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Bibliofilia · Nov 2, 2025

Dibujar a Harry Potter

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Jessie Ruetter · Bibliofilia

Mi hermano y yo siempre fuimos muy distintos. De chicos, yo intercambiaba stickers y jugaba al elástico. Él intercambiaba figuritas de equipos de fútbol y jugaba con la pelota al pica-pared. Para convencerme de ver juntos el último capítulo de Avatar, yo insistía en que antes teníamos que ver un episodio de Art Attack. Y para lograr que jugara conmigo a las Barbies, tenía que dejar que su ejército de soldaditos de plomo invadiera primero mi castillo de plástico rosa. Descubrimos pronto que tener un hermano significa aprender a negociar.

Nos llevamos poco más de dos años de diferencia, pero en aquel momento esa brecha era un océano: él era grande y yo era chica, su habitación estaba empapelada en azul y la mía en rosa, nos interesaban cosas distintas y compartíamos poco.

En la medida en que crecimos y los juegos fueron quedando atrás, empezamos a cultivar una única afición en común: los dos comenzamos a leer. Yo coleccionaba historietas de Mafalda, libros de María Elena Walsh y cuentos de Liliana Bodoc editados bajo el sello naranja de Alfaguara Infantil. Mi hermano coleccionaba historietas de Tintín y de Ásterix, revistas Billiken y un creciente repertorio de Atlas del mundo. Y cuando cumplió trece años, mi abuela le regaló el libro que cambiaría todo.

Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling, era ya un éxito editorial indiscutible. La edición que llegó a las manos de mi hermano el día de su cumpleaños tenía, en la primera página, el sello de una librería de usados en Buenos Aires. Sus páginas eran finas y de color sepia. Los párrafos iban desde el borde superior de cada página hasta el margen inferior con apenas respiros en blanco y una tipografía diminuta. Por su tamaño—más de doscientas páginas—y su aspecto estropeado, recuerdo pensar que no parecía un libro para chicos.

Era una de las primeras ediciones del libro en español, traducido por la editorial Salamandra e ilustrado por Dolores Avendaño. En la tapa, ya emblemática, un joven Harry vuela sobre su escoba. La figura se recorta contra la noche, y el contraste entre el brillo de las estrellas y la oscuridad del cielo sugiere algo a la vez encantador y tenebroso: una ambivalencia que empieza a entreverse en el primer libro y que se desarrolla en profundidad a lo largo de toda la saga.

Mi hermano lo terminó en apenas unos días, y a continuación pasó a taladrarme como solo él tiene el talento de saber hacer. “Tenés que leerlo”, me decía cuando entraba en mi habitación sin tocar la puerta; y me lo repetía a la mañana cuando íbamos a la escuela, y a la noche cuando cenábamos, y cada vez que nos cruzábamos en la cocina, en el living o en el comedor. Decidida a llevarle la contraria, yo respondía que no: nada que le gustara a él iba a gustarme, pensaba. Pero él no se dio por vencido. Poco después nos fuimos de vacaciones, y aprovechó para guardar el libro en mi valija. Su misión se intensificó: lo tenés que leer, lo tenés que leer, lo tenés que leer, insistía, hasta que al quinto día del viaje me ganó por cansancio. Prometí leer solamente el primer capítulo.

Las primeras páginas me resultaron densas y amagué con abandonarlo (hábito que sostengo al día de hoy: muchas historias mueren en mis manos en sus primeros párrafos). Pero, una vez pasado el primer capítulo, no lo solté más. A la vuelta de las vacaciones, devoré el segundo y el tercero y el cuarto con una voracidad que me sorprendía a mí misma. Los leía antes de irme a dormir y los resumía apenas me despertaba, pasando las páginas a toda velocidad antes de salir apurada al colegio. Leer nunca me había generado tanta emoción. Apenas terminé la saga, la empecé de nuevo. Al día de hoy la habré leído entera tres o cuatro veces.

Harry Potter y la piedra filosofal fue el primer libro con el que mi hermano y yo experimentamos una auténtica euforia lectora—esa sed adictiva en la que se difumina la frontera entre absorber libros o ser absorbido por ellos. Fue también nuestra primera devoción compartida. A partir de entonces—una vez superado el esfuerzo de admitir que él había tenido razón en su insistencia—construimos un lenguaje común: un idioma lleno de referencias a elementos del mundo Potter que nadie más en mi familia entendía, y a partir del cual empezamos a navegar otros temas y conversaciones, intercambiando nuevos libros y construyendo, de a poco, una lista compartida de afinidades literarias.

Varias ediciones sucedieron a aquel primer ejemplar que hoy sigue en mi biblioteca (me lo apropié hace tiempo, entre tantos otros libros que dudo que mi hermano reclame). Con el tiempo, aparecieron reediciones con papeles de distintos colores, tapas duras, variaciones tipográficas y nuevos diseños en las portadas. Este año, la editorial Penguin Random House (que adquirió los derechos tras incorporar a Salamandra en 2019) lanzó una reedición integral de la saga.

De la mano del ilustrador Xavier Bonet, esta reedición incluye nuevas ilustraciones en las portadas de los siete libros, además de dibujos al comienzo de cada capítulo, ajustes en la caligrafía y detalles en distintas páginas. Los trazos de colores vívidos anticipan la magia a la que invita cada libro. Descubrí las imágenes en internet y sentí cosquillas en el estómago: supe que van a redefinir la forma en que las nuevas generaciones de lectores se acerquen a esta historia que, quizás, también impacte profundamente en sus propias trayectorias literarias.

Estuve a punto de encontrarme con Xavier Bonet en la Feria del Libro de Bogotá, donde yo visitaba editoriales independientes y él firmaba ejemplares para decenas de lectores. No logramos coincidir en nuestros días allí—además hubiera sido imposible conversar con calma en el mar de gente—, así que terminamos hablando por videollamada: él desde su casa en Barcelona y yo desde Buenos Aires.

Ilustración de Harry Potter por Xavier Bonet. Cortesía del ilustrador.

Entre las películas y las ilustraciones de ediciones anteriores, el imaginario visual de Harry Potter ya está muy consolidado en la mente de miles de lectores. ¿Cómo encaraste la responsabilidad de volver a imaginarlo?

La verdad es que fue bastante abrumador. Es algo descomunal: estamos hablando de uno de los libros más famosos de todos los tiempos, que ha generado un impacto enorme en varias generaciones, incluida la mía, y que cambió las reglas del juego para la literatura infantil y juvenil. Tuve que aprender a abstraerme, olvidarme sobre todo de las películas y volver a los libros, para preguntarme qué podía aportar yo a la saga que fuera diferente, pero que a la vez conservara su esencia.

¿Qué recordabas de la primera vez que leíste Harry Potter?

Lo recordaba un poco difuso, porque tenía superpuestas las imágenes de cuando leí los libros y de cuando vi las películas. Hay muchas capas, muchos sedimentos. Tenía en mi cabeza muchas distorsiones, por eso tuve que hacer una relectura muy intensa de toda la saga.

¿Cómo fue releerlos de adulto?

Empecé a percibir nuevas conexiones que no recordaba. Fue una manera muy bonita de reencontrarme con el universo de Harry Potter. También fue un trabajo de introspección, en el que intenté conectarme con el yo de mi infancia. Hay un momento muy mágico y muy privado para quienes leímos esta saga por primera vez: ese instante en el que se despierta una realidad paralela y uno llega a pensar que el universo de Harry podría existir.

Cuando sabes que vas a ilustrar un libro, ¿cómo cambia tu lectura? ¿Qué buscas en el texto?

Si hay una descripción del personaje, la interiorizo mucho, pero también me interesa llegar a la capa más emocional. Harry es un niño que la pasa realmente mal: ha perdido a sus padres, vive una situación de maltrato y de repente tiene que afrontar algo—el universo mágico—que es enorme para él. Construir todo eso en una ilustración es como armar un puzzle. Intento que el personaje se forme a partir de esas piezas emocionales.

Siguiendo con la idea del puzzle, ¿por qué parte, o pieza, empezás a trabajar?

Siempre empiezo por la mirada del personaje. Me gusta ver qué transmite, cómo está compuesta esa mirada y qué nos está diciendo.

La única información que realmente tenemos sobre Harry es que es un chico de ojos verdes, con gafas y una cicatriz. Es muy difícil crear un personaje que se aleje de lo que han hecho los demás y que conserve un poco de tu identidad. Me apetecía aportar mi propia versión e identidad dentro de esta gran saga, teniendo en cuenta además la evolución de Harry. No deja de ser una historia que refleja mucho la realidad de la vida: hay muchas luces, pero también hay muchas sombras.

Tus dibujos no representan escenas concretas, sino composiciones que juegan con claroscuros y superposiciones, como si estuviéramos dentro de la mirada de Harry.

Sí, es un juego que iniciamos entre el editor y yo al descubrir que la mayoría de las ilustraciones Harry Potter contemplaban escenas o sucesos de la saga. Por eso pensamos hacer un guiño distinto: crear composiciones con los personajes que creíamos que tenían más peso en la historia, siempre ubicando a Harry en el centro y generando diferentes escenarios. Es un estilo parecido a los carteles cinematográficos, donde se hacen composiciones con personajes de forma más llamativa.

¿Tuviste contacto con J. K. Rowling durante el proceso?

Al ilustrar, conocer la intención del autor o la autora ayuda muchísimo. Poder hablar con ellos es como tener las direcciones de Google Maps: se llega más fácil al destino. En este caso no tuve ese contacto. Pero la saga desprende tanta riqueza y ha sido interpretada tantas veces que sabía qué se podía hacer, y eso me dio tranquilidad.

Tuve la grandísima suerte de que fue la propia autora quien me seleccionó, y eso para mí fue entender que había una conexión: le había gustado mi trabajo y percibió cosas de mi obra que podían encajar con la suya. Entonces, en este caso no tengo la ruta del mapa, pero sé que el objetivo es dotar a la saga, con mucho respeto, de una pincelada de mi personalidad.

Como la autora es poco accesible al público, vos te convertiste en la cara visible del proyecto y participaste en distintas presentaciones firmando las nuevas ediciones. ¿Cómo fueron esas experiencias?

Fueron oportunidades maravillosas. Estoy agradecido con la editorial y con la autora por dejarme ese espacio como ilustrador. Ella es tan conocida que no puede estar en todos los sitios, entonces me tocó ser un poco un diplomático, un representante del mundo mágico. Los “Potterheads” (como se denominan los fans de la saga) son una comunidad muy bonita donde cabe mucha gente y se trata con mucho respeto. Me han hecho sentirme muy cómodo. En las presentaciones de los primeros libros en España hubo muchísima gente, y noté ese cariño: padres que habían crecido con la saga traían a sus hijos para volver a empezar con ellos, como si se tratara de algo cíclico.

Ilustraciones por Xavier Bonet. Cortesía del ilustrador.

La editorial quería publicar toda la saga en pocos meses; eso exigió un ritmo bastante acelerado. Mi proceso comienza con papel y lápiz, pero rápidamente paso a lo digital. Me gusta lo orgánico del dibujo a mano, pero así sería imposible afrontar los tiempos editoriales. El universo de Harry Potter es muy rico y complejo; tiene su propio folclore. Revisar ese mundo en detalle lleva tiempo y las herramientas digitales ayudan a acelerar ese proceso.

Me llevan unos cinco o seis meses ilustrar un solo libro de la saga, entre la portada, la contraportada, el lomo y todos los pequeños detalles. Por cada libro puedo llegar a hacer entre ocho y diez portadas de prueba antes de definir la versión final. Es una revisión exhaustiva: intervienen mi editor, la propietaria de los derechos y la misma autora. Son más de nueve personas en el proceso.

La ilustración es un lenguaje, igual que la escritura, la música o la danza. Cada uno tiene un punto de vista que tiene que ver con nuestro universo interior: las vivencias en tu país, tu familia, tus amistades, tus lecturas, tus viajes, tu primer amor y desamor. Todo eso conforma quién eres tú; es un lenguaje único y personal. La ilustración es mi forma de compartirlo.

Además, esta saga trasciende a su autora. Creo que nos estamos olvidando de conectar entre nosotros, y Harry Potter habla mucho de eso: del respeto, de cómo podemos crecer como personas, de cómo nos enfrentamos hoy en día a las sombras. Con mi trabajo intento impregnar un poquito de magia en este mundo donde hay mucha brujería. No busco que mis dibujos sean simplemente “bonitos” —siempre habrá cosas más bellas—, sino que transmitan un mensaje que pueda tender puentes entre las personas.

Xavier Bonet trabaja sobre las ilustraciones en su casa en Barcelona. Cortesía del ilustrador.

A mis once años, sumergirme en el universo J. K. Rowling significó establecer un nuevo lazo con mi hermano. Leer Harry Potter nos acercó y también nos impulsó juntos hacia algo nuevo—la literatura adulta. La autora logra hablar de temas complejos, oscuros y profundamente humanos en una saga que es para chicos, pero que no es infantil. Son libros llenos de magia y también de emociones cotidianas, de amores y duelos y pequeñas alegrías, en el escenario de un mundo cambiante y amenazador. Ese descubrimiento sobre todo lo que un libro largo y pesado podía darnos nos llevó a buscar libros en estantes inexplorados de las bibliotecas y librerías, y a animarnos a leer libros con letra minúscula y centenares de páginas con tal de encontrar nuevas historias que también nos hicieran brillar los ojos.

Ahora mi hermano y yo vivimos lejos. Estamos a más de ocho mil kilómetros de distancia, y nos siguen gustando cosas muy distintas. Pero persistimos en el hábito de recomendarnos libros. Muchos de mis favoritos los leí solo por su insistencia. Supongo que esta es mi manera de decirle gracias.

Querido lector/a de Bibliofilia:

Gracias por llegar hasta acá. Y gracias también por tu paciencia con este newsletter que se hizo esperar. Hace dos meses empecé una maestría en Estados Unidos. Eso significó formularios, trámites, despedidas, vuelos y mudanzas. Ahora te escribo desde Cambridge, una ciudad pintoresca y llena de historia, muy cerca de Boston. Estoy en una biblioteca de techos altos en el campus de la universidad—afuera corre un viento frío; nada de la humedad y las alergias primaverales de Buenos Aires.

Estas semanas estuve acomodándome a un nuevo ritmo, en un lugar nuevo, y por eso Bibliofilia quedó en silencio. Pero seguimos acá. Voy a seguir entrevistando a escritoras y escritores que me gustan, y escribiéndote los domingos—con alguna que otra pausa, posiblemente—para que conozcas sus voces y disfrutes de sus historias tanto como yo. Quiero seguir construyendo este espacio donde las voces de los autores se acercan a los lectores, y donde, desde distintas partes del continente, compartimos los libros que nos apasionan.

Acordate de que podés compartir este newsletter con amigos, familiares, conocidos, y con cualquier persona que quiera descubrir el detrás de escena de escribir. Gracias por estar del otro lado.

Te mando un abrazo y nos leemos pronto.

Que tengas una buena semana,

Jessie

Read the original on bibliofilia.substack.com

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