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Bibliofilia · Jan 4, 2026

Hernán Casciari

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Jessie Ruetter · Bibliofilia

Escuchaba a Hernán en el auto con mi papá. Todos los fines de semana, durante casi diez años, dejábamos atrás la ciudad de Buenos Aires para ir a la casa de mis abuelos en Pilar, en las afueras de la capital. Al cruzar la Avenida General Paz, yo conectaba mi celular al reproductor de audio del auto y le daba play al audiolibro que todavía no habíamos escuchado. La voz de Casciari, grave, profunda y robusta como él mismo, salía firme por los altavoces mientras atravesábamos el paisaje de edificios cada vez más bajos, supermercados mayoristas cada vez más grandes e islas verdes entre las carreteras donde la gente se sienta a cebar mates y tomar sol. La voz del escritor, editor y columnista argentino nos contaba cuentos cortos mientras durara el viaje— desesperadamente largo si nos atascábamos en el tráfico típico del sábado al mediodía.

Hernán Casciari es el autor de una veintena de libros de cuentos. Es el fundador de la Revista Orsai, ahora también editorial y enorme comunidad literaria, y el director de la productora audiovisual homónima—la cual produjo el film La Uruguaya y la más reciente serie El mejor infarto de mi vida (basada en la historia real del infarto que sufrió Casciari en 2015). Hace más de dos décadas que Hernán cuenta sus relatos en múltiples formatos. Antes de fundar Orsai, Casciari había incursionado en el periodismo gráfico, en la radio, en la televisión y en el teatro. Hoy continúa interpretando la obra “La señora que me parió” junto a su madre, Chichita, y lleva adelante el unipersonal “Puro cuento” en avenida Corrientes. Narra sus relatos, muchos sobre su familia y su infancia en Mercedes (ciudad a poco más de cien kilómetros de la capital), en el programa radial Perros de la calle de Urbana Play. Entre ellos, aquel en el que explica por qué Messi es un perro, y el estelar “La valija de Lionel”, cuento que emocionó al mismísimo ícono del fútbol argentino. Con un humor afilado y un carisma inagotable, en sus redes sociales también recupera, en voz alta, anécdotas varias de su memoria de elefante.

A Hernán le gustan las malas palabras y las pronuncia con ganas en varios de sus relatos. También desenvaina con elegancia las expresiones argentinas que florecen en el habla pero que pocas veces aparecen con naturalidad en nuestra literatura. Su voz está llena de coloquialismos y también se aferra con fuerza al acento nacional, que mantiene a pesar de haber vivido más de quince años en Barcelona (donde emigró de joven y comenzó a escribir el blog del cual nacería su primer libro, Más respeto, que soy tu madre). Podría reconocer la voz de Casciari en cualquier lado. Su lectura sigue un ritmo firme pero tranquilo. Con la confianza de los viejos amigos, Casciari se acerca al micrófono y nos cuenta al oído lo último que pensó, vio, recordó y escribió. Su voz rasposa se desliza suavemente sobre las oraciones de palabras sencillas, y se contorsiona para adoptar las voces de distintos personajes, agudizando el tono, por ejemplo, cuando bien imita a su madre. La melodía de los diálogos nos relajaba, a mi papá y a mí, en nuestros viajes.

Mi papá no es un gran lector, pero es un gran consumidor de historias. Los cuentos de Hernán, disponibles en Spotify, duran entre tres y cinco minutos. Al terminar uno, él enseguida me pedía que diera play al siguiente, y al siguiente, y así hasta que llegábamos a destino. Hay un elemento muy especial, casi adictivo, en escuchar una historia materializada en la voz de su autor. Como lee poco, casi no hemos compartido libros, pero mi papá tiene una curiosidad inagotable (se hace muchas preguntas sobre cómo funcionan las cosas y por eso es un fiel seguidor de Valentín), y escucha historias de todo tipo en entrevistas de radio, en documentales, videos de YouTube de hora y media, y en la gente con la que se cruza y con la que mantiene largas conversaciones. Cuando mi papá descubrió a Casciari y sus relatos en voz alta, encontramos nuestra forma de compartir historias. Él está tan entusiasmado como yo con esta entrevista. Por videollamada, hablamos Casciari en Buenos Aires y yo en Boston.

Hernán Casciari. Foto por Gaspar Kunis. Gentileza del autor.

Muchos lectores no llegaron primero a tus libros, sino a tu voz. Te escucharon en audiolibros, en el teatro, en la radio, en podcasts. ¿En qué momento te diste cuenta de que tu manera natural de contar no era sólo escribir, sino también decir?

Fue un aprendizaje muy lento, a partir de una propuesta que me hizo [el conductor de radio] Mario Pargolini hace un montón de años. Uno de sus hijos había leído un libro mío, y cuando él lo leyó entendió que eran textos muy “radiales”. Entonces me llamó y me dijo: ¿por qué no lees los textos en la radio? Me resistí porque siempre entendí que la lectura de un escritor es una lectura monótona, ausente de matiz. Yo no conozco a escritores que lean bien.

Pero él me insistió, y después de algunos intentos me empezó a gustar. Comencé a recortar mis textos, que en general eran de una extensión que trasciende lo radial, y ese proceso me empezó a divertir un montón. Me di cuenta de que los silencios funcionaban casi como reglas gramaticales, y que mis textos tenían una textura diferente cuando los leía en voz alta.

La gran ventaja de interpretar lo que uno escribe es que uno no sabe si el lector sabe poner los puntos, si sabe manejar la ironía, si sabe comprender un matiz. Si lo leés vos, puede ser que te guste porque tenés un ejercicio muy cotidiano de la lectura, pero si sos una persona que no lee tanto, quizás te va a aburrir, no te va a gustar, o no te va a llegar como yo quisiera que te llegue. Prefiero mil veces leértelo yo. Pienso que, si te lo leo, te va a gustar más.

¿Creés que eso hace que tus textos sean literatura para no lectores?

No creo que la lectura sea el único puente hacia la literatura. Me resulta raro que el puente indique el nombre del país al que vas a llegar. El acto de contar cuentos es anterior a la escritura y la lectura; en la Historia, la escritura vino muchísimo después.

En “La luna por 20 dólares”, uno de tus cuentos más conocidos, escribís: “Las historias ya no vienen solamente en el formato de un libro o de un ticket para ir al teatro. Las historias también vienen dispersas en las charlas, en las sobremesas. Vienen colgadas en las paredes.” Esta forma de pensar se convirtió en tu propia carrera: tus historias se transformaron/orientaron hacia lo audiovisual y lo editorial en términos mucho más amplios que el mero texto escrito.

Salto de un formato al otro. En el último año y medio también estoy muy metido en dar clases y talleres, y eso me divierte un montón. Creo que me gusta desafiar la posibilidad que te da el formato. No importa cuál, me gusta entender cómo es el formato, qué te permite, y ver qué más puedo hacer con él.

En ese mismo cuento, en el que el narrador compra un pedazo de luna a un norteamericano que dice ser su dueño, defendés a los “estafadores” que venden historias falsas y a los inocentes (como vos, en el relato) que las compran. La idea no está alejada de las columnas “incorrectas” (vos las llamás así porque eran columnas con chistes y menciones polémicas) que enviabas al diario LA NACION y de tus blogs en primera persona sobre la vida de personas inventadas. ¿Cómo es tu relación con el periodismo y con la verdad en tus historias?

El periodismo fue un recurso de mi primera juventud para conseguir trabajo. No era algo que a mí me interesara mucho. Me interesaba como arcilla para después hacer algo más divertido con eso. La verdad, que es la fuente principal del periodismo, no me interesa en sí misma. Sí me interesa como consumidor: me encanta el periodismo y lo celebro. Pero no me interesa en absoluto como creador. Uso la verdad como un ingrediente para jugar.

Otro de esos ingredientes es tu familia. Muchos de tus personajes son familiares, como tu mamá y tu hija. Las familias están llenas de anécdotas y drama (la mía siempre bromea con que tiemblan cuando escribo). Pero vos diste un paso más: subiste a tu familia al escenario. ¿Cómo surgió la idea de llevar tus cuentos al teatro, con tu familia real como elenco?

Mi familia es extrovertida. Hubiera sido imposible hacerlo sin la anuencia inicial de los protagonistas. La primera vez que lo hicimos pensamos que iba a ser por única vez. Yo estaba recién llegado de España e hice una función para presentarles a mis lectores, que ya conocían los personajes, a las personas reales que ocupaban esos zapatos. Nos divertimos mucho haciéndolo, y notamos que se divertían mucho los que habían venido a vernos.

Entonces dijimos: hagamos otra. Y así estuvimos años. Pero nunca fue una estrategia. Dejamos de actuar cuando empezó la pandemia, y cuando reabrió el teatro, yo me di cuenta de que mi vieja lo seguía necesitando. Entonces armé una [obra] específica para ella, que es la que seguimos haciendo ahora. A ella le gusta y no se le puede decir que no. A mí me divierte, pero sobre todo soy consciente de que nunca fui un buen hijo, y con esto tengo la posibilidad de serlo. Lo hago para ganar puntos, para equilibrar un poquito.

Muchos de tus cuentos tienen que ver con tu infancia en Mercedes. Hace poco, en el blog en el que publicás tus textos, reflexionaste que escribís con una “añoranza exagerada” de un tiempo anterior. ¿Qué hay en la nostalgia que es muy productiva como materia creativa?

A mí me encanta recordar. Y el recuerdo muchas veces se interrumpe porque estás ocupado haciendo otra cosa. En cambio, en el acto de escribir le doy un espacio a ese recuerdo. Me pregunto: ¿cómo era mi casa? Generalmente, uno no se hace esas preguntas. Pero cuando te sentás a escribir, sí te las hacés, y el recuerdo acude rapidísimo a ocupar esos lugares.

Veo los mosaicos de mi casa, escucho la voz de mis viejos, recuerdo mi ingenuidad, la absoluta incerteza de todo lo que iba a pasar. Es como una especie de maqueta, y la hago hablar. No sé si hay algo más divertido que eso en el mundo. A mí me enloquece. Si después le gusta a un lector, buenísimo; pero para mí es un milagro el proceso.

Si te olvidaras por un momento de la editorial, de la revista, de la productora, entre otros proyectos que implican un trabajo de muchas manos y etapas, y volvieras a estar solo frente a tu escritorio, ¿para quién escribís?

Cuando mi hija mayor era chiquita, yo escribía muchísimo más que ahora, y pensaba que escribía para que cuando ella creciera pudiera tener mi palabra. En forma chistosa, incluso, porque yo no creo escribir bien, pero escribo divertido. Hoy eso se confirma. Mi hija tiene veintiún años, y a veces en conversaciones me refiere a cosas que yo nunca le conté, pero que ella leyó.

También tengo una hija de ocho, que también va a ser una razón para escribir. Mi papá se murió en 2008 y hay mucha gente que lo conoce gracias a los cuentos que yo escribí sobre él. Eso me parece increíble. Pensar que dentro de un montón de años mi papá seguirá vivo en la lectura me emociona un montón.

Hernán Casciari. Foto por Gaspar Kunis. Gentileza del autor.

Mis rutinas y rituales van cambiando. Cuando era más joven, era un fan de los rituales. Necesitaba los lápices a un lado, un determinado pantalón para escribir, eran rutinas que, más que con la realidad, tenían que ver con cierta entonación que yo quería lograr como escritor. Con el tiempo me di cuenta de que se puede escribir en cualquier lado y de cualquier manera. No hacen falta tantas cosas.

Televisión, cine, radio, literatura, teatro, voy cambiando de rubro y a esta altura no hay uno que se me haya negado. Está bueno que sean cinco o seis las cosas que me gustan porque puedo saltar de una a la otra y no aburrirme nunca. Lo que me apasionaba cuando era chico me ha servido mucho como índice: la radio, la tele, el teatro, el cine, los libros, eran las cosas que me gustaban, y no había tantas más. Creo que ese es mi perímetro, y dentro de ese perímetro no hay nada que no haya hecho con ganas.

Todos los proyectos en los que trabajo ahora me divierten mucho, pero requieren de muchísima energía y no los voy a hacer toda la vida. Pero sé que lo que no voy a perder es la energía de escribir. En el futuro, guardo un “lugarcito” para la escritura que espero con ganas. Y va a ser una escritura nueva: tengo un montón de cosas que contar, que por todos estos emprendimientos dejé de contar. Son como una masa levando en una heladera. Algún día haré pizzas con todo eso.

¿Cómo no va a haber razones para escribir? Los hijos, los padres, las razones son esas. No tienen que ver con las razones de mi primera juventud, que eran la vanidad, el ego, el éxito, el dinero. Todo eso o ya pasó, o no hace falta, y las cosas que quedan son más simples y esenciales. Escribir tiene que ver con la transmisión de las identidades, para que el otro sepa de dónde viene uno. Hay una cosa lúdica en escribir que a mí me enloquece: sin ningún tipo de maquinaria, lograr una especie de regreso al pasado. Hay algo ahí que me convoca mucho.

Soy tremendamente nostálgico pero no en el sentido de haber perdido algo bueno, sino de haber tenido algo bueno y poder recuperarlo cuando se me antoja, y compartirlo con otros. Poder entregarle eso, más allá de los lectores, a mis hijas y decirles mirá esto, mirá lo que pasaba, y que les interese, es un regalo espectacular. ●

Querido lector de Bibliofilia:

Espero que hayas empezado muy bien este 2026. En el 2025 no leí todo lo que me habría gustado. Me digo a mí misma que no pasa nada, y si vos también sos un lector o lectora ambicioso que leyó menos de lo que se había propuesto, me animo a decirte lo mismo: quizás no empezaste ese libro clásico que te propusiste leer hace tiempo, quizás no terminaste la novela que dejaste por la mitad hace unos meses y que todavía te espera en tu mesita de luz. Está bien. Con los bloqueos lectores que hayas atravesado, los altibajos del año, las mudanzas y cambios de ciudades (en mi caso), y las eternas listas de cosas pendientes, espero que hayas disfrutado de las lecturas que hayan podido ser; en la playa, en el balcón, en la mesa de la cocina mientras se te enfría el té, haciendo tiempo en la sala de espera o atravesando la ciudad en colectivo. Hayas leído mucho, o poco, o casi nada, espero que te hayas encontrado con buenos libros, de esos que nos dejan pensando, que inician conversaciones entre los que nos rodean y que originan ciclos de intercambios (que siempre valen la pena, aún bajo el riesgo de no ser devueltos al propietario original). Como escribí hace un año, al final del día no importa tanto la cantidad de libros leídos, sino lo que esas historias nos dan y lo que nos muestran de nosotros: lo mucho que nos acompañan en lo vertiginoso de la vida. Sean muchos o pocos, deseo que este año nos traiga buenos libros por descubrir. Espero, desde acá, contribuir a tus lecturas recomendándote textos que te entusiasmen leer.

Este año los lectores de Bibliofilia siguieron creciendo y me alegra que cada vez seamos más los que compartimos la pasión por los libros y la curiosidad por entender cuándo, dónde, cómo y por qué escriben los que escriben. Si te gusta este newsletter, recordá que podés invitar a otros a que se suscriban compartiéndoles el enlace bibliofilia.email. Y ante cualquier inquietud bibliófila, idea o recomendación que quieras acercarme, me podés escribir a jessie@bibliofilia.email.

Te mando cariños desde Ciudad de México (donde, entre otras cosas, estoy haciendo un tour por librerías que ya voy a compartir). Que tengas un muy lindo domingo. Un gran abrazo,

Jessie

Read the original on bibliofilia.substack.com

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