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La Octava Poesía · Aug 11, 2025

El hombrecito de mi cabeza

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Sobre la mirada masculina, la búsqueda de validación y volver a la mirada propia.

Necesitaba escribir esto con otra mujer. Un eco que me respondiera a lo lejos, que me hiciera sentir un poco menos sola. Menos avergonzada. No sé en qué momento me hice adicta a esta sensación, al intercambio de miradas y las risas coquetas. En algún momento, sin que yo lo notara, la mirada masculina empezó a hacerme sentir importante, valiosa.

No sé quién soy fuera de la mirada masculina. A veces me encuentro, frente al espejo, viéndome con unos ojos que no me pertenecen y, aún así, anhelo. Anhelo ser vista desde el deseo, desde la validación de saberme atractiva e interesante. Termino por sentirme patética porque, ¿cómo puedo ser adicta a quién me reduce a un cuerpo? ¿Cómo puedo necesitar ser vista por quién alimenta su ego con mi amor?

Me avergüenza decir en voz alta que, en mi cabeza, un hombrecito sigue tomando decisiones por mí: ¿cómo puedo verme más atractiva? He invertido demasiado tiempo y energía preguntándome, ¿qué tengo que hacer para que me mire?. 

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Desde que era pequeña me encantaba tener crushes, hombres (o más bien ideas de ellos) con quienes pudiera obsesionarme por meses. Y ahora, este viejo hábito se me pega pastoso al cuerpo; ya no lo quiero, pero no sé cómo deshacerme de él. 

Desde niña es eso lo que he conocido: orbitar alrededor de ellos, siempre de puntillas, levitando mi peso sin hacer ruido. Cuando me enseñaron a vestir, desde el miedo, me enseñaron a llevar prendas largas que no mostraran piel. De esa manera, ningún hombre me acosaría. Cuando me enseñaron sobre el maquillaje, me susurraron entre palabras que así los hombres me verían atractiva. Ahora, con las mil y un rutinas de skincare y de procedimientos, la violencia estética me grita que a nadie le gustan las viejas. Así que debo de eliminar cualquier indicio de que los años pasan.

Inconscientemente, basé mi identidad en la mirada masculina dejando de lado la personalidad única que me habita el cuerpo.

Hoy, a los 25 años, me dejo arrastrar por ese deseo ajeno cada vez que siento un vacío en el estómago, me siento triste, cansada, o simplemente necesito distraerme, y entonces me obsesiono con ese juego, con lo que provoca en mi cuerpo. Ese intercambio me energiza y, de pronto, me siento capaz de hacerlo todo. 

Traigo el cuerpo y la mente amaestrados para encontrar sus miradas. Para buscarme a mí misma a través de cómo ellos me miran. No sé cómo se ve mi cuerpo sin el ojo masculino, sin ese lente que se me adhirió a la piel como un tatuaje invisible.

Dentro de mi cabeza, un hombrecito narra cada gesto, cada curva. Me dice que sonría, que me gire un poco, que me tape. A veces, que me quite todo. Termino entonces por tomar decisiones poniéndolo al centro, pero la mayor parte del tiempo me encierra en un ideal. Me ata mi belleza a un estándar, me evalúa el cuerpo como un cerdo listo para el matadero. Me pregunto qué tan mía soy sin él. ¿Cómo es posible que nos enseñaran a hacer feliz al hombrecito incluso a costa de nosotras mismas?

No recuerdo alguna vez vivir enteramente fuera de la mirada masculina, porque incluso cuando más alejada de los hombres (y enojada con ellos) he estado, también los he seguido poniendo al centro. Incluso desde el enojo y el resentimiento, les he dado el poder de seguir dictando en mi cabeza. 

Y entonces el dilema aumenta, porque si huyo activamente de su mirada lasciva, ¿por qué cada que me ven, olvido que no me mandan?

Estoy harta de vivir basando mi valor en un hombre. De cortarme la grasa del cuerpo para ser más deseada. De hacerme más chiquita para cumplir una fantasía. De callar mi hambre voraz solo para no incomodarlos. Pero, ¡qué culpable se siente una por decirlo en voz alta!

¡Qué culpable se siente una por no querer escuchar la voz del hombrecito, por decidir un día no cuidar, no esforzarse, no sostener espacio para alguien más!

Como los adictos, estoy en recuperación. Como los fumadores que intentan dejar de serlo y, aun viendo demasiadas veces las advertencias en los paquetes, siguen fumando. Nadie habla de ello. De lo adictivo que es sentirse deseada por la mirada masculina aunque ella solo te quiera como un lobo a un cordero. Como un caníbal a su presa. 

He visto todos los videos de YouTube de cómo descentrar a los hombres de tu vida, como si una pudiera desaprender una vida en ocho minutos. ¿Pero qué traigo en la mente? ¿Cómo me deshago de él? 

Estoy cansada de perseguir sus miradas. Otra contradicción. A veces siento que corro en círculos y termino llegando al mismo punto de inicio: sentirme aburrida y buscar diversión en sentirme vista por un hombre.

Quizás el problema es ese: nunca nadie nos enseñó a vivir bajo nuestra propia mirada y terminamos buscándonos en ojos ajenos, incluso si estos nos lastiman.

¿Quién soy cuando los hombres no están mirando? 

La cruda realidad es esta: soy probablemente lo que la mirada masculina (generalizada y sexualizada en la cultura pop) repudia.

Crecí siendo la niña sabelotodo, esa que disfrutaba de un buen debate y no tenía miedo a desafiar con su voz. Me llamaron pretenciosa por saber más de lo que debía, por interesarme en temas muy densos, por tener una opinión que a veces era demasiado controversial, demasiado incómoda. Y la verdad es que sí. Si ser pretenciosa es habitar al conocimiento como un puente para comprenderme a mí y al otro, entonces lo soy. 

Cuando la mirada masculina no me encuentra, soy más chistosa y digo mis opiniones más fumadas. Ocupo más espacio y me siento en posiciones extrañas pero extremadamente cómodas. Hablo de mis sueños sin miedo a sonar ingenua y me atrevo a hablar de ideas de negocios locos y libros que nunca he escrito. 

En la intimidad de mi habitación, cuando existo solo por y para mí, me ato el cabello, me pongo la pijama más vieja que encuentro en mi closet y con la película más cursi, me dispongo a llorar. Con la nariz llena de mocos y el rimel corrido, me saco el corazón de entre las costillas y, colocándolo a mi lado, me duermo. Soy absurdamente llorona y antes me avergonzaba llorar frente a hombres porque estaba harta de ser catalogada como inestable, loca o vulnerable

Envuelta entre las cobijas, me dejó ser una histérica, me invade la rabia y, por un instante, dejo de ser la buena y odio al mundo entero. Maldigo en voz baja y conspiro para que las cosas salgan a mi favor. Planeo venganzas en silencio, porque cuando los ojos de ellos no me alcanzan, soy cruel y rencorosa. 

Ahí, en la solitud de mi baño, me dejo ser una mujer rencorosa. Entonces recuerdo a los hombres que me han herido. Recuerdo mi piel habitada por unas garras. Recuerdo las palabras que, rajándome la piel, me han cortado los sueños, el deseo y la autonomía. Ahí, con los dientes rechinando y mis venas exaltadas, me permito ser esa mujer que se ata al cordón umbilical del enojo y se deja ser canal de todas las mujeres que, antes de ella, también fueron víctimas de un lobo. 

Me reviento los granos frente al espejo. Me escarbo entre las uñas de los pies. Soy sucia y ruidosa. Entre cuatro paredes, cuando ningún hombre me mira de reojo, me dejo caer en la cama con todo y la ropa puesta. Estoy agotada.

Ese es el secreto que más guardo con recelo: soy una mujer cansada. Exhausta de performar para una mirada que no es la mía. 

Mientras más me doy la oportunidad de observarme con mis ojos, más me doy cuenta que me he privado de ser yo. Que la mirada masculina me ha desdibujado el rostro y ahora, cuando me veo, ya no sé quién me devuelve el semblante. 

Bajo mi mirada desaparece la culpa y entonces me atrevo a ocupar espacio, la vergüenza de estar ahí y no ser vista, me libera. 

Mi mirada a otras mujeres

Me solía dar mucha vergüenza aceptar que yo también había comenzado a ver a otras mujeres a través de la mirada masculina. Esa misma que, por tanto tiempo, me hizo aborrecer mi cuerpo y escupir a mi propia personalidad.

Mientras más he centrado a los hombres en mi vida, más lejos he estado de las mujeres que me rodean. Más lejos me he nombrado amiga. Más lejos me he llamado hija. Más lejos me he querido mujer.

Es extraño porque, mientras más he buscado gustar a través de mi sexo, más he negado mi condición femenina. Y no me refiero a esa que TikTok se ha enfrascado en llenar de estereotipos de género, sino a esa mujeridad que nos habita desde el ser. Simplemente porque sabemos que lo somos.

En esa mujeridad coexisten diferentes formas de ser mujer y, a veces, lo olvido. A veces me saco los ojos y, en mis cuencas vacías, coloco los ojos de un hombre. He vivido tanto tiempo con dicha mirada que volver a la mía se ha tornado en un camino de agujas y piedras.

Así fue como me di cuenta que para volver a verme con mis ojos tenía que ver primero hacía afuera.

Entonces, comencé a leer a otras mujeres y ahí, entre sus letras, observé los ojos que me había arrancado. Vi mi dolor, pero también mi deseo. Vi mis miedos, pero también mis pasiones. Me ví en ellas.

Tras mi ceguera, descubrí que solo a través de la mirada de otras mujeres me acepto cruda y completa. No la versión infantilizada y romanizada de mí, sino de la mujereidad que nos atraviesa a cada una desde su trinchera.

Ser mujer en este mundo es una experiencia cambiante y fluida; a cada una se nos corta el cuerpo de diferentes maneras. A mí me atraviesa Latinoamérica: esa experiencia compartida de habitar la misma tierra siendo todas tan distintas. 

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Pero también verme en tantas mujeres me hizo comprender que con una mirada no basta. No me encuentro en los ojos de todas.  A veces leo mujeres y me siento distante, ajena, leyendo la antología de una vida que no es la mía. Pero sus ojos me sirven, me ayudan a afinar ligeramente los míos, a comprender cosas que antes no sabía. Me dan, en su contrariedad, una nueva forma de existir y saber que otras existen.

Me encuentro y me desencuentro. Supongo que de eso se trata: de encontrar en los ojos ajenos ejemplos para encontrarme a mí, nunca completa, pero sí por partes. La identidad es un constante estira y afloja, entre yo y otro, entre mi piel y la del mundo. Entre mis ojos y los de otra mujer que, en su autonomía, también me enseña a ser yo.

En este camino para reclamar mi mirada me he comprendido dicotómica y repleta de fragmentos que no solo me pertenecen a mí. He tomado prestadas las miradas de otras mujeres para construir la propia. Me he descubierto a través de otros ojos, unos que no me ven como carnada, unos que no me depredan el cuerpo, que no hacen de mi placer una condena, que no me privan de comprenderme entera. Me he encontrado amando partes de mi cuerpo que no sabía que estaban ahí. Ahora me veo y qué hermosa vista tengo.

Habitar mi mirada

Mi mirada está construida de puras experiencias prestadas. Porque al final eso somos: amalgamas pegoteadas, experiencias de otros sobrepuestas con las propias. Esa es la razón por la que probarse los ojos de otras mujeres se convierte en una necesidad, porque esas otras diversidades ayudan a la construcción propia y al cuestionamiento constante.

Mientras más paso explorando la vida junto y desde otras miradas femeninas, más me doy cuenta que la vida siempre ha estado ahí. Que la construcción de la mirada propia te lleva a tropezar por pasiones que van más allá de los hombres.

Cuando una descentraliza de su vida a los hombres, una se da la apertura para explorarse fuera de los cánones de belleza, los estereotipos de género y la validación masculina.

Por eso hoy reclamo mis ojos como míos, para así encontrar otra cosa alrededor de la que orbitar. ¿Qué haría yo con todo ese tiempo que he invertido en tratar de complacer al hombrecito de mi cabeza? 

He decidido volcarme en la escritura como me vuelco en ellos, así, a ciegas y sin certeza alguna. Sin promesas de por medio ni acciones que los respalden. Solo con la fe de quién se deja amar.

Quiero atarme a la escritura con las tripas y dejarme creer en cada página. Me obsesionaré con mi arte, incluso cuando no le vea sentido. Me dejaré seducir por esa voz que me susurra ideas en los momentos más inesperados. Confiaré en ella y dejaré que me conduzca por callejones oscuros, aunque no sepa adónde voy. Al menos caminaré pasos que me pertenezcan.

Me aferraré a la certeza de crear, incluso cuando esté sumergida en la incertidumbre. La amaré, incluso cuando la vida se acelere y la inspiración me abandone. Aunque pase meses frente a una página en blanco, abrazaré la esperanza de su regreso.

Porque verme desde los ojos de mis amigas, me enseñó que a la vida hay que sujetarla entre los dedos para que no se escape, para que de la mano nos lleve, incluso en el silencio y el descanso. Incluso en las páginas en blanco.

Todo esto no es nada que yo no haya hecho ya por un hombre. Me he entregado, he vertido mi tiempo y amor. Ahora, me lanzo al arte con la certeza de volver a casa. Porque crear me afianza el cuerpo en lugar de tambalearme.

Hoy quiero que me exite el arte, que no pueda esperar un instante para estar sola y empezar a crear. Que empiece el coqueteo, desde antes, con las ideas anotadas en servilletas sucias y las preguntas que me rondan la cabeza. 

A mi mirada nunca le censuraré las ganas de crear. Le otorgaré visibilidad y validez, que antes buscaba en los hombres, en el acto de escribir. En ese acto que desdibuja las líneas de la piel. Haré de mi existencia un acto devocional a la vida y, a su vez, de mi escritura, una promesa a mi vida.

Me gusta la idea de dedicarle mis lágrimas y mis sonrisas al arte, de obsesionarme con un tipo distinto de mirada: la mía sobre el papel.

Al hombrecito de mi cabeza, hoy le quito el poder.


Si llegaste hasta aquí, estos ojos son tuyos. Llévalos, guárdalos, o arráncalos. Te los prestamos a lo largo de este texto, puedes tomar lo que quieras de ellos, pero aquí estarán siempre que los necesites. 

Con amor, 

Haya y Blanca.

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