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La Octava Poesía · Jul 7, 2025

El mandato del amor propio

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Blanca Quiñónez · La Octava Poesía

Aquí va una verdad incómoda: aún no me amo.

Por mucho tiempo sentí vergüenza, culpa incluso, por no amar al cuerpo que me acompaña o no amar la identidad que me configura, pero no lo hago aún y ya no me resiento por ello.

Es cansado perseguir al amor propio como una obligación. Es cansado habitar un mundo que te dice que debes de amar tu cuerpo, pero luego te recrimina por envejecer o engordar. Es cansado recriminar tus decisiones, incluso antes de tomarlas, porque no son las opciones más sanas o saludables, pero son las únicas que tienes a la mano y solo intentas hacer lo mejor que puedes con lo que tienes.

He llegado a sentirme solitaria en este proceso de amor porque todos los discursos que escuchado, repitiendo continua e insaciablemente: "amate y acéptate tal cual", no vienen con instrucciones para aprender a hacerlo, y entonces quedo a la deriva en un mar lleno de posibilidades, dolores y esperanzas de todo lo que aspiro a ser.

El falso amor propio que se nos ha inculcado se centra en amarnos como una obligación para vivir, sin pensar en que nosotras también estamos apenas conociéndonos. Nadie ama a lo desconocido hasta que le pone nombre. Entonces, ¿por qué estamos obligadas a amar a alguien que aún se siente ajeno?

¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la compleja relación que coexiste en el propio cuerpo?

Puedo no amarme aún, pero respetarme desde la compasión y comprensión.

Al menos eso es lo que me ha ayudado a habitar mi vida desde la intención y la consciencia.

Yo, una mujer neurodivergente y racializada, he combatido toda mi vida con mi cuerpo y mi mente. Nunca lo suficientemente delgada y cuando lo estuve, al borde de un trastorno de la conducta alimentaria, tampoco fue suficiente. Siempre demasiado aburrida o demasiado interesante. Siempre demasiado ruidosa o muy callada.

Cuando mi cerebro no sabía cómo reaccionar y entraba en estado de supervivencia, el mundo me tachó de loca. Algo había mal en mi cerebro. No era normal.

Cuando mi cuerpo cambió y engordó, luego del TCA, el mundo me dijo que me veía mejor antes. Algo había mal con mi cuerpo.

Entonces, ¿cómo es posible que se espere de mí que ame, de un día a otro, aquello que me enseñaron a odiar?

El amor propio es eso, es decidir escogernos aún sin la certeza de llegar a amarnos, pero sabiendo que al menos nos pusimos como prioridad en una sociedad que se esfuerza por volvernos nuestras propias enemigas.

Ojalá fuese tan sencillo como decir que nos amamos y ya, pero no lo es. Ojalá pudiera decirte que existe la fórmula perfecta para amarte, pero no la hay.

Hemos llegado a romantizar tanto al amor propio, reduciendo todo lo que conlleva a ideales inalcanzables y sumamente agotadores, que al final del día terminamos pensando en el amor propio como la meta, cuando en realidad es el proceso mismo.

Nadie nos ha enseñado siquiera a nombrarnos como humanos, ¿Cómo esperamos amar algo que no conocemos?

Así como para amar a otras personas necesitamos cultivar una relación, lo mismo sucede con nosotras mismas, tenemos que cultivar una relación para conocernos, desconocernos, crearnos, deconstruirnos, y obviamente no lo lograremos de la noche a la mañana (esto no quiere decir que para amarnos tenemos que conocernos completamente, porque eso no lo lograremos nunca, estamos en constante movimiento).

El amor propio no debería sentirse como una presión constante a amarnos, sino más bien como un recordatorio para reconocernos imperfectos, caóticos y humanos.

Entonces, no amarse también es parte del proceso porque en ese no amarse yace la primera gran pregunta que abre el camino: ¿Por qué no me amo? ¿quién me enseñó a no amarme?

Es la dicotomía que coexiste en el amor propio la que nos recuerda que no estamos aprendiendo a amar a un ser perfecto sino a un humano.

De la mano de toda esa humanidad no podemos esperar que el proceso esté solamente lleno de cariño, ternura y amor, muy probablemente también esté acompañado de desdén, rencor, miedo, rabia e inseguridad, pero es parte del proceso.

Intentar amarnos, por obligación y no convicción, puede ser terriblemente cansado física y emocionalmente, por ello es importante reconocer que el hecho que no nos amemos o que no nos sintamos bien con nosotras hoy, está bien, y no significa que nos sentiremos así toda la vida.

No he llegado ahí. No he llegado aún a decir con convicción: “Me amo”, pero sí he aprendido que este proceso de autoconocimiento está lleno de decisiones.

Amarse requiere decidir y decidir requiere vulnerabilidad.

La vulnerabilidad es tener el coraje de exponernos aún sabiendo, que en el proceso o al final, puede que no obtengamos o logremos lo deseado. En pocas palabras, la vulnerabilidad es ser, a pesar de todo.

En este momento de mi vida estoy decidiendo conocerme, nutrirme y honrarme. Conocer a la humana que fui, soy y seré. Nutrir a la artista y escritora que vive en mí. Honrar a la niña que vive en mí.

Porque tomar decisiones priorizando mi bienestar porque quiero y lo necesito, no porque debo de hacerlo, me encamina a ese “me amo” que sé un día saldrá de mis labios.

En este proceso me he vuelto consciente que al aceptar todo lo que tanto me preocupé por esconder, comencé a vivir y al comenzar a vivir, pude por fin conectar con personas que hoy me impulsan a crecer.

Lo cual es irónico porque mientras más me he descentralizado del proceso, más conectada me siento con mi cuerpo, mente y verdad.

Al conectar con nosotras mismas conectamos con los demás, y es que cuando somos vulnerables nos permitimos crear conexiones profundas con lo que nos rodea; con la naturaleza, los animales y las personas, pero también nos percatamos de la enorme responsabilidad de "ser" en un mundo de superficialidades.

El ser vulnerable no recae solamente en nuestra capacidad de mostrarnos individualmente al mundo sino también en acuerpar la importancia de la colectividad en nuestras vidas, aceptando la ayuda, el cuido y acompañamiento de los demás.

No existe una fórmula perfecta para conocerse a una misma, mucho menos una serie de pasos para hacerlo. Cualquier punto de inicio es un buen comienzo.

Se vale tener miedo. Hemos sido educadas para nunca navegar la profundidad de nuestra mente, pero aquí te comparto algunas cosillas que a mí me ayudaron enormemente (gracias a la increíble Brené Brown):

  1. Desterrar el "No soy suficiente".

El famoso no soy lo suficientemente buena, bonita, inteligente, etc, nace de querer llenar las expectativas que los demás tienen sobre nosotras. No le debes nada a nadie, ni belleza ni inteligencia. Cuando logres aceptar esto, comenzarás a realizar todo por ti y no por y para los demás.

2. Abrazar al miedo.

El miedo es una respuesta completamente humana, solo quiere protegerte no dañarte. Aprender a darle la mano significa resignificar al propio miedo y las situaciones donde nos sentimos vulnerables, incómodas y "frágiles".

3. Aceptar la vergüenza.

Según Brené Brown, la vergüenza es el miedo a la desconexión, creer que por ser imperfectos somos indignos de amor. Dar la bienvenida a la vergüenza es intrínsecamente despojarnos de esta, porque al tomarla como nuestra nos permitimos crecer sin estancarnos en posibilidades y remordimientos.

El problema es cuando no nos atrevemos a hablar de aquello que nos avergüenza, porque socialmente hemos sido moldeados para vivir en la culpa, cerrando el paso a todo lo que causa incomodidad.

4. Rehumanizar el proceso de conexión.

Estamos acostumbradas a vivir de superficies o en aislamiento como mecanismo de defensa. Parte de ser humano es tomar al colectivo como red de apoyo a la individualidad, y crear a partir de ello conexiones basadas en la ternura, empatía y reciprocidad. Esto implica replantear la importancia de las relaciones interpersonales en nuestro crecimiento y manera de relacionarnos, no solo con el mundo, sino también con nosotras mismas.

5. Practicar la autocompasión.

La autocompasión es reconocernos como seres imperfectos ligados al error constante, que a pesar de dicha imperfección son merecedores de amar y ser amados. Esta herramienta se practica en todo momento; cuando pensamos habernos "equivocado", cuando no nos sentimos lo "suficiente" o inclusive, cuando no sabemos cómo nos sentimos.

El primer paso es aceptarnos imperfectos. El segundo paso es volver a nosotras. Ahí reside el verdadero amor; ese amor incondicional que esperamos encontrar al final del camino, ya existe adentro nuestro. Solo hace falta volver a él.

Cada persona avanza a ritmos distintos. Cada persona vive el amor propio desde realidades diversas. Vas a llegar, no importa cuanto tiempo y espacio tome hacerlo, pero vas a llegar.

Vamos a llegar.

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Blanca.

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