Ahora cuando miras a alguien siendo él mismo, no puedes evitar sentir vergüenza ajena. Cuando a alguien se le nota la emoción, el entusiasmo, la torpeza, la ilusión. Cuando alguien canta mal en público, confiesa algo íntimo sin que nadie se lo haya pedido, se toma en serio un sueño, se enamora sin ironía.
Te da pena ajena mirar a alguien que se ha vestido como quiere o a alguien que, movido por el disfrute, simplemente baila, así descoordinado y sin ritmo. Sientes pena por esa persona. La torturas con burlas y risas. La catalogas. La separas del resto como si sus decisiones fuesen contagiosas.
Hoy todo te da vergüenza.
Incluso, esa pena se ha colado en tu vocabulario cotidiano y la has nombrado como cringe. Esa sensación incómoda, casi física, de encogerse ante lo que hace o dice alguien más. Esa vergüenza ajena que sientes al ver a alguien exponerse demasiado.
Si miramos más de cerca, y con más cuidado, nos daremos cuenta de que detrás del cringe se esconde un miedo más profundo: el miedo a ser vista. A ser leída por el otro como ridículo.
El mundo parece tener siempre una respuesta para nuestras expresiones auténticas: “no llores por eso”, “no seas exagerada”, “madurá”, “no hagás el ridículo”. Crecimos con la sensación de que había algo inherentemente vergonzoso en mostrarnos tal como somos.
Y lo más triste es que lo creímos. En especial las mujeres, desde pequeñas aprendimos a censurar para ser discretas, agradables y correctas. Aprendimos que es más valioso ser gustadas que ser auténticas. Desde adentro, nos domesticaron nuestra verdad, risa, disfrute y llanto. En acciones tan pequeñas como controlar nuestra manera de sentar, en callar nuestras opiniones con un “eso no se dice” o con burlarse de nosotras por contar con entusiasmo algo nuevo. Nos enseñaron a desarrollar un filtro interno que anticipa el rechazo antes de que ocurra.
Por tanto, para nosotras, no es solamente el miedo a ser vistas sino el miedo a ser vistas como no estéticas, deseables u objetos de aplauso.
En una cultura, ahogada en performatividad, castigamos a toda persona que se atreva a ser distinta. De una manera inhumana, se nos ha enseñado a distanciarnos de todo aquello que sea visto como vergonzoso, hasta el punto en el que existimos a través de la autocensura perpetua. No solo frente al otro sino también frente a nosotras mismas.
En una era de contrariedades hemos caído en la ironía de hipercompartirnos para mostrarnos, mientras al mismo tiempo tememos profundamente ser vistas. Subimos fotos, escribimos captions, grabamos stories, compartimos playlists, pero nos cuidamos de no desbordarnos demasiado. De no ser demasiado. Aprendimos, como quien balbucea sus primeras palabras, a hablar con el tono justo, a pensar con la mirada perfecta, a sentir en la cantidad correcta.
El cringe se ha convertido en un censor interno que nos recuerda hasta donde podemos llegar antes de ser demasiado, de ser ridículas, de dar pena. De cierta manera, se ha convertido en un concepto de control que marca la diferencia entre lo que "se permite" sentir y lo que ya cruza el límite hacia lo incómodo, lo cursi, lo fuera de lugar.
La realidad es que más allá de enseñarnos a sentir, nos enseñaron a moderar lo que sentimos. A camuflarle la intensidad, cursilería y rareza. Entonces, ahora nos disculpamos al emocionarnos y editamos, cual contenido, nuestras emociones.
Quizás por eso nos choca tanto ver a alguien que se muestra con sinceridad porque nosotros no nos atrevemos a hacerlo. Tal vez eso que nos produce un rechazo inmediato o cringe habla más de nosotros que del otro.
Bien dicen: lo que te choca te checa.
Así que quizás, solo quizás, aquello que señalamos como cringe es en verdad una proyección. Esa persona que comparte tiktoks de su día a día, esa mujer que escribe fanfics y comparte sus poemas cursis, ese adolescente que se enamora sin medida, son un recordatorio de lo que nunca nos atrevimos a hacer y eso nos molesta. Entonces, lo disimulamos con humor, juicio y distancia.
Eso que nos molesta del otro es aquello que nos prohibimos: la intensidad, el disfrute, el desborde. Al final es más fácil decir qué cringe a decir ojalá yo pudiera ser así o admiro esta cualidad en esta persona.
Sí, es un hecho que nuestra cultura castiga la sinceridad y premia la pose, pero no podemos vivir toda la vida excusándonos en ello. El cringe es un rebranding de algo viejo: la vergüenza. Todas las personas la hemos sentido, es parte de la experiencia humana. Sin embargo, hacer el ridículo, causar gracia y equivocarnos, es parte vital de dicha humanidad.
Quizás por ello en lugar de reírnos del otro y de juzgarle, desde la superioridad y rechazo, tal vez podamos abrazar a esa parte nuestra que necesita ser vista.
Quizás el cringe sea una oportunidad para reconectar con aquello que siempre hemos querido ser pero que, nos hemos dicho, es demasiado.
Para ser honesta, me aterra lo mucho que nos censuramos para gustar y lo poco que nos dejamos vivir para crear.
En una experiencia humana tan confusa como la nuestra, la creatividad nace del absurdismo y de la libertad de vivir. Dar cringe es necesario. Porque si nunca has dado cringe, probablemente nunca te has mostrado de verdad.
Es en esa apertura a ser verdaderos que el arte toma lugar. Es en ese nacimiento de honestidad con nosotras mismas que comenzamos a vivir para y por nosotras.
Lo que da cringe es muchas veces lo que nos hace humanas: esa torpeza con la que andamos sin rumbo, ese entusiasmo que nos revuelve la tripa, ese deseo que nace como una llama en el centro del pecho. Estamos acostumbradas a evitarlo a toda costa. Para ser correctas, medidas, inteligentes, estéticas. Para que nada nos delate.
Entonces dejamos que la vergüenza nos detenga el deseo y callamos, borramos nuestros sueños y minimizamos con una risa nuestros proyectos.
Yo lo hice. Yo me encadené a la norma, pero no me hacía feliz y cuando me di cuenta de ello, me solté la cadena y me permití dar cringe.
En todo proceso creativo hay un punto en que una siente que está haciendo el ridículo y ese punto es necesario.
La primera vez que compartí un escrito en redes sociales tenía 15 años. Escribía por escribir. Como una necesidad para simplemente vivir. Hace una semana, cuando comencé a escribir este artículo, volví a esos poemas de Wattpad y me dieron cringe. La vergüenza me recorrió el cuerpo con una sensación de asco y rechazo. Sin embargo, no había nada qué rechazar en mis escritos.
Sí, tenían horrores de ortografía, estructura y gramática, pero gracias a esa niña de 15 años que se atrevió a compartir lo que escribía, hoy la mujer de 25 se dedica a escribir. Literalmente tiene un trabajo como escritora.
Todo porque esa niña se atrevió a ser vista. Con todas sus intensidades, miedos y deseos. Sí, muchas personas se burlaron de mí y eso no me detuvo.
Dar cringe es, a veces, la única forma de cruzar la ventana que nos separa de nuestra voz. Lo que quiere decir que también es un síntoma de que estamos atravesando un umbral honesto, sin poses y fórmulas. La creación y el crecimiento necesitan de la incomodidad que causa la vergüenza. Lo que incomoda tiene un latido propio. Lo que da vergüenza, a menudo, también tiene verdad.
Cuando escribo lo noto con más claridad. No solo en mí, también en las mujeres que me leen o escriben conmigo. Hay textos que se escriben con fluidez y otros que se escriben con la garganta apretujada. Si algo he aprendido es que los textos que más nos avergüenzan son los que más nos pertenecen.
Claro que da miedo escribir desde la verdad porque hacerlo implica quedar en evidencia. Por ello cada que una alumna me dice: escribí algo, pero me da pena leerlo en voz alta, yo ya sé que ese texto tiene algo. Que está en la orilla de algo importante.
No todo lo que escribimos debe ser compartido, claro está, no se trata de exponerse solo por exponerse, pero sí es importante comprender que la vergüenza no siempre es una señal de error. A veces es la prueba de que estamos siendo valientes.
Porque dejarse ser vista necesita coraje y en una generación donde todo da cringe, es más que necesario.
Por eso, tal vez, en lugar de evitar el cringe creativo, tendríamos que hacerle espacio. Escuchar qué nos quiere mostrar. Abrazarle y escribir igual.
Solo quien es capaz de atravesar la vergüenza, es capaz de acercarse a sus sueños. Porque lo que más te da vergüenza mostrar, es probablemente lo más vivo que tienes y qué belleza dejarse ver la humanidad.
Este mes, en el club de escritura, vamos a hablar de eso: de lo que tiembla cuando compartimos un texto, de la exposición que duele, del deseo de ser entendidas, del miedo a ser juzgadas y, al mismo tiempo, de esa parte nuestra que todavía quiere ser leída sin tener que disimular.
“La intimidad de ser leída” no se trata solo de elegir palabras bonitas. Se trata de abrir la ventana. De escribir sin caparazón. De leer en voz alta eso que te da vergüenza y darte cuenta de que no te destruye que en realidad te libera.
Vamos a hablar de vulnerabilidad, del storytelling personal, de cómo editar sin perder la verdad del texto y de cómo dar y recibir crítica.
Si alguna vez escribiste algo que guardaste por vergüenza,
si alguna vez te leíste en voz alta y pensaste “esto es demasiado”,
si alguna vez soñaste con compartir tus palabras sin miedo al juicio,
el club te está esperando.
Con amor, Blanca.
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