Queridos lectores de Bibliofilia:
La semana pasada la escritora argentina Samanta Schweblin ganó el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana por su libro El buen mal. En febrero tuve la oportunidad de entrevistarla para la revista The Harvard Review of Latin America, donde se puede leer nuestro intercambio en inglés. Acá les comparto nuestra conversación en su español original. Espero que la disfruten.
Jessie
En conversación con Samanta Schweblin
Tomé el último libro de cuentos de Samanta Schweblin de un estante señalizado como “Literatura en español” de la biblioteca pública de Cambridge, en Massachusetts. El volumen compartía estante con algunas de las novelas, algo desvencijadas por el paso del tiempo, de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar e Isabel Allende, varios de los más grandes escritores latinoamericanos del último siglo. Si bien el de Schweblin es un libro publicado recientemente, en abril de 2025, sus esquinas también ya estaban algo abiertas por el uso.
En su tapa, bajo el nombre de la autora, aparecían tres palabras simples pero misteriosas en su conjunto: El buen mal. Como lo indica la paradoja del título, las historias de Schweblin se deslizan en la ranura entre lo familiar y lo extraño, entre lo cotidiano y lo que repentinamente se sale de serie. Como reflejos engañosos de la realidad, espejos rotos o imágenes dobles, tensionan los límites entre lo real y lo fantástico. En ese límite está la clave de una escritura desesperantemente cautivadora.
Schweblin nació en Buenos Aires, Argentina, en 1978. Vivió en México, Italia, Alemania y China, y desde hace más de diez años reside en Berlín, donde escribió la mayoría de sus libros. Sin embargo, sus historias siempre vuelven a los paisajes argentinos: algunas ocurren en la Patagonia, otras en las vastas pampas, en la costa o en el área suburbana de Buenos Aires. Es la autora de las colecciones de cuentos Pájaros en la boca (2009) y Siete casas vacías (2015), la nouvelle Distancia de rescate (2014), y la novela Kentukis (2018). Galardonada internacionalmente y traducida a más de 35 idiomas, su obra se encuentra en librerías y bibliotecas alrededor del mundo. Seguramente, como yo, te hayas encontrado con sus títulos en la vidriera central de tu librería o biblioteca favorita, cualquiera sea tu ciudad. Y Schweblin no es la única escritora latinoamericana contemporánea con semejante proyección internacional.
En la última década, escritoras como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, entre otras, también se leen con fervor dentro y fuera de Latinoamérica. Tanto es así que algunos medios han definido el fenómeno como un nuevo “boom” latinoamericano, en referencia al término que se utiliza para describir el éxito de autores de la generación que incluye a Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar desde los años sesenta. Schweblin siempre se opuso a esta idea, respondiendo en varias entrevistas que la literatura escrita por mujeres no es una moda, sino tan solo lo que escribe la mitad del mundo. Las mujeres siempre leyeron y escribieron, afirma, pero las editoriales ahora están más dispuestas a publicarlas y los lectores a leerlas. Schweblin afirma que su popularidad, y la de muchas otras escritoras de la región, llegó para quedarse.
En esta entrevista, a un año del lanzamiento de El buen mal, y en el contexto de su popularidad global, Samanta Schweblin se expresa sobre la recepción de su obra fuera de América Latina. También discute la idea de este “boom” literario femenino bajo el cual suele identificarse su obra y reflexiona sobre cómo el reconocimiento internacional afecta su proceso de escritura.
Tus libros circulan mucho hoy en Estados Unidos. ¿Cómo pensás que tus historias tensionan o dialogan con las ideas sobre lo latinoamericano y lo argentino en Norteamérica?
Me gustaría pensar que no somos lectores tan diferentes, somos todos americanos, y nuestras tradiciones literarias están más conectadas de lo que a simple vista pareciera. Vivo en Berlín y viajo mucho por Europa para apoyar las traducciones de mis libros, y puedo asegurarte que hay mucha más distancia entre un lector argentino y uno noruego o austríaco que entre un lector argentino y uno norteamericano. Alimentamos nuestros miedos con todo lo extraño que nos rodea, y asumo, también, que para muchos lectores norteamericanos, lo extraño más vecino somos este enorme mundo latinoamericano. Gran parte de mi formación como lectora fue leer las traducciones que los españoles hacían de Carver, Cheever, O’Connor, Faulkner… Y a su vez, cuando leo a algunas de mis autoras favoritas norteamericanas, como pueden ser Aimee Bender o Kelly Link, es tan evidente para mí en ellas la influencia latinoamericana.
Este renovado interés por la literatura latinoamericana en Estados Unidos y Europa, ¿podría contribuir a desarmar la imagen de una América Latina homogénea?
Latinoamérica es inmensa, contiene culturas, lenguas y pasados muy disímiles. Y como todo, cuando algo nos parece simple, basta prestarle verdadera atención para descubrir su complejidad.
En varias oportunidades cuestionaste la idea de un “boom” de escritoras latinoamericanas, entendida como un paralelo del boom de mediados del siglo veinte. Si tuvieras que explicar este momento más allá del concepto de boom, ¿qué término te parecería más adecuado?
La literatura escrita por mujeres era, hasta hace muy poco, una literatura minoritaria. Y estos últimos años, quizá como reacción a esta fuerte reverberancia hacia la simplificación y la radicalización, los lectores literarios han puesto una atención especial en las literaturas minoritarias, (sobre todo la que escriben las mujeres, pero no únicamente). Cada vez se lee menos ficción, pero el hecho de que el consumo masivo de historias—que de todas formas seguimos necesitando como humanidad— se haya mudado a las plataformas de streaming y a los reels de las redes sociales, también deja más espacio en la ficción literaria para pensar y complejizar lo que no tiene espacio en lo masivo. Las burbujas de los lectores literarios se volvieron entonces más curiosas y especializadas.
¿Por qué pensás que este fenómeno literario es femenino? ¿Qué cambia cuando son las mujeres quienes narran lo violento, lo grotesco, y lo fantástico?
Esta gran visibilidad de las escritoras latinoamericanas es también el resultado de los fuertes movimientos feministas del 2015 y 2016. Las mujeres salieron a las calles en prácticamente todas las capitales latinoamericanas y ganaron nuevos derechos, como los del aborto, en muchos de estos países. En algún punto, entendieron que ellas representaban más del 85% del consumo de libros, pero leían mayoritariamente a varones. Cuando de un momento a otro, la atención se volvió sobre las mujeres, sacudieron el mercado. Fue una ola que tocó no solo la ampliación de los derechos de las mujeres, sino también las historias que estábamos dispuestas a contarnos a nosotras mismas.
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En tu escritura, lo monstruoso no irrumpe desde afuera, sino que emerge de lo cotidiano. ¿Qué hay en ese realismo que se tuerce que creés que interpela y atrapa a lectores de contextos muy distintos?
Solemos asociar lo extraño a lo imposible y a lo monstruoso, pero lo más interesante de ese mundo de “lo extraño” es que casi nunca contradice al realismo. Lo extraño es muchas veces una fisura del realismo que, lejos de mostrar que hay un monstruo, señala hasta qué punto muchos límites de lo “real” y de qué es posible o aceptable de suceder en determinadas culturas o situaciones, no son más que etiquetas, prejuicios, e ideas que nosotros mismos imponemos a la realidad. Y me encantan estos pequeños momentos de iluminación, me alivian, me permiten volver a respirar.
Mencionaste en una entrevista que no hay tema más atractivo que la muerte. Sin embargo, muchos de tus relatos se quedan justo antes de la tragedia. ¿Qué te interesa de ese borde, de ese “casi”, que a veces resulta más desesperante para los lectores que la muerte misma?
Claro que hay temas tanto o incluso más atractivos que la muerte. Solo que me llama la atención el nivel de protagonismo que la muerte tiene en nuestra ficción. Sobre todo, ahora que consumimos muchas series, uno entra a estas plataformas y de verdad parece que hubiera una gran variedad de opciones, pero todo el mundo está mirando siempre las mismas cuatro o cinco, y casi todas son historias enredadas alrededor de la muerte, o los asesinatos, los accidentes y las enfermedades que derivan en muerte. En la ficción literaria la muerte tiene también tanto peso que muchas historias terminan dándole su momento más protagónico, que es el del final. Me pregunto si hay acá una búsqueda genuina o no habrá a veces un camino rápido al entretenimiento más simple. Creo que, en la repetición de estos temas, sin profundizarlos realmente o buscar descubrimientos nuevos, hay algo que se desgasta, que pierde sentido.
Vivís fuera de Argentina desde hace años, pero tus textos siguen volviendo a paisajes muy específicos del país. ¿Qué te ofrece la distancia que no te daría la cercanía?
No siento haberme ido del todo. Paso varios meses cada año en la Comarca Andina*, en el sur donde vive mi familia y desde donde me gusta escribir. Y en Berlín, cada vez que trabajo en mis historias, siento que el territorio al que vuelvo es Argentina, ahí miro y ahí pienso. Es como si la distancia con mi país en lugar de alejarme me hubiera acercado, ahora que estoy lejos, tengo la distancia para verla al completo. Estar lejos suma además un extrañamiento constante a todo lo que rápidamente podemos asumir como familiar, y por lo tanto dejar de notar, o rápidamente naturalizar.
(*Nota: En la Patagonia argentina, la Comarca Andina se extiende entre Río Negro y Chubut, incluyendo las localidades de El Bolsón, Lago Puelo, El Hoyo, Epuyén y alrededores.)
Desde que tus libros circulan masivamente y son objeto de análisis académico, ¿sentís que algo se volvió más difícil de escribir? ¿Hay textos que no escribiste o que escribís de otra manera por la exposición?
Me asusto de estas cosas sobre todo cuando me hacen la pregunta. De verdad no es algo que se meta en la escritura. No porque determinados miedos o ideas no se me crucen, creo que la gran mayoría de los escritores tememos dejar un día de tener ideas, o de sentirnos bloqueados, o mal influenciados por determinadas expectativas, o incluso dejar de ser leídos. Esos miedos existen, sí, nunca diría que estas cosas no se me pasaron por la cabeza. Pero cuando estoy escribiendo todo eso se apaga, el ruido queda milagrosamente afuera. De hecho, escribir se siente tan bien justamente por eso mismo, porque conectar con el material es liberador y urgente, y apaga inmediatamente todas esas distracciones.
¿Cómo es tu práctica de escritura hoy: escribís a mano o en computadora, y en qué espacio? ¿Hay mejores momentos del día o del año?
Depende de en qué etapa de la escritura esté. Cuando estoy jugando con ideas o intentando entender alguna historia que aún no veo del todo clara tengo rutinas más flexibles. Leo mucho, salgo a caminar y voy tomando notas por ahí. Cuando ya estoy escribiendo o reescribiendo, embarcada ya de lleno en un proyecto, entonces sí me sumerjo en jornadas de escritura más largas en las que trabajo más concentrada cada día. Escribo en casa, en la computadora, desde temprano en la mañana hasta pasado el mediodía. También escribo mucho los meses de noviembre y diciembre, que suelo pasar en el sur argentino, cuando visito a mi familia.
¿Por qué escribís?
Escribo para intentar entender. Para ordenarme, para medir cuánto me dolerían las cosas que me dan más miedo, y ensayar cómo podría sobrevivir a ellas. La ficción me ayuda a entender todo eso otro que queda afuera del mundo que soy capaz de explicarme. Me pasa lo mismo como lectora, leo y habito el espacio de la duda, los grises, la introspección y la confrontación. Los busco adrede y me alivia encontrarlos.●

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