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Calle65 · Oct 26, 2025

Lo que aprendí del silencio

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Beatriz Allca · Calle65

Había tardes en las que el mundo parecía hablar en voz baja. El tiempo en casa transcurría con lentitud: el tic-tac del reloj en la pared, el zumbido de la nevera, una radio lejana con canciones viejas. Afuera, los vecinos hablaban en murmullos que se desvanecían antes de llegar a la ventana. En ese paisaje de sonidos contenidos, pude comprender que, contrario a lo que siempre había pensado, el silencio no era una ausencia, sino una forma de estar.

Desde niña siempre he observado más de lo que hablo. Había comprendido que en mi familia el silencio era una forma de cariño. Se callaban para no herir, para no insistir, para no agrandar el cansancio de los días, el peso de la rutina. Era una herencia blanda, transmitida sin palabras: las mujeres aprendían a guardar lo que dolía; los hombres, a disimularlo. Así, el silencio se volvía una lengua doméstica, una educación sentimental. No era un castigo, aunque a veces doliera. Era más bien un modo de interpretar el mundo: escuchar para entender, mirar antes de opinar, escribir antes de hablar. Crecí afinando el oído para los matices: el tono de una voz, el gesto dubitativo, el modo en que alguien decía “nada” cuando en realidad quería decir “todo”.

En el colegio, antes de intervenir, me gustaba observar los gestos, percibir los titubeos. Y rara vez levantaba la mano. Porque, en lugar de dar la respuesta, prefería ver cómo los demás la buscaban. Esa espera, ese intervalo de escucha, era mi modo de aprender.

Hay personas que hablan para existir; yo, en cambio, siempre sentí que mi modo de estar en el mundo era mirar.

Durante años creí que el silencio era una forma de desaparecer, una manera de no estorbar. Pero con el tiempo —y con la escritura, sobre todo— descubrí que también podía ser una forma de correspondencia, de escucha, de amor. Y que callar no siempre significa rendirse; a veces es el primer paso para comprender, y solo quien comprende es capaz de ayudar de verdad al otro.

Recuerdo una cena familiar en la que todos hablaban a la vez: los cubiertos chocaban, las risas se cruzaban, las historias se interrumpían. Yo, en cambio, permanecía callada, siguiendo con la mirada los rostros que se encendían al pronunciar ciertas frases. Ya por entonces entendía que, más importante que lo que se decía, era lo que se callaba. En los silencios había más historia que en las palabras. Había amor, cansancio, miedo. Había todo un lenguaje que no se escribía ni se pronunciaba, pero que podía percibirse.

Supongo que ese hábito de callar para entender moldeó mi manera de escribir también. Antes de poner una frase sobre el papel, la escucho en mi interior, la dejo madurar. La escritura, para mí, es otra forma de escuchar mejor. Escuchar al cuerpo, a la memoria, al dolor ajeno que se parece al mío.

El silencio también me enseñó a leer de otra manera. Además de buscar respuestas en los libros, los leía como si fueran espejos, esperando que el reflejo me hable. Me enseñó que cada persona tiene una voz interna que no se oye en lo que dice, pero sí en cómo calla. Y en esa ausencia de palabras descubría una puerta hacia su profundidad.

Hubo un tiempo, también, en que el silencio dejó de ser refugio y se convirtió en cárcel. Era ese tipo de silencio que se impone cuando una aprende que hablar puede incomodar, que decir “me duele” puede parecer una debilidad que no puede permitirse. Ese silencio se transformó en un muro. Recuerdo haber pasado días enteros reprimiendo las lágrimas, convencida de que guardar compostura era la mejor manera de mantener la dignidad. Pero lo cierto es que esa calma forzada me trajo consecuencias, y mi cuerpo empezó a hablar por mí: me temblaban las manos, dormía mal, sentía una presión en el pecho que se parecía mucho a la ansiedad.

A las mujeres nos enseñaron a ser prudentes con el dolor, a no ocupar demasiado espacio, a no dramatizar. Crecí oyendo frases como “no llores”, “no digas nada”, “piensa bien lo que vas a decir”. Durante años creí que el silencio era elegancia, madurez, autocontrol. No sabía que, a veces, callar era una forma de desaparecer. Callé por miedo a parecer intensa, a ser esa mujer que siente demasiado, que pide demasiado, que incomoda. Pero dentro de mí había un grito reprimido que buscaba una rendija para salir, y que todas las noches me recordaba: “también tienes derecho a decir que estás cansada, que algo se rompió, que necesitas ser escuchada”.

Recuerdo una ruptura amorosa que me dejó suspendida entre la nostalgia y la vergüenza. No dije nada. No lloré frente a nadie. No pedí consuelo. Creí que el silencio era una manera de conservar la dignidad, pero lo que en realidad hacía era aislarme. Cada palabra no dicha pesaba más que un adiós. En las noches, el cuerpo me pasaba factura: la garganta cerrada, los latidos acelerados, los sueños llenos de conversaciones que nunca tuve oportunidad de sostener estando despierta.

Con eso pude confirmar que el cuerpo grita cuando la boca calla. Que el silencio no siempre es serenidad: a veces es una herida muda, un lenguaje torcido del miedo. Aprendí que no hablar también es una forma de hablar, y que cada vez que una mujer se calla por miedo a ser malinterpretada, el mundo se vuelve un poco más sordo. Hoy miro hacia atrás y comprendo que el dolor no se disuelve en el silencio: se enquista, se vuelve invisible, y ahí, en esa invisibilidad, se multiplica.

El silencio duele cuando es una obligación. Cuando se convierte en la voz de la culpa, del miedo, de la soledad. Por eso ahora hablo con más libertad y, sobre todo, escribo. Lo que no sale por mi boca, se queda plasmado en el papel.

Pero no todo silencio es ausencia. Y eso es algo que he aprendido con el pasar del tiempo. Hay silencios que protegen, que reparan, que me devuelven la voz cuando el ruido del mundo amenaza con borrarla. Y ya no callo por miedo; callo por decisión. Porque el silencio elegido se convierte en un espacio de poder interior. Es una forma de escucha, pero también de presencia. Es la pausa que antecede a la palabra justa, el aire que permite que algo nuevo florezca.

Naturalmente, encuentro ese silencio en mi piso de Estrasburgo, al final del día, cuando la ciudad parece exhalar lentamente y sólo se oyen los tranvías que pasan por la avenida. Me gusta apagar las luces y quedarme quieta frente a la ventana, observando las luces lejanas del puente de la Poste. Ese instante me pertenece por completo: ni el pasado ni el futuro me exigen nada. Sólo el presente, el sonido de mi respiración, el calor del té entre las manos. Es un silencio que no pesa. Es un silencio que abraza.

A veces también lo busco en la Médiathèque André Malraux, donde a veces me refugio los domingos. Me siento junto a los ventanales y leo despacio, sin prisa. Hay un rumor de hojas, un leve murmullo de pasos y, entre todo eso, calma. En ese silencio compartido con quienes leen, estudian o sueñan, hay una complicidad que me emociona. Nadie invade, nadie exige. El mundo se ordena bajo una especie de pacto invisible: aquí el tiempo no corre; se vive y se contempla.

El silencio que antes me asfixiaba ahora me acompaña. Si antes me recordaba a la falta de palabras, ahora me recuerda a la plenitud que se siente al no necesitarlas. Es un silencio que elijo antes de escribir, cuando aún no sé qué decir, pero siento que algo dentro se prepara para nacer. Es el mismo silencio que precede al amor verdadero, ese que se reconoce en la mirada del otro sin tener que explicar nada.

Callar, ahora, es un gesto de madurez. Es saber que no toda emoción necesita pronunciarse en voz alta, y que algunas cosas sólo florecen en la discreción. El silencio elegido también es libertad: la libertad de no responder a todo, de no justificarme, de no llenar los vacíos con palabras apresuradas.

El silencio que habito hoy no me borra; me sostiene. Es un espacio donde todo se aquieta y donde puedo escucharme sin interferencias. Ahí comprendo que la palabra solo tiene sentido cuando nace del silencio justo. Porque el silencio no se opone a la palabra: la engendra. Toda palabra verdadera nace de una quietud interior, donde el pensamiento madura sin presión, donde la emoción deja de ser abstracta y encuentra por fin su forma sin precipitarse. Cuando escribo, vuelvo a ese mismo lugar. Antes de cada texto hay un instante de suspensión, de respiración profunda, una pausa que me devuelve a mí misma. Es el silencio el que ordena el caos y me permite distinguir qué merece ser dicho y qué debe quedarse en la penumbra.

A veces pienso en la niña que fui, aquella que guardaba más de lo que decía, que observaba sin atreverse a intervenir, y siento nostalgia por aquella inocencia lejana. Lo que yo veía antes como timidez, hoy sé que siempre fue aprendizaje. Su silencio me enseñó a mirar, a esperar, a comprender lo que se mueve debajo de la superficie. Hoy le debo a esa niña la voz que tengo: templada por la paciencia, por el deseo de decir lo esencial, por la necesidad de no hablar de más.

Por supuesto, he dejado de temerle al silencio. Ya no lo confundo con la ausencia, ni con la soledad. Lo veo como un refugio al que regreso cada vez que necesito reencontrarme con lo que soy. En él descubro que las palabras no siempre sirven para llenar vacíos, que no hace falta de mucho discurso para expresar lo que es realmente importante. Y cada vez que escribo, que amo, que me hago oír, no siento que hablo más alto que antes, sino que estoy usando, por fin, la voz que durante mucho estuvo gestándose en mi silencio.

Con suavidad y fuego,
Bea.

Read the original on calle65.substack.com

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