Aparecen cada vez que necesitan algo. Son simpáticas cuando han hecho pellas y no tienen los apuntes de Biología, los ejercicios de Matemáticas o el análisis sintáctico de Lengua. Me eligen en su grupo de Química para llevar a cabo los experimentos en el laboratorio o para hacer los trabajos de Historia, en los que solo ponen su nombre en la portada porque yo me encargo del resto. Si me despisto, me dan una colleja para recordármelo y que no me duerma en los laureles. Mis padres quieren hablar con los profesores, quejarse por tanto trabajo; les parece excesivo, pero les digo que en un par de años iré a la universidad y todo será más duro. Enseguida se calman y me dan la razón. Me tratan de responsable.
Respiro hondo todas las mañanas antes de entrar en el instituto y trato de controlar los nervios que me estrujan el estómago o me hacen temblar las piernas cuando las veo venir por el pasillo. Las semanas que no hay nada pendiente, su entretenimiento consiste en esconderme el abrigo en el cubo de la basura, volcarme la mesa o sacarme la silla de la clase. Hay días que al llegar a casa y deshacer la mochila me encuentro cáscaras de plátano, trozos de bocadillo o restos de una manzana mordisqueada.
Y siempre llevo chándal. Me obligan a hacerlo. Si no obedezco, me pegan una bofetada y me quitan la ropa a la fuerza. Tengo prohibido comprarme camisetas de la misma marca que usan ellas, llevar un jersey rosa los miércoles o vaqueros los viernes. La última vez que me olvidé de cumplir la norma, me arrancaron la camiseta a tirones y la cortaron en trozos con unas tijeras. Mi madre me pregunta qué hago con toda la ropa que me han regalado por mi cumpleaños. El círculo de excusas se agota y, a veces, simplemente me encojo de hombros y me marcho sin contestarle.
Un día sí y otro también, escriben frases con mi nombre en la pizarra: “Lana sube, Lana baja, ¿quién se la trabaja?; “Lano, tu culo en castellano”; “¿A Lana le gusta la banana?”.
La cosa se complica si una ha tenido bronca con su chico. Me esperan a la salida, me arrinconan y me hacen mandarle un mensaje poniéndole un montón de guarradas. Entonces, algunos de sus amigos aprovechan los recreos para encerrarme en el baño y acosarme. Intento defenderme, pero me sujetan entre dos, me tapan la boca y me pasan la mano por debajo del sujetador y por dentro del pantalón. Cuando salgo, ellas están preparadas con el móvil, graban mi cara y suben el vídeo a las redes.
Chicles pegados en el pelo, burlas, amenazas, rumores falsos, fotos mías que se pasan entre ellos, apodos en la mesa: “Malhuele”, “Marimacho”, “Tabla de planchar”…
Los viernes por la tarde, voy al centro comercial que está a diez minutos andando de mi casa. Me pongo los airpods y escucho música mientras doy un paseo hasta allí. Paso a la librería y busco una nueva historia que leer, me compro un batido de fresa o de chocolate, huelo las colonias que me gustan, curioseo los brillos de labios y elijo uno que no llame mucho la atención, miro sudaderas en negro o en gris, pantalones de chándal a juego…
Hoy, no iba a salir. Prefería quedarme en casa y ver una peli tumbada en la cama, pero me mandaron un mensaje de la librería: «Ya ha llegado el libro que encargaste». Si decido quedarme de Gayle Forman. Aún me queda más de medio vaso de batido. Mientras me lo bebo sentada en un banco del centro comercial, empiezo a leerlo. Recibo un golpe en la cabeza que me hace perder uno de los airpods. Reconozco las risas. Antes de que pueda recoger el auricular una de ellas lo pisa y lo lanza de una patada por las escaleras mecánicas. La líder entrelaza su brazo con el mío y me arrastra a una de sus tiendas favoritas. Le gusta una camiseta. Dice que es perfecta para la fiesta del próximo sábado. Quiere que la robe sin que me pillen y se la dé. «Si te niegas, tendrás que cambiarte de instituto», me advierte la que está junto a ella. Me dejan sola. Doy una vuelta por la tienda, cojo otras prendas al azar y paso al probador disimulando. Rompo la etiqueta e intento quitar la alarma, pero es imposible. Me escondo la camiseta dentro del abrigo y dejo todo lo demás sobre la mesa que hay al salir de los probadores. Cuando me voy, los arcos de seguridad empiezan a sonar. La encargada viene corriendo. Lo lee en mis ojos. Me pasa adentro, al almacén, y llorando le devuelvo la camiseta que llevo escondida. No llama a la policía, aunque me asegura que la próxima vez que me vea por allí, tendré problemas.
Miro a mi alrededor. No las veo por ningún lado. Me limpio las lágrimas un poco más aliviada, esquivo a la gente y me dirijo a la salida. Cruzo el aparcamiento para acortar el camino a casa. Alguien me tira del pelo. «¿Y la camiseta?».Quiero responder, pero me pegan la primera patada. Cuando intento escapar, una de ellas me da un empujón y me estrella contra un coche. Ya en el suelo, las patadas y los golpes continúan uno detrás de otro. No puedo taparme la cara porque un puntapié en el coxis hace que me lleve las manos a la espalda.
Vomito sangre y estoy a punto de perder el conocimiento. Una señora me habla, aunque su voz parece estar muy lejos. No entiendo lo que dice. Me arrastra como puede hasta su coche y me lleva al hospital más cercano. Cinco días después, el médico nos anuncia a mis padres y a mí que han hecho todo lo posible por salvarme el ojo izquierdo, pero que el impacto de uno de los golpes me ha provocado la pérdida de visión y no han podido reconstruir el desastre. El oftalmólogo me indica que debo utilizar un parche mientras cicatriza la herida y los tejidos se desinflaman. Así evitaré infecciones.
La capucha de la sudadera no detiene los silbidos, las risas ni los motes: “Lana, la pirata”, “Lana, la visionaria”, “Lana, la oveja tuerta”. Solo se hace el silencio cuando los profesores entran en el aula.
Le he escrito una carta a mi madre para pedirle perdón por el dolor que le voy a causar, por no haberle contado la situación desde el principio, por marcharme así, sin más. No quiero que se enfade conmigo ni que deje de ir a trabajar cuando yo ya no esté. Me he saltado la última clase para que me diera tiempo a prepararlo todo antes de que llegase. La carta se la he dejado apoyada en la mesita de noche, de donde he cogido las pastillas. Antes de sumergirme en la bañera, me pongo delante del espejo, dejo el parche en el lavabo y miro por última vez mi cara de oveja tuerta.

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