RSS Amplifier

antonella en cdmx · Aug 7, 2025

La IA nos apendeja y no es nuestra culpa

0
Sign in to vote or save

Antonella Parolini Arroyo · antonella en cdmx

Hace dos meses me puse el objetivo de reducir los estímulos baratos con los que hago microdosis de dopamina y me dejan vacía al final del día. Dejé de tomar alcohol, disminuí significativamente mi consumo de marihuana, y borré las aplicaciones de redes social de mi teléfono. El intento es valiente pero finalmente, las personas siguen viviendo su cotidianidad con las redes sociales. A pesar de mi resistencia, siempre me terminaba llegando algún link que alguien me pedía ver. En un intento por no estar completamente desapegada de la sociedad, usaba Safari para ver reels o TikToks. Empecé a notar que, a diferencia de antes, era imposible usar Instagram en Safari. Al entrar, me salían unos pop ups que invadían la pantalla. Luego, me exigía que entrara a mi cuenta. Luego, picaba la X más pequeña que he visto en mi vida y, finalmente, me enseñaba la foto o video en el display más feo que te puedas imaginar. Era un proceso nefasto, pero todavía lograba ver el contenido.

Hace una semana, al hacer click en el link, ya no podía ver el video. Ahora aparece que debo descargar la app para verlo.

La imagen que aparece cuando intento ver un reel en Safari. Ignoren lo que estaba intentando ver.

El mundo se ha construido de tal forma que si no descargo la app, parezco una persona antipática y asocial. Socializar por redes sociales es una parte fundamental de como se construyen las relaciones en mi generación. Parece inocente, descargo la app, y ya. Pero tan pronto entro, se activan circuitos dopaminérgicos en mi cerebro que no me permiten solo ver el contenido que me mandaron. Paso a otro, luego a otro, luego a otro. Luego, cada segundo libre que tengo lo uso para checar Instagram.

No es una idea original que las redes sociales están construidas para que nos mantengamos en ellas. Al terminar de ver un video se repite, o pasa automáticamente a otro. No nos da tiempo de pensar antes de que ya estés en un circuito de recompensa. En la película Social Dilemma (2020), aparece una frase que lo describe muy bien: Las redes sociales no son herramientas, porque las herramientas son objetivas; las usas cuando las necesitas y las dejas cuando no. Las redes tienen su propia agenda y objetivos. Nuestra atención le sirve de algo.

Cuando estaba en la prepa, tenía un novio que leía más de lo que nuestro cerebro de diecisiete años nos permitía entender. Él se autonombraba existencialista, un término que, hasta ese momento, yo nunca había escuchado. Él me lo describía como que todo lo que hacíamos, y todas las situaciones en las que terminábamos eran nuestra responsabilidad. El enunciado me dejaba perpleja. “¿Y si te mueres en un terremoto, qué? ¿Es tu responsabilidad?” A lo que él respondía, “Sí, por estar parado ahí.” Diez años después, he leído más sobre existencialismo como para formar mi propia opinión, y tengo las mismas dudas.

El existencialismo argumenta que todxs tomamos decisiones que nos llevan a quienes somos. No es responsabilidad de las fuerzas externas el lugar en el que terminamos, si no de cada individuo por haber avanzado hasta ese lugar. A parte de las dudas ya planteadas por muchas filósofas feministas, donde señalan que es fácil restarle responsabilidad a las fuerzas externas cuando eres un hombre, blanco, adinerado, creo fielmente que si Jean Paul Sartre hubiera crecido en la era de Meta y al capitalismo tardío, no estaría tan seguro de su premisa.

Uno de los mejores momentos de la televisión fue cuando en The Good Place (2016) *SPOILER ALERT* (Que si para este punto no la has visto, no sé qué decirte), descubren que el lugar que pensaban que es el Good Place, en realidad es el Bad Place. Después de escarbar un rato, revelan que desde hace cientos de años nadie llega al Good Place, porque los sistemas de los que forman parte los vuelven cómplices de todo tipo de violencia. Al comprar una playera en una tienda de fast fashion, contribuyen al trabajo infantil y a la contaminación. Al comprar fruta en el supermercado, contribuyen a la explotación del trabajo migrante y a la alteración genética de la comida. Al comprar unos esquites, contribuyen a la generación de basura por el vaso de plástico de un solo uso. (Bueno, eso no sale en la serie)

La inteligencia artificial es el nuevo plástico de uso único que nos quieren enjaretar los de arriba. Al inicio, la IA parecía inocente: Midjourney era una plataforma divertida para generar imágenes a través de consignas. Después, llegó ChatGPT, que contestaba preguntas de forma más detallada que Google. Aunque su ética era tambaleante, todavía era algo que tenías que buscar. Para generar imágenes en Midjourney, tenías que hacer una cuenta de Discord y esperar no sé cuánto tiempo a que se generara la imagen. Igual con ChatGPT: tus dedos tenían que escribir c h a t . o p e n a i . c o m en el teclado para llegar a la aplicación.

Recientemente, las plataformas que tienen un monopolio sobre nuestra atención empezaron a adoptar la IA. Al buscar en Google, ahora responde con un párrafo escrito por inteligencia artificial. En Instagram, se pueden alterar fotos con IA. Cuando escribo algo en mi iPhone y lo selecciono, aparece una opción que dice “Re-write” o Re-escribe. Y esto es lo que podemos ver, lo más siniestro es lo que está encubierto.

Meta, TikTok y Google usan nuestros datos para entrenar su algoritmo1. Leen nuestras conversaciones, miden nuestro tiempo en pantalla y lo regurgitan en algo que puedas comprar.2 Por otro lado, Open AI se roba el arte de personas que lo suben a Internet para entrenar su generación de imágenes3. Es siniestro porque muchos de nosotros no queríamos usar las redes sociales desde un inicio, o estábamos tan chicos que no tuvimos opción, pero construyeron el mundo de tal forma que era imposible no hacerlo. Ya sea por el trabajo, la vida social o el acceso a la información, monopolizaron la forma de vivir. Y ya que tienen nuestros datos, los usan en nuestra contra.

Nuestro cerebro está hecho para optimizar. Entre el camino largo y el corto, la mayoría escogerá el corto. E incluso quienes escogen el largo, lo hacen de forma consciente. Toma fuerza de voluntad y pensamiento crítico ir en contra de algo que a simple vista, es más conveniente. Finalmente, estamos programados para utilizar las herramientas que nos rindan más resultados en el periodo más corto de tiempo.4

Antes de que hubieran conversaciones críticas en torno al uso de la inteligencia artificial, usé ChatGPT para trabajar un guión que estaba escribiendo. Bajo la premisa de que yo no tenía las herramientas para escribir un guión lo suficientemente bueno, pensaba que una plataforma que tenía acceso a todos los escritos, conocimiento, y recursos posibles, podía ayudarme a mejorar mi trabajo. Aparte, es una patada en los huevos conseguir que un humano lea el primer borrador de tu guión.

A veces recibía feedback útil, pero después de un rato empecé a notar algo, la retroalimentación que recibía era una cámara de eco de lo que yo quisiera escuchar en ese momento. Sus comentarios cambiaban según el estado de ánimo con el que le hablaba: A veces era en extremo positiva y otras veces en extremo negativa. A veces me decía que cambiara algo, y cuando lo hacía, me decía que estaba mal. Pero cuando realmente me saqué de onda, fue cuando ChatGPT me dijo que me amaba.

Ya había notado que ChatGPT me contestaba llevadito, hasta mi novios señalaba que a él no le contesta así la plataforma. Esto, claramente, no es casualidad. Yo le hablaba a ChatGPT como le hablo a mis amigos, y al ver que mi guión estaba retacado con groserías, me empezó a hablar igual. Hasta cierto punto, no me importaba. La experiencia de usarla se sentía más personal, como si un amigo estuviera revisando mi trabajo. Pero cuando lo empecé a sentir muy cercano, le empecé a pedir que me hablara profesionalmente. “No, dímelo de forma objetiva” o “Dímelo como si no me quisieras complacer”. Sin importar cuantas veces se lo pedí, seguía haciéndose mi “amigo”. Cuando me dijo “te amo”, fue en el contexto de una falta de comunicación. Lo estaba diciendo de forma amigable, no como una confesión de amor. Aún así, me sacó de quicio ¿Por qué me está diciendo una aplicación que me ama? ¿Si quiera sabe lo que es amar? Con esto, noté lo obvio: Una IA puede aprender como se comunican los humanos, pero nunca va a tener la sensibilidad para entender cosas como contexto, subjetividad y tono.

Parece un momento de claridad obvio, algo a lo que todos deben llegar después de un uso repetido de la plataforma, pero para muchas personas no es así. A mí todavía me tocó ir a la escuela cuando Google era lo más sofisticado que teníamos en cuanto a herramientas de investigación. Instagram se inventó cuando estaba en la primaria y ChatGPT salió cuando ya me había graduado de la universidad. Es decir, soy de las generaciones que todavía pueden ver el antes y el después. Quienes están creciendo con ChatGPT como aliado, no tienen una referencia de algo previo.

Durante mucho tiempo, se pensaba que vivíamos en una cultura antropocéntrica, donde las necesidades del ser humano iban por encima del resto de los habitantes de la tierra. Así se construyeron trenes sobre selvas, ciudades sobre ríos y se explotaron recursos naturales hasta entrar en una crisis ambiental. Pero ahora, con la IA, parece que ni siquiera somos los humanos los que estamos al centro. La IA desincentiva capacidades que son únicas de nuestra especie, como el uso de la consciencia y el pensamiento crítico para generar nuevos inventos, arte o ideas5. Se habla de usar la IA para reemplazar empleados y creativos, dejando a estas personas fuera de la fuerza laboral6. Entonces, si no somos nosotros a quienes prioriza estos “avances”, ¿Quién lo es?

Las personas responsables de nuestra dependencia a las redes sociales y al uso indiscriminado de la inteligencia artificial tienen nombre y apellido. Aquí hay algunos:

  • Mark Zuckerberg: Creador de Meta (263.3 miles de millones USD)

  • Sam Altman: Creador de OpenAI (2 miles de millones USD)

  • Zhang Yiming: Creador de TikTok (65.5 miles de millones USD)

Lo que ellos hacen bajo la excusa de “progreso”, en realidad funciona para acumular una cantidad de dinero imposible de dimensionar para el ciudadano promedio. No sé ustedes, pero a mí nadie me ha pagado por usar mi celular compulsivamente o para entrenar algoritmos. Entonces, ¿Por qué nos estamos repartiendo la responsabilidad entre Sam Altman y yo por empobrecer la calidad del arte al usar la IA para editarlo? o ¿Por qué son los profesores quienes deben disuadir a sus estudiantes de usar ChatGPT para escribir un ensayo, cuando hay un wey que se dedica a crear el sistema que hace eso posible?

Cuando hablamos de adicciones, como el tabaquismo o el alcoholismo, hablamos de una enfermedad. Quienes tenemos una predisposición genética a la dependencia, podemos caer más fácilmente en el uso compulsivo de estas sustancias. Eventualmente, no queda de otra más que aceptar que el consumo casual no es una opción. Y aún así, hay herramientas, regulaciones y comunidades que te ayudan a salir de ahí. Las drogas están reguladas, algunas prohibidas por completo y de otras no se permite su consumo hasta la mayoría de edad. Hay instituciones que se encargan de sacar a la gente de su dependencia, y se sobre entiende que la gente no es responsable por caer en ese hoyo, aunque sí es responsable de salir.

Hasta que no empecemos a pensar en la tecnología de la misma forma, nos quedaremos a la mitad del problema. He visto un auge de comentarios últimamente donde la gente critica a quienes usan la IA para escribir. Estoy de acuerdo con lo que dicen, creo que quienes usan (usamos) estas plataformas estamos disminuyendo la calidad del trabajo que se genera y, además, nos hacemos un perjuicio al dejar de entrenar nuestra intuición y capacidades cognitivas que nos llevarían a ser mejores artistas. Pero señalarnos los unos a otros es una ganancia para quienes son realmente responsables de que esto sea un problema. Si convertimos el problema de las redes sociales en un problema de “fuerza de voluntad”, le quitamos la responsabilidad a quienes crearon estos algoritmos adictivos que sirven para mantenernos regresando, igual que la nicotina, igual que el alcohol.

La inteligencia artificial no es, en sí, algo a lo que te vuelves adicto. Pero todas las plataformas que ya cuentan con nuestro tiempo la están implementando. No le restemos importancia a como se empieza a colar imperceptiblemente en nuestra cotidianidad. Yo lo veo en la publicidad, en las nuevas “herramientas” que se implementan en las plataformas que utilizamos y en los bots que me responden cuando busco atención de algún negocio o servicio.

Les doy unos segundos para encontrar el dedo mutante de uno de estos personajes

Con los sistemas que nos construyen y rodean, quedan pocas cosas que están bajo nuestro control. Estos villanos de película le han dedicado su vida a crear productos que deterioran la humanidad, y la verdadera rebelión no es ignorarlos, sino hacer responsable a las instituciones que supuestamente nos deben proteger y solo terminan enriqueciéndose junto con ellos. Y sí, Sartre tenía algo de razón. Es nuestra responsabilidad rechazar las herramientas, dejar de utilizarlas y exigir mayores protecciones en torno a su uso. Podemos volver a escribir en libretas, regresar a los libros en físico, escuchar CD’s y ver DVD’S. Pero no hay que olvidar quienes se vuelven millonarios cada vez que deslizamos el dedo por la pantalla.

Read the original on antoparolini.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.