Su foto con Winona Ryder se escondía humildemente en la esquina del bar. Un bar lleno de tiliches, y si alguna vez se ha empleado bien la palabra tiliches, es ahora. Una combinación de adornos prehispánicos, huesos, llaveros y recortes de revistas adornaban las paredes. Estaba en una casa sencilla en Lomas de Chapultepec, que te hace recordar que los ricos no siempre fueron coleccionistas de Lamborghinis, casas de cristal y ropa tapizada de marcas. Hay ricos que usaron su dinero para hacer arte, y comprar casas de un piso en zonas con algo de onda en la Ciudad de México. Él fue director de cine, y debió de haber hecho películas muy raras porque (un cierto director, conocido por excéntrico) lo reconoce como una de sus inspiraciones.
Antes de llegar, decidí ir a comer al Turix, el único restaurante en Las Lomas con tantita madre. Me pedí una sopa de lima y tres tacos de cochinita. Había un vato explicándole a sus amigos que en su nuevo trabajo le daban vales de despensa. Contó que le dijo a su esposa “Marianita, no te preocupes, con esto puedes pagar el super”. A veces se antoja ser la Marianita de algún cabrón.
Llegué a la casa a las cuatro de la tarde, era una grabación chiquita donde mi novio tocaría la batería. Solo habían amigos de amigos. Llegué y vi que todos vestíamos los mismos tonos. Supongo que al crecer maduras tu estilo, o solamente lo homogeneizas. Mi novio me dijo que había una morra con el pelo igual que el mío. Esto no me gustó, nada. Estoy dejándome el pelo largo, una tarea que se ha vuelto mi piedra de Sísifo. Voltee a ver a la morra, y sí, teníamos el mismo pelo. El mismo color, el mismo corte. “Pero tú lo tienes más largo” me dijo mi novio, cosa que no era cierta. Ella no parecía estarse dejando el pelo largo, ella se lo había cortado así. Yo lo sentía disparejo, sin rumbo, como mordida de burro, diría mi mamá. Pero a ella se le veía bien. Hace unas semanas, empecé a usar paliacates para cubrir las partes que no terminan de decidir hacia donde van. Hoy consideré ponerme uno, pero decidí tener confianza en mí misma y usarlo suelto: Primer error.
Entramos a la casa, que estaba llena de obras de arte. Pensé que en algún punto los ricos usaban su dinero para coleccionar arte. Pero inspeccionándolas más de cerca, vi que todas se parecían. Tenían el mismo estilo mal hecho, sin interés alguno por aprender algo de sombras o texturas. Noté que a lado de ellas había un pedacito de papel con el nombre de la obra, el artista, y el precio. Todas las había pintado el director de cine. Tal vez era buen cineasta, pero era pésimo pintor. Pensé que antes los ricos usaban su dinero para hacer arte malo, aunque no generara ganancias. Pero al ver más de cerca las etiquetas, noté que las obras rondaban entre los 20,000 y 100,000 pesos. Solo una, colgada cerca del baño, tenía un sticker neón que indicaba que se había vendido. Eso podía significar dos cosas: o ya había entregado el resto de las obras que logró vender, o no era la única que pensaba que era un mal pintor.
Mi novio se fue a preparar para el show, ayudándole al técnico con el feedback del monitor y los canales y quién sabe qué chingados más. Yo me senté en un sillón a jugar con mi celular: segundo error. Me senté de tal forma que mi cara cubría mi pelo, probablemente por mi mala postura. Sentí como una mano tocó mi espalda, no entendí en qué momento mi novio se levantó de la batería. Pero no era mi novio, era el novio de la morra con el mismo pelo que yo. Cuando voltee, él se echó para atrás como si hubiera visto un fantasma. Yo le pedí perdón, tal vez por no ponerme el paliacate. Mi novio no vio la escena, pero el vato se volteó con él solo para asegurar que no pensara que fue intencional. Los cachetes se me llenaron de sangre, como si yo fuera la que va por ahí confundiendo a mi novia con viejas que solo quieren jugar con su celular.
“¡Perdón! Pensé que eras ______” él me insistió, aterrado. “Sí, ya me habían dicho que tenemos el mismo corte de pelo”. Aún así, me molesté. No con él, conmigo. Si me hubiera puesto el paliacate, esto no hubiera pasado.
Me levanté de mi lugar y salí por un cigarro. Y pensé en que sí soy la Marianita de alguien, y que me confundieron con otra Marianita porque tenemos el mismo pelo. Mismo color, mismo corte. Y pensé en lo cansada que estoy de no saber quién soy por fuera de eso, y que no sé si dejarme el pelo largo realmente resuelva algo. Pero sobre todo pensé en lo pinches feas que están las pinturas. Y que algún día no voy a ser una Marianita, aunque sea novia o esposa, porque voy a tener el pelo largo y buen gusto y las palabras que escribo me harán tan reconocible que podré comprar un bar para llenar con mis propios tiliches.

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