Una madre olvida a su hija en la bañera, una hermana asesina a su hermano para quedarse con la herencia, un niño decide suicidarse porque no cumple las expectativas de sus padres, una mujer permite que internen a su madre en una residencia fraudulenta, un hombre no acepta la muerte de su mujer y guarda el cadáver durante semanas, una adolescente se quita la vida frente a miles de seguidores, un padre sale de casa obsesionado con matar a la madre de sus hijos, un hombre es acosado por dos drogadictos en el baño de una gasolinera, unos padres se van de vacaciones y dejan a su hija de diez años en pleno aeropuerto, un niño termina matando a su amigo para obtener la atención de una chica…
Estos son algunos de los personajes de Bruja Maldada. Personajes imaginarios. Hechos ficticios. Pero ¿y si estos titulares salieran en televisión o los leyeras en un periódico? ¿Dejarías de prestarles atención?
Varias personas han afirmado que mis historias son un escándalo. Creen que he perdido la cabeza: «¿Cómo es posible que escribas cosas tan macabras después de lo que te ha pasado?». «Lo siento, no puedo leer ese tipo de historias». «A mí, se me revuelve el estómago».
Se han marchado. Ya no forman parte de nuestro espacio. No quieren conocer a más personajes ni leer acerca de sus vidas. Quizá tengan razón, algunas historias son bastante duras. Podría haber compartido esta carta hace tres años, al principio de todo, aclarando por qué escribo lo que escribo. Y es que una parte de mí se siente identificada con la tragedia que han vivido estos personajes, con el dolor, la angustia, la ansiedad y las pocas ganas de seguir adelante.
Cuando tengo el germen de una historia en la cabeza suelo hacerme una serie de preguntas: ¿Qué interruptor debe apagarse en la mente de una persona para perder el control? ¿Qué ha dejado de funcionar en su vida para que suceda ese desastre? ¿Por qué no puede superarlo? ¿Se trata de un accidente o es la consecuencia de una mala decisión? ¿Por qué ha sucumbido en vez de luchar? ¿Cómo de grande es su desesperación para actuar así?
Hay un instante en el que todo se vuelve oscuridad. Tu alrededor se apaga. Te encuentras en el borde del precipicio, en el filo del acantilado, en el barco que va a la deriva. Estás esperando a caer, a perder la razón o quieres vengarte de la persona que ha desatado ese caos. Y para algunos ese es el final. No ven otra salida, no encuentran una solución, una mano amiga o una luz que les indique el camino que deben seguir. Entonces, veo la historia y comprendo que esos personajes son un reflejo de la realidad. Su sufrimiento, su desdicha, su angustia, su pérdida, su locura también podrían formar parte de mi vida.
Por eso, aunque muchas personas no entiendan mis motivos, seguiré narrando este tipo de historias porque más allá de entretenerme, de pensar en el por qué, en el cómo o en el cuándo, lo que pretendo es ponerme en esa posición, sin juzgar ni criticar. Quiero ser partícipe de ese dolor, acompañarlos y brindarles de algún modo la ayuda que no tuvieron en su momento.
Si no contase las historias de estos personajes, si no las escribiera ni las diera a conocer sería como si nunca hubiesen existido. Me gusta creer que ocurrieron en un lugar cercano al nuestro.
¿Es de locos pensar así?
No lo sé, pero tengo claro que sus vidas irreales y ficticias están salvando la mía y no al revés.

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