Advertencia de contenido gráfico, horror corporal y gore.
Quizás lo que leas a continuación, no tenga sentido. O quizás, solo quizás, sí.
A veces creo que, en una mesa de gigantes, al centro, mi cuerpo mutilado se sirve como cena. Los gigantes tienen nombres antiguos que yo ya no sé pronunciar. Tienen rostros que yo ya no reconozco. Tienen voces que, como un eco, me recuerdan a la mía. Pero yo ya no tengo nombre, ni rostro, ni lengua.
Cada mañana me preparo para la cena de gigantes. Cuando me levanto, frente al espejo, me corto un pedacito de mi ser. A veces el disfrute, en otras tantas mi muchosidad, pero la mayoría de ocasiones termino por cortarme —con mis tijeras— el deseo.
Desear es un recordatorio de que aún soy alguien, y los gigantes odian que la comida sea alguien. Así que, como quien se prepara para el altar, he de transformarme en nada.
A veces, el deseo me vive en la tripa y tengo que hundir mis dedos entre mi carne para llegar a él. Pero el deseo se esconde entre mis intestinos y se adhiere a mi sistema cual parásito. Toda la vida, el deseo me ha sabido ajeno. Como un extraño del cual no soy digna, y desde esa afirmación me convenzo de que, cuando deseo algo o a alguien, estoy pecando.
Entonces, me corto los parásitos que me habitan el cuerpo, porque si no soy digna de desear, tampoco soy digna de ser.
Así, desnuda frente al espejo, me mutilo de a poco, con la destreza quirúrgica de quien aprende a hacerse pequeña. Primero, comienzo por mis párpados y los arranco para que así mis ojos, aún en sus cuencas, un día dejen de ver. Me amputo los dientes, uno a uno, para que, sin lengua, mi boca se convierta en un agujero negro: un espacio donde mis opiniones no puedan ser expresadas, un lugar donde mi deseo no escape su contenedor.
La tijera camina por mi piel en un intento de desfigurar mi ser. Es el turno de mis dedos: los trunco de su base como aviso de que no tengo permiso de acariciar y crear. Eso dicen los gigantes, entre risas. Y así llega el turno de mi sexo: castro su placer y su herencia. Castro su trauma y su futuro. Castro mi condición de mujer, porque eso me condujo a ser alimento de gigantes.
Mis piernas intentan correr de su lugar, pero no lo logran. Los gigantes dicen que mis muslos, muy grandes, son asquerosos. Así que he de cortarlos.
Al final, frente al espejo, ya no hay nadie. De tanto cortarme el ser, terminé por desfigurarme la vida. Detrás de mis párpados, el deseo de ser vista se esconde. Abajo de mi barbilla, la necesidad de ser sostenida habita. Y en medio de mis uñas, soy un ser que ya no sabe quién o qué es.
Estoy lista para la cena. Una bandeja de plata me espera sobre la mesa. Me coloco en mi lugar. Ya no soy alguien; ahora ya no soy.
Pues me encanta escribir horror corporal y nunca me había atrevido a compartir algo porque me aterra que conozcan esta parte cruda y oscura de mi escritura. Pero que para mí, se siente como la más real.
Gracias por leerme.
Con amor,
Blanca.
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