Sara jugaba con la Nancy en la alfombra. Peinaba a la muñeca, le hacía trenzas en el pelo y se las sujetaba con unas gomitas de colores que había comprado en la tienda de juguetes. Le cayeron varias gotas de agua sobre la cabeza. Alzó la mirada y vio a una niña de su edad. Tenía el pelo mojado, pegado a la cara, y la piel pálida y grisácea. Llevaba el vestido empapado y sucio como si se hubiese arrastrado por el suelo, le faltaba una zapatilla y tenía arañazos en las piernas.
—¿Te has perdido?
—Busco a mis padres.
—¿Cómo te llamas?
—Ruth.
—¿Por qué estás mojada?
—Vengo del lago.
—¿Eres una sirena?
—No.
—¿Un hada del agua?
Ruth miró a la muñeca que había en la alfombra.
—Tu muñeca es igual que la mía.
—¿De verdad?
—Sí, se llama Nancy y me la regaló mi padre.
—¡A mí también!
—La última vez que lo vi, me regaló un vestido nuevo para ella.
—El mío está de viaje, pero me ha prometido que me traerá un vestido para ella. ¿Quieres peinarla?
Ruth se arrodilló, le deshizo las trenzas a la muñeca y empezó a peinarla. Estaba cepillándole la coleta cuando soltó el cepillo, se tapó los oídos y cerró los ojos.
—¿Qué te pasa? ¿Estás asustada?
Pero la niña simplemente desapareció.
La clase de baile había durado más de la cuenta. Al llegar a casa, Sara tiró la mochila al suelo, se quitó la ropa y corrió al baño a ducharse. No quiso secarse el pelo, insistió en dejárselo mojado. Su madre tuvo que explicarle que de esa forma podía enfermar. Con el pijama puesto y la merienda cerca, Sara dibuja en su habitación. De vez en cuando, se llevaba un trozo de galleta a la boca, limpiaba las miguillas que caían en el folio y continuaba con el paisaje. El papel empezó a humedecerse, Ruth dio un paso hacia atrás y se retiró del escritorio.
—Lo siento.
—No pasa nada, lo pondré sobre el radiador para que se seque.
—Es una casa muy bonita.
—En realidad es una cabaña. Mis padres y yo vamos algunos fines de semana.
—Mi padre también nos llevaba a veces a una cabaña. Había un lago cerca, como en tu dibujo, jugábamos a las cartas frente a la chimenea y comíamos golosinas. Pero siempre terminábamos quedándonos solas mamá y yo porque a él lo llamaban del trabajo.
—¿Has podido encontrarlo?
—Aún no.
—¿Y si está en tu casa, preocupado porque no llegas? ¿Y si ha llamado a la policía?
—En mi casa no hay nadie. Está oscura y vacía, como si ya no viviéramos ahí.
—Ven, vamos a la cocina a por más galletas.
Sara se subió a la silla y bajó el tarro de cristal del estante.
—Mamá y yo también cocinábamos juntas. Ella echaba la harina en el cuenco mientras yo removía la mezcla sin parar. Mi padre llegó antes a casa. Me dio el vestido para Nancy y se acercó a besar a mi madre, pero ella le retiró la cara. Salí de la cocina, me llevé la muñeca al salón y le puse el vestido nuevo. ¿Tus padres discuten?
Se había levantado viento del norte y hacía frío. Sin embargo, al sol no se estaba mal, lucía radiante, sin ninguna nube que lo eclipsase. Sara había salido al porche con el carrito y paseaba a Nancy de un lado a otro. Vio a Ruth balanceándose en el columpio.
—¿Quieres que te empuje?
Ruth asintió. Al principio, la impulsó despacio varias veces y al oír la risa nerviosa de su amiga, comenzó a empujarla con más fuerza. La niña quiso girarse y decirle que parara, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo. Sara corrió hacia ella.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Ruth se llevó la mano a la cabeza.
—Gritaban, se decían cosas feas. Después, empezaron los golpes, el ruido de platos y vasos que se rompían. Corrí a mi habitación y me escondí debajo de la cama hasta que mi padre me ordenó que saliera.
Los árboles comenzaban a quedarse desnudos y el suelo parecía una alfombra de tonos amarillos y marrones. Sara y su madre habían ido al parque que estaba a dos manzanas de casa para recoger unas cuantas hojas de otoño que la profesora de plástica les había mandado llevar.
—¿Para qué guardas hojas en una bolsa?
—La señorita Carmen nos las ha pedido para hacer el mural de otoño.
Ruth se agachó a coger una.
—¿Esta sirve?
—Tienen que estar enteras.
—¿Así?
Sara quiso mirar la hoja que le mostraba su amiga, pero la había dejado caer sobre las demás y caminaba de un lado a otro, nerviosa y desorientada.
—¿Mamá? ¿Mamá, eres tú?
—Ruth, ¿qué ocurre?
—¿Dónde estás?
—¡Ruth, espera!
La niña empezó a correr entre los árboles. Sara soltó la bolsa y fue detrás de ella sin avisar a su madre. Tuvo que esquivar a una mujer que paseaba con el carrito del bebé, a dos niños que jugaban al balón y a otro que montaba en bicicleta cerca de ellos. Al final, perdió de vista a Ruth.
Sara había colocado a Nancy cerca de la bañera para que la acompañase mientras ella se divertía un rato en el agua.
—Está en el lago.
Sara retiró la cortina de plástico.
—¿Quién?
—Mi madre.
—¿Qué hace allí?
—Está en el fondo, atada a una piedra. Tengo que encontrar a mi padre para que me ayude a sacarla.
—Puedo decírselo al mío, llega mañana.
La madre de Sara entró en el baño.
—Cariño, ya es hora de salir.
—Cinco minutos más, por favor.
—Cinco minutos, que mira cómo tienes los dedos de arrugados.
Las dos niñas se quedaron solas de nuevo.
—Mi padre llega mañana de viaje. Puedo decirle que nos lleve al lago para que te ayude a rescatar a tu madre.
—¿Crees que querrá?
—Claro que sí. ¿Te contó tu madre cómo llegó al fondo del lago?
—Me dijo que había discutido con mi padre, pero que ya no está enfadada. Solo quiere que vaya y la saque de allí.
La madre de Sara entró de nuevo en el baño, cogió la toalla de la percha y se dispuso a sacar a su hija de la bañera.
Llovía fuerte y en pocos minutos se habían formado charcos en el jardín. Sara merendaba mientras veía los dibujos. Cuando se terminó el bocadillo de salchichón, le pidió permiso a su madre para salir y jugar en los charcos. Ella la ayudó a ponerse las botas y el chubasquero.
Sara saltaba sin descanso sobre el agua marrón y al ver a Ruth a su lado, chapoteó con más energía.
—¡Ahora las dos estamos mojadas! —la cogió de la mano y la animó a que brincara con ella también—. ¡Vamos, Ruth, salta!
La niña se quedó quieta.
—¿Ha llegado tu padre?
—Debe estar al llegar. Juega conmigo mientras tanto. Vamos.
Las dos niñas saltaban sobre los charcos, agarradas de la mano mientras Sara cantaba una canción que había aprendido en el colegio. Al cabo de un rato, Sara tenía las rodillas del pantalón empapadas de barro. Su madre salió al porche y la llamó.
—Cariño, papá está aquí.
A Ruth se le iluminó la cara y siguió a Sara adentro.
—¡Papá! ¡Por fin has llegado! —y le dio un abrazo a su padre—. ¿Me has traído el vestido para Nancy?
El hombre le entregó el obsequio a su hija. Sara rompió el papel de regalo y al ver el nuevo traje de Nancy se giró hacia Ruth para mostrárselo. Su amiga se acercaba con pasos lentos e incrédulos al padre de Sara.
—¿Papá?

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