Ya no me da miedo que el final me encuentre; hoy lo ha hecho.
Mientras leía mi Tarot, la carta de la Muerte salió disparada, alzándose como un sutil guiño a la vida.
Lo que en realidad me aterra es que algo esté por acabarse y aún no pueda reconocer el qué. Me da miedo que algo esté por irse y no se despida de mí o que, por el contrario, yo no logre decirle adiós.
Ya no me dan miedo los finales, pero antes solían hacerlo. Mi garganta enjaulaba mi voz cada vez que el adiós estaba por decirse. Mi piel esperaba el golpe de la ausencia. Mis ojos reconocían el silencio de un nombre a kilómetros de distancia. El final venía a recordarme lo que no hice y a encarcelarme en el hubiera, como quien se ata al pasado por temor al presente.
Ya no me da miedo que el final me encuentre y, aun así, al ver la carta de la Muerte me pregunto: ¿por qué algo ha de morir?, ¿por qué algo ha de dejarme?
Así, sin avisos ni alertas.
Me avergüenza aceptar que mi primera respuesta fue: “que se vaya, total ni falta me hace”. Pero eso es mentira.
Me hace falta todo lo que se va, no porque lo quiera de vuelta, sino porque reconozco que tuvo lugar en mi vida. Eso me susurra la carta de la Muerte.
El final es un recordatorio de que algo sucedió.
Que el dolor sucedió.
Que la amistad me encontró.
Que el amor me llenó.
Que la tristeza existió.
Que algo se vaya significa que algo nuevo vendrá. Que la vida está haciendo espacio entre mis días para experimentarse una vez más.
Una vez más,
y otra,
y otra.
Porque la vida se trata de cuántas vidas podemos vivir en una misma y, para ello, el final siempre, siempre, siempre ha de encontrarnos.
Lo queramos o no.
Lo aceptemos o no.
La muerte de algo a veces solo es el nacimiento de otra cosa. Así es el ciclo de la vida: una constante marchitez y florecimiento. Una oportunidad para empezar las veces que sean necesarias. Quizás solo hemos incomprendido a la muerte.
Ella, que solo viene a culminar un ciclo.
Ella, que solo quiere recordarnos que la vida nos pasó y qué hermoso que lo haya hecho.
Honrar el final es honrar la vida. Esa que nos pasó. Esas amistades que nos enseñaron cómo ser —o no— amigos. Esos amores que nos construyeron o nos rompieron el corazón. Esas promesas que no supimos cumplirnos.
Quizás honrar el final sea dejar de pelearme con él, de aventarle puños cada vez que toca mi puerta, de escupirle al rostro cuando me siento herida por su presencia. Tal vez honrar el final sea dejar de pensarlo como una condena y dejar de pedirle suavidad.
Aceptar que hay finales que no avisan, que no se despiden, que no cierran con una conversación ni con una última mirada. Finales que simplemente suceden y nos dejan paradas en medio del día, preguntándonos en qué momento algo dejó de ser.
Por mucho tiempo creí que si algo llegaba a su fin era porque yo no había sido suficiente. Que los finales eran evidencia de que no supe amar mejor, ser mejor, estar mejor. Llegué a quedarme incluso cuando ya no había espacio para mí, porque me enseñaron que soltar la toalla e irse es de cobardes. No entendía que, a veces, irse es de valientes.
Hoy, la carta de la Muerte no me habló de pérdida, sino de verdad. De reconocer cuándo algo ya no vive en mí. De aceptar que hay versiones de mí que solo existen en quienes se van.
El final vino a decirme que ningún vínculo puede ser revivido a costa de mi vida. Honrar el final es reconocer lo que me dolió; es extrañar sin querer regresar y también extrañar queriendo volver, pero sabiendo que volver, a veces, es una forma de abandonarse.
Cada final deja un espacio. Y por mucho tiempo le tuve miedo a ese vacío, a la ausencia que se vuelve evidente cuando algo ya no está. Hoy comprendo que ese vacío también es un lugar donde la vida renace. A pasos cortos y lentos, pero entre el silencio, la vida crece.
Quizás cada final no viene a quitarme vida, sino a devolvérmela. A recordarme que todo cambia y que lo único certero es que la vida se mueve.
Hoy no le pido al final que no llegue. Solo le pido que me encuentre de frente, que me bese el miedo y me recuerde que la vida sigue.
Siempre sigue.
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Con amor, Blanca.
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