No sé ni por dónde comenzar. Así que iniciaré por ahí.
Últimamente digo que no tengo tiempo para escribir. Sin embargo, cada vez que aparece un rato libre, termino tirada en el sofá procrastinando lo que siento o sumergida en el trabajo que, por ironías de la vida, también consiste en escribir.
Poco hablo de mi trabajo acompañando procesos de escritura. Supongo que es porque no se siente como un trabajo, sino como una oportunidad para escribir, en mi cabeza, aquello que aún no me siento lista de decirle al papel.
Ese es el problema, creo.
No sé por dónde empezar porque, en realidad, no quiero hacerle un espacio físico a la escritura. Porque le he hecho creer a mi cuerpo que hay cosas más importantes que escribir.
Se lo he dicho tantas veces que ahora ya no insiste. Antes necesitaba parir cada idea a como diera lugar; aparecía como una opresión en el pecho, una frase que no me dejaba lavar los platos a gusto o una voz que no se callaba hasta encontrar una página dónde nacer.
Poco a poco mi cuerpo aprendió a silenciar ese deseo. Dejó de abrirse como un canal a las palabras. Aprendió a tragárselas. “La escritura puede esperar”, me repetí tantas veces que terminó por creerme. Lo interiorizó tanto que acabó constipado de pensamientos. Terminó convertido en una tubería tapada por emociones mías y de otras personas que hoy, aún, no me atrevo a pronunciar.
Entonces escojo el camino fácil: no escribir.
Y al hacerlo, también escojo no escogerme.
¿Cuántas de nosotras crecimos creyendo que nuestro deseo podía esperar?
Porque escoger no realizar algo que nos hace sentir plenas es, en realidad, no elegirnos. Y estamos acostumbradas a ello. Estamos acostumbradas a anteponer al otro. A cuidar. A sostener. A responsabilizarnos de la vida misma.
En muchas ocasiones no porque así lo deseamos, sino porque nuestro contexto nos orilla ha hacerlo.
¿Cómo le hago espacio a la escritura?
Cuando tengo una jornada laboral de ocho o más horas.
Cuando soy madre y sostengo el hogar.
Cuando llego cansada, todos los días a casa, luego de trabajar o estudiar.
Cuando no hay silencio ni paz en mi casa.
¿Cómo le hago espacio a la escritura?
Y la respuesta es dolorosa: haciendo huecos. Arañando entre la responsabilidad y el deber. Negándote a que te arrebaten el deseo de elegirte.
Porque cada vez que dices: “la escritura puede esperar”, quien termina esperando eres tú. Espera la versión de ti que solo surge cuando escribes. Espera la mujer que piensa más despacio, que se escucha en medio del ajetreo y que deja de cargar con la vida de los demás.
En palabras de Gloria Anzaldúa: “escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado. No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir a menos que seas rica o tengas un patrocinador (puede ser que ni tengas una máquina de escribir). Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posean. Cuando no puedas hacer nada más que escribir.”
Quizá ahí está la respuesta: escribir como extensión de una misma. No como una actividad aislada, sino como una parte del cuerpo que nos regresa a nosotras.
Escribir aunque no se tenga tiempo, porque para nosotras, mujeres, robar unos minutos al sistema también es una forma de resistencia.
Es decir: estoy aquí. Y me escojo.
Quizá hacerle espacio a tu escritura nunca fue sobre encontrar tiempo. Quizá siempre se trató de encontrar un lugar donde tu deseo no tuviera que esperar.
Eso es, para mí, La casa que somos.
Un club de escritura para volver una y otra vez a la página, acompañadas por otras mujeres que también están aprendiendo a elegirse.
Con amor, Blanca.
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