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La Octava Poesía · May 6, 2026

La piel de mi madre

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Blanca Quiñónez · La Octava Poesía

De mi madre heredé la piel prieta. Morena como la tierra a la que buscan, siempre, mis pies descalzos. Una piel acartonada por el sol y el tiempo. Una piel que, a su vez, es de mi madre, de su madre, y ahora es mía.

A su madre nunca la llamé abuela. A veces me pregunto si mi mamá la sintió madre. Si, bajo las sábanas, se sintió hija de alguien o de nadie. Es curiosa la ausencia: cada vez que mi mamá se mira la piel en el espejo, también la ve a ella. Presente. Ahí. Y, sin embargo, nunca estuvo.

La herencia se le enreda en las venas verdosas bajo la piel. A mí me encuentra en el mismo lugar.

En el espejo, a veces, veo a mi mamá. Me asusta. No solo el parecido: lo que se repite.

Mamá llora y cree que nadie la ve. Así aprendí a llorar: a oscuras, en el baño. Mamá tiene las uñas mordidas. La ansiedad también mastica las mías. Mamá no se escoge. No le enseñaron cómo. En ocasiones, yo también me encuentro poniéndome de último. Mamá no abraza, pero sostiene. A su manera, siempre está.

A veces, me avergüenza decirlo, no quiero parecerme a ella.

Porque ella es la herida de su madre y yo no quiero ser la herida de la mía.

Mi madre comenzó a abrazarme hasta hace algunos años. Tengo 25 y puedo contar las veces que mamá me ha sostenido entre sus brazos.

No la culpo. Por mucho tiempo la resentí. Ahora solo me pregunto una cosa: ¿su madre la abrazaba?

¿La sostenía contra su pecho?

¿La hacía sentir la hija de alguien?

O acaso la ausencia de su piel también formó a mi mamá. También le enseñó a querer de lejos. A poner un muro entre su cuerpo y el mío.

Mamá me mima. Mamá me ama. Ahora no lo repito como cuando aprendía las rimas. Sé que mamá me quiere cada que con su comida encuentra una forma de apapacharme el corazón. Mamá no sabe abrazar, pero sabe quedarse. Sabe alimentar lo que no nombra.

Hace poco le dije que me gustan los abrazos. Ahora intenta dármelos.
Son cortitos. A veces torpes, pero están. También me dice te amo y yo aprendo a no dudarlo.

Sin embargo, a veces, solo quisiera un abrazo.

Cargo la vergüenza de ser prieta. Me da pena escribirlo.

En medio de mi habitación, frente al espejo, me descubro haciéndome pequeña. Comparo mi piel. Blanqueo su historia.

¿Quién me enseñó que esta piel prieta no es digna?

No lo sé.

Tampoco sé por qué me avergüenza habitar un cuerpo. Desear un cuerpo. Sentir al cuerpo. Tan pronto aparece el deseo, mis mejillas se prenden de pena. El cuerpo se delata. Las piernas se aprietan. El placer se niega antes de existir.

Entonces vuelve la pregunta: ¿esta vergüenza es mía?

¿Cuántas mujeres, antes de mí, también aprendieron a esconderse en y de su piel?

Mamá grita en medio de la cocina y entonces me veo también a mí. Impulsiva. Explosiva. La voz se me sube al pecho antes de pensar. El cuerpo responde antes que yo.

Su piel resplandece en la mía. No como reflejo, como repetición.

Todo tiembla. Los platos. El aire. Mis manos.

Hay un segundo, breve, en el que sé que podría callar. Pero no lo hago. Entonces ya no es mi mamá la que grita.

Soy yo. Y, frente a mí, alguien más me mira.

Después, el silencio.

La culpa llega primero al pecho. Aprieta. Quema.

Evito el espejo.
Evito sus ojos.
Evito los míos.

Quisiera decir que no soy ella, pero el cuerpo no miente.

Romper la piel no es dejar de parecerme a mi madre. Es verme en ella y decidir, a veces, no seguir.

Mi mamá también es humana. No la figura heroica y pulcra que no se equivoca. También fue hija. También le fallaron.

Sin embargo, a veces me encuentro repitiendo el ciclo. Y aun así, hay cosas de ella que me sostienen; su risa profunda, sus cosquillas a mis pies, su fe tan inquebrantable en mí.

Hay días en los que mi voz vuelve a ser la suya. Días en los que el cuerpo responde antes que yo y repite lo que aprendió.

Pero también hay otros momentos en los que me detengo. Y entonces no grito. No me hago pequeña. No me avergüenzo de mi piel.

En ese segundo, una grieta se abre y me recuerda que romper la piel no es salir ilesa. Es quedarme con lo que duele y aún así no heredárselo a alguien más.

La piel de mi madre termina en mí. Que descanse.

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Este mes, en el club, vamos a escribir sobre la piel que heredamos. Sobre lo que nos habita, lo que nos duele y lo que estamos intentando transformar.

Si este texto te tocó, quizás este espacio también es para ti.

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Read the original on blancaaquinonez.substack.com

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