Estoy esta noche sentada en el comedor, en el centro de esta casita en la que vivo.
Me sorprende en cuánto espacio puedo vivir. Aquí, apretada en esta casa. Apretada, pero en casa.
Pero bueno, mi casa no es el punto.
El punto es que solo quería escribir rápido que últimamente la vida me ha empujado a manejar la ambivalencia con el cuidado que solo tienen quienes hacen jardines.
Porque la vida, estos días, me ha pedido sostener todo lo lindo y lo no tan lindo en la misma mano. Con los mismos dedos. Escurriéndose por mi brazo hasta llegar al codo.
Así, sin darme tiempo de preguntar, me ha mostrado tantas cosas chulas y no tan chulas al mismo tiempo. Partiéndome el corazón en dos, pero también aligerándomelo por dos.
Y me he sorprendido de la gracia y la ligereza con las que he podido entregarme a la idea de que a veces no me queda más que la ambivalencia. Esa que nos pide sostener dos cosas opuestas a la vez. Como imanes: empujándose y abrazándose al mismo tiempo.
Así me sentí todas estas semanas.
Pero estoy orgullosa de que, entre todo, he podido respirar profundo. He podido lamerme las heridas, equivocarme y perdonarme. No condicionarme el cuidado de mí ni de mis deseos, pese al clima que anda en crisis.
Y pese a todo eso, puedo meterme a dormir en calma.
Quien me viera.
Yo en Bogotá, toda vestida de denim de GAP. Mayo 2026
El taller de este mes es sobre una emoción que tiene muy mala fama: la culpa. La favorita de todo el mundo para castigarnos entre sí. También la favorita para castigarnos a nosotras mismas.
Es de las emociones que más he estudiado porque la he sufrido tanto, y las mías la han sufrido tanto. Sintiendo culpa por escoger diferente, por ser diferente, por querer diferente, por amar diferente, por descansar, por existir, por sentarnos a disfrutar nuestros cuerpos.
Y lo curioso es que la culpa no está hecha p’ castigarnos. La misión de la culpa es ayudarnos a reparar cuando sentimos que dañamos algo importante, cuando rompemos un acuerdo o cuando nos alejamos de la persona que queremos ser. El problema es que muchas aprendimos a sentir culpa por cosas que no necesitan reparación. Por poner límites. Por descansar. Por necesitar espacio. Por decir que no. Por cambiar de opinión. Por escogernos. Entonces la culpa deja de ser una guía y se convierte en una alarma que suena aunque no haya temblor.
Y una de las cosas que más me gusta del journaling es que nos permite bajar todo ese ruido al papel. Verlo de fuera. Mirarlo con distancia. Porque muchas veces, cuando la culpa vive solo dentro de nuestra cabeza, parece tener razón. Y entonces no podemos hacernos esas preguntas que a veces son tan importantes. ¿De quién es esta culpa? ¿Qué me está tratando de decir? ¿De verdad hice algo que necesita reparación o simplemente estoy ocupando espacio?
Por eso el taller de este mes se llama Por mi culpa.
Dos horas para escribir con esta emoción. Para entender qué nos viene a decir, qué parte de ella sí nos sirve y qué parte ya no queremos seguir cargando. Para tener una conversación más honesta con una emoción que, para muchas de nosotras, ha tomado demasiado espacio.
Es el 27 de junio a las 10:00 am CDMX. Como siempre, en vivo y con grabación por un mes para quien no pueda acompañarnos ese día.
Si te quieres inscribir, acá está toda la información.
Gracias por leerme,
Ash

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