Para mí, una mujer introvertida, hacer amistades siempre fue difícil. De pequeña crecí con un rechazo interiorizado hacía lo femenino. Recuerdo odiar todo aquello que fuese visto como vulnerable, delicado o simplemente femenino porque desde que tengo uso de razón a todas las personas se les enseñaba a no ser mujeres.
No juegues como niña.
Eso es de mujeres.
No te sientes así, así se sientan las mujeres.
Todas y cada una de esas frases venían acompañadas de algo: rechazo. Rechazo al cuerpo femenino, a nuestros gustos, a nuestros deseos y necesidades. Inconscientemente, yo también me rechacé, no por las actividades que me gustaran o no realizar, sino porque comprendí que no importaba lo que hiciera, yo era una mujer y eso era suficiente para no ser un modelo a seguir.
Era irónico porque, al mismo tiempo, mientras más crecía más encontraba complicidad en otras mujeres.
Mientras más caminaba por el mundo me daba cuenta que jugar como niña, lejos de ser un insulto, era un halago de fuerza y valentía.
Mientras más conectaba con otras mujeres abría los ojos a la infinidad de formas de ser mujer. El eso es de mujeres obtuvo un tono distinto en mi cabeza. Amar con el corazón latente, eso es de mujeres. Tener la valentía de transformar el dolor, eso es de mujeres. Tomar decisiones y accionar, eso es de mujeres.
Al mismo tiempo, me daba cuenta del sexismo, machismo y misoginia que existía detrás de cada una de esas frases y recordé a los hombres que las nombraban con orgullo. Me dieron lástima porque el mismo sistema que les enseñó a ver a las mujeres de menos, también los encadenó a vivir como robots ajenos a sus sentimientos.
Pensé en mis amigas y lo sostenida que me sentía cada que nos reuníamos a conversar y beber una sangría Recordé como me limpiaban las lágrimas en medio de un baño, como me apretujaban la mano con cariño cuando la ansiedad me descolocaba, como lloraban conmigo aunque no comprendieran, como encarnaron mi enojo cuando la violencia me encontró.
Pobres hombres que, encadenados al sistema, no conocen la dicha de refugiarse en la vulnerabilidad del otro. Al patriarcado culpo por habernos hecho creer que sentir y conectar es una maldición que cargamos las mujeres. De serlo, quiero estar maldita toda la vida.
Mientras más crecía también crecía conmigo una necesidad carnívora de devorar mis sentimientos y sacarlos de mi boca transformados en algo más. Algo. Algo. Algo, pero no sabía en qué.
Como una animala comencé a explorar la vida a través de mi cuerpo; hice teatro y descubrí en mis expresiones una nueva manera de contarme. Hice baile contemporáneo y folclórico, comprendí al movimiento como el inicio de una historia pasada, presente y futura. Hice dibujos y adorné las paredes de mi casa con garabatos, rostros y paisajes que antes fueron mis emociones. Hice pinturas y manché mis dedos en el error y el renacimiento de un pincel.
Hasta que por fin llegué a la escritura. Escribí en la oscuridad de mi habitación y transformé al dolor en un monstruo manso. Escribí y escribí y escribí, pero mientras más lo hacía, una herida crecía y crecía. Yo no sabía cómo cerrarla. Yo estaba sola.
Aunque agradezco a la soledad todos los días, también le reclamo por hacerme sentir tan diminuta. Hacer arte me recordó lo diminutos que somos los humanos. También me hizo ver el rostro de mi historia y a veces era simplemente demasiado pesado. Demasiado real. Demasiado humano.
Mientras más escribía más surgía una sensación burbujeante en mi vientre. No sabía lo que era, pero mi intuición mi gritaba que era algo. Seguí escribiendo y en mis textos las mismas preguntas comenzaron a surgir: ¿Qué significa ser mujer? ¿Por qué me siento tan alejada de mí?
Una noche, luego de muchos años escribiendo y preguntándome lo mismo, tuve un sueño. En el sueño yacía yo desnuda, frente a mí una fogata con llamas altas y ardientes me llamaba, pero yo tenía miedo. Alguien me susurró al oído algo: “No estás sola, te hemos estado esperando”. Era mi abuela. No la veía, pero lo sabía.
Mis pies comenzaron a andar sobre la tierra mojada y antes de cruzar el fuego, recuerdo sentir paz. Una paz que hasta el día de hoy me acompaña. Al atravesar las llamas y llegar al otro lado, yo era distinta. Me veía igual, claro, pero mi cuerpo no cargaba con las heridas del pasado, mis ojos realmente observaban, mis oídos escuchaban, mi tacto sentía y entonces las vi ahí frente a mí. Mi abuela, la abue, mi mamá, mis tías, hermanas, primas y muchas mujeres a las que nunca había visto antes. Ahí estaban todas, esperando mi llegada.
Después de aquel sueño, comprendí la sensación burbujeante en mi vientre. Debía crear algo. Algo estaba a punto de nacer de mí. Ese algo debía encapsular mis miedos y deseos; mi miedo a ser vista, mi miedo a ocupar espacio, pero también mi deseo de conectar, mi deseo de comprender el porqué de esas preguntas que me persiguen: ¿Qué significa ser mujer? ¿Por qué me siento tan alejada de mí?
Cuando no encuentras tu lugar en el mundo debes de crearlo. Yo decidí crear un espacio que honrase mi linaje femenino, la escritura y comunidad. Así surgió mi tribu. Un club de escritura llamado Un jardín propio.
Este mes el club cumple un año de existencia y con ello la gratitud me ha llevado a reflexionar. En un principio no sabía muy bien lo que hacía. Acababa de terminar mi maestría en escritura creativa y mi camino como escritora era una interrogante constante, pero aún así continué.
Al inicio comenzamos siendo cinco mujeres. Eso para mí era tremendo. Luego fuimos 15, 25, 35 y ahora somos 50 mujeres. 50 mujeres de toda Hispanoamérica escribiendo, sosteniéndose la una a la otra y sobretodo, reconectando con la raíz de la vida: nuestra verdad y valores.
Ayer muchas me agradecían por haber creado el club y para mí no tenía sentido alguno porque yo estoy todavía más agradecida con ellas.
Hacer arte junto a estas mujeres me ha enseñado a escuchar desde la entraña, a abrir los canales de la comprensión y sostener aunque no podamos ponernos en los zapatos de la otra.
Es irónico porque aunque yo soy quién las guía, ellas me han guiado muchísimo más. Hoy me reconozco porque primero las reconocí a ellas. Hoy comprendo qué significa ser mujer porque las escucho en cada espacio y las leo en cada reto siendo ellas mismas a pesar del miedo y la vergüenza.
Escribir junto a estas mujeres me ha enseñado a ver a la otra como un espejo de quién somos. A veces choca, a veces duele, pero ahí están ellas para abrazarse y echarse porras cerquita o a la distancia.
Hoy el club existe gracias a ellas. A esas mujeres valientes que escriben aunque la sociedad les diga que se callen. A esas brujas que cruzan el fuego para renacer de las cenizas. A esas mujeres que hacen tribu, son guía y se atreven a ser en un mundo de apariencias.
Crear entre mujeres salva. Crear entre mujeres sana. Crear entre mujeres transforma.
“No te hagas más pequeña para ser más digerible, déjalos que se atraganten”. Que la incomodidad y la vergüenza dejen de vivir en nuestras costillas y gargantas.”
“Enamórate de tus manos, de tus pies, de aquellas piernas fuertes que te hacen andar.
Enamórate de lo que hay entre ellas.
Del origen.
Del final.
De todo aquello que te lleva a manifestar.”
“Mi madre y yo nos miramos una última vez. Ella fue la primera mujer que vi al llegar a este mundo. Y yo, la última mujer que verían sus ojos antes de cerrarse para siempre.”
“Y créeme, lo intenté.
Vaya que lo intenté.
Intenté sacarte de esta prisión de muertos.
Estuve dispuesta a dar mi alma
para sacarte del inframundo.
Hice tratos con Hades,
pero siempre me dejabas a medio camino.
Sola.
Sin saber si continuar sin ti o regresar por ti,
aunque eso significara ofrendar mi vida.
Sola.
Sin saber dónde más buscar.
Y ahora estoy tan vacía,
tan desconcertada,
tan perdida.”
“Yo sé que anhelas que llegue alguien que te diga que eres su persona favorita, que quiere hacer de todo contigo, empezando por ser la madrina de sus hijos, o su acompañante fija a su destino. Aún cuando lo niegas, hay una parte de tu interior que se sensibiliza al pensar que en la vejez estaría bien con quien compartir las anécdotas que treinta años atrás las marcaron. Algo que no sea un lazo endeble.”
“Me he llegado a preguntar y lo he platicado demasiado en terapia, ¿qué voy a hacer cuando él se vaya?, ¿a quién voy a acudir para tener consejos?, ¿a quién voy a molestar en las mañanas?, ninguna tiene respuesta. Lo mejor es vivir el momento, eso dice mi psicóloga y es lo que estoy haciendo.”
“Cuando verdaderamente te dejas y sueltas, cuando lo único de lo que estás a cargo es estar cayendo con las manos abiertas, finalmente liberas y detrás de ti están tus propias manos, está el amor que la vida siente por ti, está tu alma y tu corazón recibiéndote de vuelta y ahora eres “masa”, eres un todo sin forma definida, las manos que te sostienen te bañan de agua pura y cristalina, juntas te forman.. nueva y lentamente.”
“¿Acaso no nacemos ya con el pecado divino?
¿Por qué tenemos que pedir perdón todo el tiempo?
Si la humanidad por naturaleza se equivoca en todo momento…
No quiero vivir de rodillas, sino en la paz y acierto que solamente la he obtenido contigo, en tu hogar ha estado, así que me posiciono en la dicotomía; la hija rebelde y temerosa.”
“Tú no estás,
y suceden tantas cosas,
tú no estás, y como quisiera que lo estuvieses.
Tú no estás,
y la presencia no debe pedirse,
como diría tu madre:
donde no te llaman, no te quieren.”
“Vivo en versos poéticos, experta en dramas ajenos y obsesiones pasajeras (o no).”
“Soy una mujer de pocos amigos, mi círculo social es muy pequeño. Y aunque antes eso me frustraba, ahora comprendo que es es mi responsabilidad. Me cierro a las personas por miedo a lo que puedan hacerme sentir después. Pienso que por eso he perdido la habilidad de hablar, pues no siempre fui así.”
“He muerto,
¿Por qué no me abrazan?
He muerto,
Algo nace de mis entrañas.”
“Al final, la vida siempre nos está llevando a donde necesitamos estar. Aunque la mente no pueda entenderlo. Y quizás, en ese soltar, en ese suspiro profundo de rendición, encontrás la paz que tanto estabas buscando, abriéndose puertas que nunca imaginaste.”
“Ojalá pudiera imponerme como el mar:
ser temida por mi caos,
amada por mi abundancia,
y convertirme también yo
en musa de alguna historia.”
Y si tú también quieres unirte al club, un nuevo mes de escritura está por comenzar: Volver a mí. Una invitación suave y firme a detenernos, a bajar el ritmo, a escuchar lo que aún late dentro. A veces nos perdemos en el ruido, en las expectativas, en lo que los otros necesitan. Este mes, vamos a escribir para encontrarnos.
🪻 TALLER 1 — La voz que callé | Domingo 13 de julio - 10 am a 12 pm (GMT-6)
Un espacio para escribir desde lo que hemos silenciado o perdido de vista y para explorar la tensión entre la voz propia y la voz aprendida.
🪷 TALLER 2 — El cuerpo como casa | | Domingo 20 de julio - 10 am a 12 pm (GMT-6)
Un taller para reconectar con el cuerpo como territorio, refugio y memoria. Aquí escribirás desde las sensaciones.
🌻 TALLER 3 — Regresar es un verbo sagrado | Domingo 27 de julio - 10 am a 12 pm (GMT-6)
Un santuario de escritura para nombrar lo que nos devuelve a casa propia. También para escribir desde el placer, la presencia y la intención.
🌼 RETO DE ESCRITURA — 5 días para volver a mí | Inicia 15 de julio.
Un reto de 5 ejercicios de escritura que puedes introducir a tu vida cotidiana. Cortos, ligeros y cotidianos
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