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La Octava Poesía · Sep 1, 2025

El poder de ser rara

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Blanca Quiñónez · La Octava Poesía

Para todas las mujeres raras.

En el centro de una casa de barrio, crece una niña de ojos grandes. La niña aún no lo sabe, pero esa grandeza que habita su mirada, años más tarde será considerada extraña.

La niña crece enamorada del silencio. Ahí, en medio de la sala se sienta a observar y observar y observar. Luego, un insecto aparece y ella fascinada le sigue. La niña habla con insectos y plantas como si fueran sus mejores amigos. No sabe cómo hablar con las personas, entonces solo las escucha. En casa su manera de habitar el mundo parece tan natural como respirar.

Pero la niña también debe crecer fuera de casa. En el colegio, su silencio pesa distinto: mientras las demás niñas conversan entre ellas, ella escucha desde lejos, sin saber qué decir. Un día, con las manos sudadas, se acerca a otra niña de ojos grandes. No sabe cómo saludarla, así que termina jalándole el cabello. La otra responde con la misma torpeza: rompiendo sus crayones favoritos. La maestra las castiga y las sienta frente a frente. Y entonces ocurre lo raro: en lugar de odiarse, se sonríen. Así, lo que empezó como un choque, se volvió la forma extraña en que nació su primera amistad.

Con ese empujón de valentía, un día, la niña se atreve a hablar en voz alta. Cuando ríe, mueve su cuerpo entero. Cuando habla sobre sus cosas favoritas, lo cuenta todo sin excepción alguna. Les cuenta sobre sus amigos insectos y de las plantas del jardín. La miran raro: es torpe con los gestos, intensa con la mirada, dispersa al hablar de sí misma. Y entonces alguien susurra: “¡Qué rara!”, y todos ríen. Pero la niña de ojos grandes no lo hace.

Ese es el último día que la niña habla con las plantas de su jardín. Desde entonces aprendió que para pertenecer debía disfrazarse, aunque ese disfraz pesara más que su propia piel. Pero la rareza no desaparece, solo se transforma en silencio, en incomodidad, en duda. Con el tiempo, entiende que lo que un día fue motivo de burla puede ser también una forma de resistencia, de autenticidad y de poder.

Desde pequeños aprendemos a leer los ojos de quienes nos rodean. Lo que en casa es normal —hablar con insectos, quedarse horas observando— afuera puede ser señalado como “raro”. Pero la realidad es que lo raro solo existe cuando aparece alguien que lo nombra como tal.

Lo raro no es inherente a quien lo porta; es un espejo de cómo la sociedad define lo normal. Por eso cuando un infante, adolescente o adulto sale de la norma, se le cataloga como extraño porque en el imaginario colectivo se ha acordado qué es y no aceptable. Como reflexiona la psicóloga infantil Dorothy Singer, “los niños que no se ajustan a la norma establecida suelen ser percibidos como problemáticos, cuando en realidad su sensibilidad es un signo de profundidad emocional y creatividad” (Singer, 2018).

Yo era esa niña de ojos grandes a la que llamaron rara por ser callada e intensa. Por en la adolescencia tener temas particulares de interés y por hoy, en la adultez, vestir, hablar y ser de una manera singular. Desde que tengo uso de razón recuerdo ser señalada como distinta, no porque yo lo sintiera así sino porque así me nombraron.

Lo que llaman extraño dice más de quien mira que de quien es observado. En nuestra sociedad, como líneas invisibles, se marcan los límites de quién cabe y quién no. De quién es normal y, por consiguiente, aceptado. De quién es extraño y, por ende, rechazado. Así es como todo lo que se cataloga como raro, en realidad, solo es un espejo de lo que incomoda a la norma social. Así es como se cataloga como raros, inadaptados, freakies a todas aquellas personas que existen de manera distinta.

A esos que deciden salirse de un sistema o a esos otros que ya nacieron fuera de este. A los freakies enamorados de los musicales y/o el anime. A las chicas raras obsesionadas con un personaje ficticio o un tema en particular. A las, les y los que se visten distinto con colores vistosos y prendas extravagantes. A los raros que hablan con los peces o, como yo, con los insectos y las plantas. A las personas extrañas que son dramáticas y caminan por el mundo como si fuese un escenario. O a las personas calladas y observadoras, a esas que hacen del silencio un lenguaje.

Si existen tantas maneras de vivir y de ser, ¿por qué queremos mimetizar todo?

La sociedad nos dice: sé tú misma, pero solo si encajas.

No puedo hablar de mi experiencia siendo una persona rara sin tocar el género como un sistema que me traspasa. Como mujeres se nos enseña a hacer y ser de todo para entrar en la norma social. Entre líneas, te enseñan que si eres mujer no tienes permitido ser rara porque la rareza no es atractiva. A nadie le gusta una mujer extraña.

Entonces, con el tiempo, las niñas de ojos grandes descubren que ser rara duele cuando los demás no lo aceptan. Aprender a esconderse se convierte en una estrategia de supervivencia: no hablar demasiado, no mostrar entusiasmo excesivo, no levantar la voz, no contar los secretos de su imaginación, mucho menos hablar con insectos. Cada gesto se filtra desde la censura interna. El cuerpo y la mente se convierten en una cárcel.

El silencio aprendido protege, pero también encadena porque mientras más hablas, descubres que no eres feliz con la máscara que muestras. Lo que un día fue fascinación por el mundo —la intensidad de los insectos, la pasión por las plantas, la curiosidad desbordante, tu loca manera de vestir o de reír— se transforma en vergüenza y soledad.

Así, las niñas de ojos grandes se transforman en mujeres con miradas pequeñas. Mujeres con miedo a ser ellas mismas. Mujeres con temor a ser juzgadas. Mujeres que aprenden a encajar incluso si eso implica hacerse chiquitas para no incomodar. Como señala la escritora Brené Brown, “ocultar nuestras diferencias puede ayudarnos a sobrevivir socialmente, pero nos aleja de la vida plena y de la conexión genuina con los demás” (Brown, 2012).

En un sistema patriarcal mantener a cada mujer alejada de su rareza es una estrategia para apaciguar nuestro poder.

Lo que no te dijeron es que lo que otros llaman rareza, en realidad tiene otro nombre: autenticidad.

Carl Rogers y Abraham Maslow, los principales psicólogos del movimiento humanista describieron al ser humano plenamente funcional de manera que destaca la autenticidad. Según Rogers (1961), una persona auténtica es aquella que puede recibir, interpretar y actuar de manera abierta sobre sus respuestas emocionales y sus estados internos. Pero para poder realizar estas acciones, la persona debe primero aceptarse auténtica. Lo que a su vez implica aceptarse raro.

La rareza es lo que nos define como personas. Son esas cualidades “extrañas” las que nos hacen seres únicos. Gracias a esas personas raras con visiones del mundo distintas, hoy tenemos al arte como lo conocemos. Desde directores de cine como Julia Ducournau y Tim Burton hasta escritores con mentes disruptivas como Mary Shelley con Frankenstein o Juan Rulfo con Pedro Páramo.

Tu rareza es un lenguaje propio que nadie más que tú puede hablar y ahí se encuentra la belleza. Es en esa forma de mirar el mundo donde todos podemos ver desde otros ojos cuando alguien raro se atreve a crear.

Las personas raras sienten, imaginan y crean con intensidad; transforman lo que otros pasan por alto en mundos nuevos, historias profundas y descubrimientos sorprendentes. En la escritura, el arte o la ciencia, lo raro se vuelve fuerza.

Ser raro es mirar distinto para luego traducir nuestra diferencia en creatividad.

El mundo ha sido transformado por los locos, los freakies, los raros. Nadie normal ha cambiado el rumbo de la vida. Entonces, si tu rareza es un regalo. ¿por qué no la aceptas como tal?

Aceptarse rara no es un gesto privado, es un acto político. Lo raro incomoda porque interrumpe la norma, porque recuerda que existen otras formas de habitar el mundo que no caben en el molde. Durante años aprendimos a disfrazar la diferencia con silencios y sonrisas obedientes, a bajar la voz para no llamar la atención, a esconder lo que nos hacía sentir demasiado.

Cada vez que la niña de ojos grandes decide mostrarse tal como es —hablar de sus pasiones sin miedo, reír con intensidad, mirar el mundo de manera distinta— está cuestionando lo que otros consideran correcto, lo que ella “debería ser”. Es, en ese momento, cuando aceptarse rara se convierte en resistencia.

Lo político de la rareza no se encuentra en los grandes actos sino en lo cotidiano; en esa mujer gótica que, aún sabiendo que puede sufrir burlas, decide salir a la calle con su ropa preferida. En esa niña que aprende todo sobre las ranas para luego contárselo a todo el mundo. En esa adolescente que mueve su cuerpo, en medio de la calle, para relajarse. Lo político de la rareza está en el acto de no moldearse para encajar y de no estar dispuesta a apagar nuestra voz para gustar.

Reivindicar la rareza es negarse a ese borrado. Es escribir, crear, pensar desde la grieta y no desde el centro. Sylvia Plath con sus poemas oscuros, Clarice Lispector con sus preguntas imposibles, Alejandra Pizarnik con su voz quebrada: todas hicieron de su rareza una fuerza literaria. En ellas lo raro dejó de ser vergüenza y se convirtió en lenguaje, en brújula, en fuego. Nombrarse rara es dejar de pedir disculpas por existir, es ocupar con dignidad un cuerpo y una voz que la infancia aprendió a callar. En un mundo que premia lo uniforme, aceptarse rara es rebelarse contra la norma y, al mismo tiempo, tender una mano a otras: aquí estamos, aquí cabemos, así brillamos.

Porque al final lo personal es político. Cuando una mujer decide quitarse las cadenas y salir de la jaula que es la norma, también esta transformando su entorno. En una sociedad que nos obliga a ser todos iguales, sin chispa y luz, atrevernos a ser singulares es reivindicar nuestra existencia.

Cuando te aceptas rara, también inspiras, invitas a cuestionar y abres la puerta a que otras personas se atrevan a expresarse libres. Cada que te permites ser rara, te permites ser auténtica y la autenticidad es el único camino hacia una vida plena.

Ser rara te libera.

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Septiembre en el club de escritura es para las mujeres raras, las que crecieron siendo catalogadas como extrañas, las que siempre se han percibido distintas, singulares y únicas. El poder de ser rara es un mes de escritura para reconocer esa rareza. El poder de ser rara celebra la singularidad, la mirada única que nadie más tiene, la voz que se atreve a no encajar. Aquí, lo que alguna vez fue un peso se vuelve fuerza, lo que fue silencio se convierte en grito, y lo que otros llamaron extraño se vuelve extraordinario.

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En septiembre al unirte al club accedes a:

🫀 2 talleres online de escritura de 2.5 horas cada uno (Siempre se graban)

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