no escribió un manual. Pero yo lo usé como uno.

La literatura romántica, las novelas contemporáneas, las series, las historias que circulan en ciertos círculos de lectura, operan sobre el principio de que el amor verdadero se distingue del amor ordinario por su intensidad, y que la intensidad casi siempre implica dificultad: cuanto más cuesta, más vale; cuanto más duele, más real.

Es una lógica que tiene cierto matiz poético. El problema es que también es una lógica que normaliza, sin llamarlo por su nombre, el agotamiento emocional como señal de profundidad. Que confunde la turbulencia con la pasión. Que enseña a las mujeres jóvenes que tolerar es una forma de amar.

Por supuesto, es una idea que se debería examinar con perspicacia clínica o, como mínimo, cuestionar. Parafraseando a Beauvoir: el amor no debería ser una renuncia a uno mismo, sino una expansión. Pero la ficción romántica que consumí durante años me enseñó lo contrario: que la medida del amor era cuánto estabas dispuesta a ceder.

No escribo esto como una denuncia. Escribo esto porque me parece que hay algo importante en el acto de releer: no solo los libros, sino también las historias que nos contamos sobre lo que merecemos, sobre lo que buscamos, sobre la forma que debe tener una cosa para que la llamemos amor.

Los libros que amé a los dieciséis los sigo amando ahora, pero de manera distinta: con la conciencia de lo que hacen, de los mundos que construyen, de los deseos que activan. Los leo como se lee algo que te formó sabiendo que te formó: con cariño y con distancia al mismo tiempo.

Y hubo cosas que aprendí de ellos que tuve que desaprender una a una. Y no fue rápido ni indoloro. Pero llegué al punto en que dejé de buscar al héroe incomprendido y empecé a prestarle atención a algo más discreto y más real: la presencia. La consistencia. La persona que aparece sin necesidad de ser descifrada.

Lo más curioso es que también fue la literatura la que me ayudó a ver con mayor claridad. Marguerite Yourcenar, que escribía el amor como si fuera arqueología: algo que se desentierra con paciencia y con respeto. Virginia Woolf, que entendía el afecto como una presencia silenciosa que no necesita dramatismo para ser profunda. Clarice Lispector, que sabía que el deseo tiene su propia inteligencia y que merece ser mirado sin sentir vergüenza.

La magia de esos libros consistió en que me permitieron obtener preguntas más precisas en lugar de darme respuestas limitantes. Y con eso fue suficiente para empezar a leer mi propia vida de otra manera.

Crecí como lectora cuando aprendí a leer los libros que me formaron con la misma honestidad con que, poco a poco, aprendí a leerme a mí misma. Con la capacidad de ver lo que me dieron y también lo que me cobraron. Con la gratitud de quien aprecia la compañía y con la lucidez suficiente para saber que una compañía no debería ser lo mismo que una guía.

Los libros no me arruinaron. Me enseñaron cosas que luego tuve que revisar para seguir aprendiendo. Y creo que ese es un camino por el que todos deberíamos transitar.

Con suavidad y fuego,
Bea.

Read the original on calle65.substack.com

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