El anterior BOGAVANTI es del 16 de junio. Desde entonces, he soltado un episodio de LA DERIVA. Ando con unas tías increíbles empujando la comunicación de un proyecto centrado en la circularidad. Salto entre proyectos de estrategia. Me doy la vuelta y reviso TFG’s. Otro salto y me encuentro, un semestre más, acompañando a una nueva generación de creativas publicitarias a entrar en esta industria tan apasionante como precaria (os quiero chicas y chicos) .
Fundido a negro. Dos horas scrolleando tumbada en el sofá debajo del aire acondicionado porque no puedo con el calor. El de la calle y el de mi cabeza.
Me pregunto, en serio, si la automatización (esa totalidad de cosas que nos hacen más eficientes, más productivos, más rápidos, más escalables…) no nos está pasando por encima con una putísima apisonadora. La velocidad de las máquinas no es la nuestra. La semana pasada me di cuenta de que había recomendado 2 veces la misma cosa en la sección SCROLL2WIN. Esa pérdida de distancia. Ese matiz que da la lentitud. Ese no poder saborear el caramelo. Morderlo con demasiada urgencia. Justo eso.
Siempre me ha gustado mucho el concepto de capitalismo tardío, pero he leído estos días por aquí lo del capitalismo computacional y me ha gustado. Es un artículo inmenso salido de las entrañas colosales de e-flux. Recuerdo cuando en 2019 fui a ver una exposición en sus oficinas de NY, veías un corto, cogías un ascensor, atravesabas su espacio de trabajo, todo se mezclaba, era increíble. En fin. Volviendo a lo del capitalismo computacional. Este capitalismo que habitamos ahora entiende la cultura como una reserva permanente de datos. La vida misma, los humanos todos, interpretados como un saco de datos, funciones, cruce de agentes, reuniones, videollamadas, etc. En el mismo artículo, Crawford dice que en esta nueva era del slop* los influencers se están transformando, de hecho, en coprófagos: comedores de caca digital. Contenido regurgitado mil veces que vuelven a consumir/emitir para monetizar. Slop people: como el Human Centipede, pero del contenido, de las ideas.
Repaso mis semanas. Soy incapaz de echar cuentas del tiempo que paso en Internet, con Claude, en are.na, Teams, en TikTok, Instagram, Reddit, etc. Sería más fácil calcular el tiempo que he pasado fuera de ese capitalismo computacional. De hecho ¿existe un afuera?
Ya sea vía redes sociales o productivismo digital (en el trabajo, en la oficina, en tu reloj fitness): todos nos hemos vuelto un poco coprófagos de mierda digital. Y es que incluso estamos consumiendo cosas aparentemente artesanas y aparentemente experienciales que si bien no son slop en términos de IA generativa tal y como la entendemos ahora, sí podemos decir que son puro cosplay. Marcas, contenidos, cultura. Todo hueco como un escenario de Las Vegas. Un ejemplo claro: el Mercado de San Miguel de Madrid, ese remake de artesanía disfrazada.
Entonces…No solo me pregunto si existe un afuera. Me pregunto si una vez alcanzado ¿tiene corazoncito ese afuera? A Walter Benjamin le encantaba la idea de que las cosas artesanas perdieran su aura para poder expandirse y llegar a todos. Había en ese pensamiento una intención democratizadora. Y la entiendo. Y también entiendo (hablo mucho de esto) el riesgo supino que supone convertir todo lo físico y las experiencias en cosas de pijos (muy pijos). Lo mismo que me fascina que exista un pueblo iraní dedicado al ASMR: países de bajos ingresos extrayendo ingresos publicitarios de mercados ricos. ¿Cómo salir de esta encrucijada? ¿Queda algún lugar donde la creatividad deje de saber a sopa de hospital o a Starlux cargado de glutamato monosódico?
Las palabras son unas hijas de puta. Así como te lo digo. Decía Ivan Illich que en cuanto “aprender” se convierte en “educación” de repente… la puedes comprar. Ese paso sutil del verbo al sustantivo es el eje de la teoría del filósofo austriaco. El sustantivo siempre viene con algo o alguien que controla el acceso. Volteretas doy con esa idea. Illich escribió de manera profusa sobre cómo la escuela te enseña, antes que ninguna asignatura, que aprender es el resultado de un proceso institucional. Pienso en mis alumnos. En cuán importante es que me pierdan el respeto desde el primerísimo día.
Todos podemos aprender. No todos tienen acceso a la educación. Un sustantivo es escaso. Un verbo, infinito. Siempre que puedas hacer y no consumir ¡BAEM! Estás ganando. Se que decir esto trabajando en publicidad, creatividad y todas estas mierdas parece contraintuitivo. Y lo es. Pero es que es aplicable a la experiencia vital misma: las redes sociales y la ultra-optimización de la vida en general han conseguido que el tiempo se pueda/deba consumir y no vivir. El esparcimiento en occidente es principalmente, por primera vez en la historia, un acto de consumo.
Jugar sin necesitar juguetes. Pasear sin necesidad de acabar tomando algo. Crear sin buscar un like. Leo este artículo de The New Critic sobre los nuevos luditas, las quedadas sin móviles de los chavales modernitos de NY y me quedo pensando ¿es eso? Una sociedad eminentemente sustantiva (absorbidos por el “móvil”, obligados a cumplir “objetivos”) tal vez necesita volver a los verbos. Infinitos siempre que una institución no los convierte en sustantivos mercantilizados como decía Illich. Jugar desde luego es uno de ellos, ya hablé del asunto por aquí. Se suma, tal vez, renegar de la tecnología para conseguirlo.
Me hubiera gustado no echar la tarde de ayer haciendo scroll. Slap my face.
En un momento en el que pedimos a las organizaciones, empresas, instituciones y, sí, también a las personas, ser transparentes, yo vengo a decir lo contrario. Seamos un poco más opacos. Pero primero, una línea divisoria. Yo quiero defender el derecho a la opacidad de la creatividad y de las personas. Nada más. Vengo a defender lo ilegible… que igual es menos controvertido que lo opaco ¿no? En resumen, vengo a partirme la cara por ser personas incomprensibles que hacen cosas que no vienen a cuento. Más allá del juego, lo críptico. Nos vamos a ir a por Édouard Glissant, atentas. Y suscritas… Desde aquí el artículo es para mis queridísimas suscriptoras de pago. Recuerda que BOGAVANTI es uno de mis planes para ser un poco más independiente.

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