Fui un martes. No sé por qué. Quizá porque los sábados tienen demasiada gente, demasiadas flores frescas, demasiado llanto organizado. Los martes, en cambio, los cementerios se quedan solos consigo mismos, como debería ser. Eso y porque había conseguido algo de tiempo libre.
Llegué caminando desde la Rue du Général Rapp. Cuarenta minutos a pie, o veinte en tram si uno toma la línea correcta y no se pierde mirando el canal por la ventana, que es lo que yo siempre termino haciendo. Llevaba en la mano un café que había comprado en la boulangerie de la esquina de mi calle, de esos que vienen en vaso de papel con la tapa de plástico que nunca cierra del todo. Para cuando crucé la Place des Peupliers y entré por la puerta principal del Cimetière Nord, el café estaba tibio. Lo llevé de todas formas. Necesitaba tener algo en las manos.
El Cimetière Nord de Estrasburgo es el cementerio más grande de la ciudad. Dieciocho hectáreas en el barrio de la Robertsau, diseñadas a principios del siglo pasado como un jardín: cuadros de tumbas separados por setos, caminos de grava que serpentean entre los árboles, y en el centro, una pieza de agua quieta donde se refleja el edificio neoclásico de piedra amarilla. La primera vez que vine pensé que era demasiado hermoso para ser un cementerio. Luego entendí que eso era, exactamente, la intención: que la muerte cupiera dentro de algo bello, que la pena tuviera un lugar donde posarse sin destrozarlo todo.
Entré despacio. Eso sí lo hago siempre: entrar despacio.
Los cementerios en Francia tienen una distribución diferente a los de Perú. Aquí no hay paredes de nichos apilados como cajones de correo. Aquí las tumbas están en la tierra, con sus lápidas, sus nombres, sus fechas, a veces una fotografía en porcelana que el tiempo termina borrando desde dentro. La tumba de mi padre es sencilla: granito gris, su nombre, el año en que nació en Cusco, el año en que murió aquí, en esta ciudad que no era la suya y en la que llevaba dos años viviendo cuando lo perdí.
Dos años. Dos países. Una lengua que nunca terminó de sentir del todo propia.
Caminé por el sendero central bordeando el estanque. El agua se mantenía quieta, un poco turbia por los días de lluvia de la semana anterior, y en su superficie flotaban algunas hojas caídas que nadie se había llevado todavía. En mayo, el Cimetière Nord tiene esa cualidad particular: todo lo verde se intensifica de golpe, como si los árboles quisieran compensar algo. Los tilos huelen, los rosales de las tumbas más cuidadas abren sus primeras flores, y hay un silencio que no no se siente como una ausencia de sonido, sino más bien como una textura propia, como el silencio dentro de una iglesia que ya no oficia misas.
Encontré la tumba después de doblar a la derecha en el tercer cruce de gravilla. Ya me sé el camino de memoria. El cuerpo lo sabe antes que la cabeza.
Me detuve.
Puse el café tibio sobre la lápida. Como si el calor residual del vaso pudiera hacer algo. Como si él pudiera sentir que llegué con algo caliente en las manos y eso fuera prueba suficiente de que lo pienso incluso en los martes, incluso cuando voy caminando por la ciudad con los auriculares puestos y de pronto lo escucho en alguna canción que no esperaba, incluso cuando no tengo ninguna razón especial para pensar en él y sin embargo lo pienso.
No sé hablar con los muertos. No me sale natural. Hay personas que llegan al cementerio y abren la boca y hablan como si el otro estuviera ahí sentado esperando, con tiempo libre y ganas de escuchar. Yo llegué durante años sin decir nada, de pie frente a la lápida, con esa sensación de haber caminado cuarenta minutos para quedarme callada.
Esta vez tampoco hablé, pero me dediqué a observar.
Observé el liquen gris que ha empezado a crecer en la esquina inferior izquierda de la piedra, avanzando despacio. Observé que alguien había dejado una ramita de romero seca sobre el borde de la lápida, y que esa ramita era tan vieja que ya casi no olía. Observé mis propias manos, que alguna vez sostuvieron las suyas, y eché de menos aquel tacto de antaño. Observé aquel lunar en mi palma, en el borde que une al meñique y al anular, que era el lunar que él también tenía. Aquella marca de nacimiento nos unía. Eso lo supe siempre, pero lo entiendo recién ahora, aquí, parada en este jardín que huele a tilo y a tierra mojada.
Hay cosas que solo se entienden cuando uno viene.
Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Llevábamos dos años en Francia. Él nunca llegó a sentirse del todo cómodo con el invierno de Alsacia, con ese frío que no es el frío de las montañas del Cusco, donde uno sabe qué esperar, sino un frío lateral que entra por los bordes y se desborda sin anunciarse. Me contaba que extrañaba el sol de las once de la mañana en la plaza, la forma específica en que la luz golpea las piedras de color ocre, el ruido del mercado los domingos. Francia era un lugar que quería aprender a querer, y no tuvo tiempo suficiente.
Falleció en diciembre, en la Navidad más triste que soy capaz de recordar. En enero, que es el mes más oscuro de Estrasburgo, la ausencia sólo golpeó más fuerte. Aquí en enero los días tienen apenas ocho horas de luz, y a veces esas ocho horas son de un gris tan cerrado que uno duda de si hubo luz de verdad o solo una pausa en la oscuridad. La edad de quince años tuvo conmigo la crueldad para hacerme sentir suficientemente grande como para entender lo que ocurría y suficientemente pequeña para no tener ningún lenguaje con qué sostenerlo. El duelo a los quince años no tiene vocabulario. Tiene silencios, noches largas, la costumbre de entrar al cuarto de alguien y quedarse parada en el umbral mirando sus cosas como si ellas fueran a explicarte algo que las personas no supieron.
Lo que me explicaron las cosas de mi padre fue poco y fue todo. Encontré un libro de tapa dura, de esos que en la portada no tienen más que el título en letras doradas y filigrana. Un par de zapatos de cuero que tal vez había lustrado una última vez. Una libreta con su letra apretada, llena de listas y apuntes. Mi padre hacía anotaciones de todo: libros que quería leer, citas de libros que leyó, versículos de la Biblia, palabras que le gustaban en francés y que anotaba con su traducción al español, nombres de lugares de Estrasburgo a los que todavía no había ido. La última lista que encontré, hacia el final de la libreta, era de restaurantes alsacianos que quería probar. Algunos estaban marcados con una estrella pequeña, hecha a lápiz, como si ya estuviera eligiendo cuál sería el primero.
Nunca fui a ninguno de esos restaurantes. Y luego fui a todos, uno por uno, en los años que siguieron.
El tiempo en los cementerios no va para adelante. Va en espiral. Entras y de pronto estás en tres años al mismo tiempo, o en ninguno. Estás a los quince y estás ahora, y estás también en el tiempo que no existió: ese tiempo hipotético donde mi padre siguió viviendo, donde aprendió a querer el invierno de Alsacia, donde vino a verme a la editorial cuando conseguí el primer trabajo, donde probó una flammekueche y dijo que no era tan diferente a una pizza, que para qué tanto nombre raro.
Ese tiempo no ocurrió, pero a veces, parada aquí, con el café tibio y el liquen avanzando despacio y el olor a tilo mezclado con el petricor, siento que algo de ese tiempo existe de todas formas en algún lado. Como si este jardín guardara también las versiones alternas, los futuros que no ocurrieron, los planes que se quedaron en listas sin estrella. Como si la lápida de granito gris contuviera también la imagen de él leyendo en un banco de este mismo cementerio, no para visitar a nadie, sino solo por caminar, por estar en un lugar tranquilo donde nadie te pide nada.
Eso no pasó. Pero lo pienso.
Y pensarlo, a esta altura de mi vida, ya no me parte. Solo me pesa, que es diferente.
Me quedé un rato más de lo que suelo quedarme. No sé cuánto. El tiempo en el Cimetière Nord se vuelve impreciso, probablemente porque el silencio aquí tiene una densidad particular que ralentiza las cosas.
A dos tumbas de distancia, un hombre mayor arreglaba con mucho cuidado las flores de una planta que alguien había dejado en un pequeño jarrón de cerámica. Las acomodaba una por una, girándolas levemente, como si la disposición importara, como si hubiera una forma correcta de ofrecer algo a quien ya no puede verlo, y él supiera cuál era.
Me pareció uno de los gestos más tiernos que he visto últimamente. Acomodar flores para nadie, o para alguien que ya no está.
Pensé: yo también hago eso. Solo que con palabras. Cada vez que escribo sobre mi padre, acomodo algo. Le devuelvo un orden que la muerte deshizo. Le busco el ángulo correcto, la luz que lo haga visible sin falsificarlo. Dijo Héctor Abad en uno de sus libros: Como niño yo quería algo imposible: que mi padre no se muriera nunca. Como escritor quise hacer algo igual de imposible: que mi padre resucitara. Tal vez es lo que intento hacer con el mío sin darme cuenta: resucitarlo, o pretender que jamás murió, que jamás tuve que conocer ese dolor amargo de lidiar con la ausencia de alguien a quien se ama tanto y que la vida te lo arrebata cuando todavía lo necesitas.
Escribir es eso, quizás. Venir al cementerio con algo tibio en las manos, aunque para cuando llegues ya esté frío. Quedarte de pie frente a lo que no puedes tocar. Acomodar. Mirar. Y luego irse, y seguir.
Salí por el mismo camino por el que había entrado, bordeando el estanque en sentido contrario. El edificio neoclásico se reflejaba en el agua con esa precisión que tiene lo quieto cuando todo alrededor está en calma. Pensé que esa imagen, el reflejo de algo sólido en algo que se mueve sin que se note, era una forma bastante honesta de describir cómo vivimos con los muertos que amamos.
Están ahí, en el fondo de algo que seguimos siendo.
Antes de cruzar la puerta de la Place des Peupliers, saqué el teléfono y escribí en las notas: acomodar flores para quien ya no puede verlas. No sé todavía para qué lo guardé. Para esto, quizás. Para decírtelo a ti, que estás leyendo en algún lugar que no conozco, con tu propio cementerio de martes al que todavía no te has animado a volver, o al que volviste demasiadas veces y sigues sin saber qué decir cuando llegas. Puede que no haya nada especial que encontrar ahí, salvo piedra y recuerdos. Y sin embargo, o tal vez por eso mismo, vale la pena seguir yendo.
Con amor y fuego,
Bea.

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