Poco hablo de mi trabajo porque no se siente como trabajo. De pequeña, mi sueño era que me pagaran por leer; aún no lo consigo, así que opté por el oficio más cercano: escribir.
Cuando me adentré en estudiar escritura creativa, mi concepción de la escritura era muy distinta a la de hoy. Como la mayoría de personas, la miraba —al igual que al lenguaje— como algo inalcanzable. Un dios al que mirar hacia arriba. Algo inamovible. Así fue como descubrí el peso de la academia en mis textos. Yo, una mujer que quería publicar libros y ser leída, me enfrenté a dos realidades: primero, que no hay nada glamuroso en escribir; y segundo, que la perfección es un mito que, si bien te impulsa a mejorar, en realidad nunca se alcanza.
Recuerdo la primera vez que me di cuenta de que no hay nada glamuroso en escribir. Eran las dos de la madrugada y yo, sentada frente a mi ordenador, no lograba finalizar mi último cuento de cátedra. Llevaba una semana desvelándome cada noche para escribirlo, pero por más que llenaba la mesa con notas, páginas cortadas y tazas de café, nada parecía suficiente. Aquella noche en particular, me levanté de mi silla para ir al baño y, al entrar, el espejo me saludó con una Blanca despeinada, sin bañarme y en pijama. Al salir, me encontré con una imagen: mi mesa era la cuna de un nacimiento. Una sala de parto, pero también una funeraria. Sobre ella yacía la mugre de mis miedos, los fluidos de mi tristeza, la sangre de mi enojo, la saliva de mi inspiración.
Al observar aquella mesa, tuve la certeza de que la escritura es un oficio que te conduce a ensuciarte las manos, a replantearte la mirada y a enfrentarte de lleno con tu humanidad. No hay nada de glamuroso en obsesionarse por semanas con una idea. Al contrario, la escritura te lleva a jugar con el lenguaje como si fuera barro y, al principio, probablemente todo lo que toques será amorfo, quebradizo, imperfecto y feo. Pero quizás, en esa imperfección resida el verdadero significado de escribir.
En ese proceso en que nos dejamos sentir y parir sobre el papel esos sentimientos, nos permitimos ser humanas. Es ahí cuando la escritura adquiere valor, cuando las palabras tienen significado, cuando el lenguaje deja de ser un dios lejano.
Sin embargo, la escritura no finaliza con el nacimiento del texto. Ese es apenas el inicio.
Ahí fue cuando me enfrenté a la segunda realidad: la perfección es una sombra que, a veces, te persigue y, en otras, camina delante de ti.
Cuando estaba estudiando mi maestría, creía estar acostumbrada a la crítica y a la mirada ajena, pero la realidad me mostró que no era así.
Cuando terminé aquel cuento —por el que no había dormido— y lo presenté a mi maestro, recuerdo sentirme orgullosa de lo que había escrito. Estaba profundamente enamorada de mi idea. Pensaba, ingenua, que mi escrito no tenía errores y que, si los había, no importaban. Dos días después, recibí la devolución repleta de tachones y cambios por hacer.
Al principio, me sentí atacada. Rechacé todas aquellas observaciones y me refugié en un pensamiento: “De seguro no entendió mi idea”. Ese fue mi ego hablando y también fue mi primer error: no abrirme a otras miradas.
Era más fácil enojarme que sentarme a leer y comprender lo que mi maestro trataba de decirme. Más fácil sentirme atacada que aceptar que mi texto tenía imperfecciones. Porque si algo odiamos los seres humanos es sentirnos principiantes. Y en aquel momento, luego de años de estudio, yo me sentía principiante. Esa es la belleza de la escritura: nunca se termina de aprender.
No fue hasta que mi maestro me dijo que no estaba comunicando lo que quería comunicar que mi cuento realmente mejoró. Gracias a una mirada ajena a la mía, mi texto adquirió dimensiones y capas distintas. Sin embargo, ahora me enfrentaba a la etapa más infravalorada de la escritura: la edición.
La verdad es que escribir es, en gran medida, reescribir. El problema es que se piensa que el escrito está listo una vez lo vomitamos en la página, y nada más lejos de la realidad.
La mayor parte de la escritura se vive en la edición, porque en ese momento hay que observar con los ojos propios, pero también con los ajenos. Hay que desmenuzar el esqueleto de nuestro escrito y armarlo una y otra vez hasta que transmita aquello que se quiere comunicar. En aquel cuento, que tardé una semana en escribir, me llevé un mes para editarlo.
Lo que me conduce a otra cuestión: para editar se necesita agudeza literaria y, probablemente, esa sea la razón por la que muchas personas dejan de editar o ni siquiera piensan en hacerlo: no cuentan con los conocimientos teóricos.
Dicha agudeza es vital no solo para embellecer el texto —eso es lo de menos—, sino para comunicar con calidad quirúrgica nuestra idea al lector. Esto no quiere decir que, si no has estudiado de manera formal algo relacionado con el lenguaje, no puedas editar. Al contrario, esto es una invitación a aprender. La agudeza literaria también se puede construir.
La agudeza se afina leyendo, observando cómo otros resuelven problemas narrativos, cómo logran que una frase respire o que una imagen permanezca en la memoria. Se entrena escribiendo, sí, pero también borrando sin piedad lo que no funciona, incluso si nos duele. Y, sobre todo, se expande cuando dejamos que otras miradas entren al texto.
Editar en soledad tiene un límite: nuestras propias cegueras. Hay detalles que solo otro lector puede ver, y no porque sepa más, sino porque no carga con la historia que llevamos en la cabeza. A veces creemos que hemos dicho algo y, al leerlo en voz alta frente a alguien, descubrimos que no está ahí. Esa es la magia —y el vértigo— de compartir un borrador: nos devuelve un espejo distinto, uno que revela huecos, repeticiones, tonos que no habíamos notado.
Por eso, escribir es también aprender a mirar y dejarse mirar. No como un acto de exposición dolorosa, sino como una oportunidad para que el texto respire en compañía. Porque la edición, al final, no es solo una operación técnica: es un pacto entre quien escribe y quien lee, un trabajo conjunto para que las palabras lleguen limpias, precisas y vivas.
Ese mismo pacto es el que haremos en el Club de Escritura de Agosto: un espacio para mirarnos con atención, compartir borradores, recibir retroalimentación y afinar la agudeza literaria que tus textos merecen.
Porque escribir no es un acto solitario: es un diálogo constante entre lo que creemos decir y lo que los demás leen. Este mes trabajaremos eso: cómo mirar nuestro texto con ojos nuevos, cómo recibir la mirada ajena sin que el ego nos frene, y cómo usar la edición como un aliado para que nuestras ideas lleguen con fuerza.
Si quieres que tus palabras respiren mejor, que tus textos crezcan con retroalimentación real y que tu mirada literaria se agudice, este es tu lugar.
Inscríbete hoy, las suscripciones cierran el 10 de agosto, y sumérgete en un mes de escritura, lectura y ediciones que transformarán tu forma de contar.
Con amor,
Blanca.
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