Hace unas semanas fui al cine, y antes de que empezara la película, salió el tráiler de la película ganadora de la Concha de Oro en el festival de San Sebastián, Los Domingos. Me dio una intriga instantánea por verla por una decisión que me pareció brillante: Durante todo el tráiler, la protagonista no dice una sola palabra. Consiste más bien de las personas a su alrededor opinado acerca de lo que ella debe hacer de su vida.
A partir de este punto, habrán spoilers:
Ainara, una joven de diecisiete años que asiste a una escuela católica, quiere hacer un discernimiento para decidir si va a ser monja. El contexto en el que toma esta decisión es algo turbio: Su madre falleció cuando era una niña, y aunque la recuerda con cariño, sus familiares hablan de ella como si hubiera estado loca. Su padre acaba de sacar un crédito de cientos de miles de euros para poner un restaurante y parece solo buscar las formas de reducir sus gastos. Su abuela es cada vez más grande y no hay certeza sobre cuanto tiempo más vivirá. Por último, la tía que funge como su figura materna también fue a la escuela de monjas, y esta experiencia provocó en ella ateísmo y un profundo rechazo por la iglesia católica.
Cuando Ainara logra hablar sobre la decisión que está tomando, no da de razón el abandono por parte de su familia, sino el despertar espiritual que ha experimentado últimamente. Habla del alivio que siente cuando está en el convento y de las conversaciones que tiene con dios. Su familia piensa que está perdiendo la cabeza. Su tía sobre todo da de razón que no ha experimentado lo suficiente, y le insiste a las amigas de su sobrina que la saquen al antro, la lleven de viaje, o la emparejen con el chico que le gustaba.
La película consiste del viaje de Ainara por tomar una decisión: Escoger la vida de monja o un camino secular. Pero más que eso, consiste de ver las reacciones que provoca en la gente a su alrededor la decisión que está por tomar.
Yo fui al cine con dos personas que estudiaron en colegios católicos, y ambos salieron diciendo que era una película de terror. Me metí a Letterboxd, y vi que muchas reseñas decían lo mismo. Yo tuve una experiencia diametralmente distinta. Para dar contexto: Crecí en una casa ligeramente católica. Íbamos a misa algunos domingos y rezábamos antes de dormir, pero siempre estudié en escuelas laicas. Nunca formamos parte de una comunidad religiosa, cada quien llevaba su relación con dios desde un lugar personal. Aunque tal vez no haya sido una decisión deliberada de parte de mi mamá, creo que resultó en que yo tuviera mayor libertad para decidir sobre mi propia espiritualidad en el futuro. Hasta hoy en día, ella me dice “Yo hablo directo con dios, no necesito un intermediario”.
Esto me protegió de varias experiencias que mis amigos que crecieron en el Opus Dei, los Legionarios, u otras órdenes religiosas, sufrieron. Yo puedo entrar a una iglesia y apreciar su valor arquitectónico, mientras que ellos prefieren quedarse afuera por las memorias que les trae ese espacio. Yo puedo leer textos religiosos y encontrar paz en ellos, mientras que ellos solo recuerdan las voces de los padres que los leían en la escuela. Sin saberlo, mis padres me protegieron de las instituciones que hoy en día me permiten acercarme a la espiritualidad desde un lugar más personal, mientras veo que a mis amistades herejes les provoca rechazo cualquier acercamiento a la religión institucionalizada.
Dicho esto, hay algo en Ainara que me movió profundamente. Desde que vi el tráiler de la película, pensé que me identificaría con la tía. Feminista, contestataria, mujer moderna e inteligente que entiende las razones por las cuales una joven vulnerable puede caer en las manos de la grande y manipuladora iglesia. Para mi sorpresa, no fue así. Desde el primer segundo que mencionó su discernimiento, vi en Ainara un deseo. Un interés por acceder a la trascendencia, algo más grande que los deseos carnales que le planteaba su tía como alternativa.
Estoy siendo intencionalmente ambigua, porque si digo la palabra “Jesús”, hasta yo me torno contra mí misma. Lo que pasa es que, para mí, la película trascendió el catolicismo como tema. Finalmente se trata sobre una adolescente, casi adulta, que quiere tomar decisiones poco convencionales en torno a su vida, y los adultos a su alrededor que no logran entender que tiene la agencia para hacerlo.
Habrá quien diga que para el papá es conveniente, pagar una colegiatura universitaria menos cuando se está ahogando en deudas, o ya no tener que preocuparse por criar a su hija mayor cuando tiene que construir un patrimonio para las tres más chicas. Pero, ¿qué tal si es la hija la que quiere deshacerse de su padre? En el funeral de su abuela, cuando le pide a Dios una señal sobre qué hacer, le repite a la cripta una y otra vez “Tú eres mi padre, tú eres mi padre” ¿Será que el abandono que siente Ainara de parte de su familia es tal que ella escoge también abandonarlos a ellos? Las reseñas que he visto sobre esta película se limitan a preguntar si la decisión de Ainara sería diferente si su padre hubiera estado más presente. Tenemos que partir de la idea de que no lo está, y nunca lo estará, y Ainara lo sabe. Ella no se puede aferrar a la falsa esperanza de que algún día su padre cambiará, como lo hace su tía, solo puede ver la realidad que tiene en frente. Si la iglesia la acoge y le da el cariño que su padre nunca le dio, ella puede decidir tomar ese camino. Y sí, es una decisión.
Porque, por otro lado, su tía se limita a pensar que Ainara no tiene la información o la agencia suficiente como para decidir sobre su futuro. Piensa que si viajara, estudiara fuera, saliera de fiesta, estuviera con más chicos, se daría cuenta del mundo al que está renunciando. Simultáneamente, vemos a la tía tomando decisiones como gallina sin cabeza. Tiene un hijo con su pareja de muchos años, pero no se han casado a pesar de tener una vida juntos. Su madre le dice que es un buen tipo, y parece que la tía lo sabe, pero no termina de sentir que hay algo mejor allá afuera. Un día llega tarde a su casa y le dice que se dió “dos besos con un idiota en un bar”, dejando claro que quiere provocarle algún tipo de reacción. En el momento, él solo responde que quiere dormir. Es al día siguiente que se pelean, y ella le pica todos los botones posibles para que él termine preguntando si se quiere separar. A pesar de tener todo aquello que le predica a Ainara que se está perdiendo al tomar esta decisión, no se ve realmente satisfecha con su vida.
Al principio de la película, intercambian los diálogos que para mí, marcan el camino del resto de la trama. Ainara le menciona por primera vez que va a hacer el discernimiento, y la tía le enlista todas las cosas de las que se estaría perdiendo, a lo que Ainara responde:
- “¿Y si esa vida no me llena?”
- “Cariño, pero a veces la vida también es eso”
- “Que no, que no es así. Cuando estoy en el convento no me siento así”
Ainara aún no tiene la madurez para entender que sí, la vida también es eso, siendo monja o no. Es lo que le dicen las demás monjas en el convento cuando les pregunta si no tienen impulsos de salir corriendo. Ellas responden que Jesús es como cualquier marido: Te desespera, te enoja, te dan ganas de hacer las maletas y ponerlas en la puerta. Pero que es una decisión quedarse ahí.
“Los Domingos” no es clara en si es una tragedia o una comedia (en el sentido clásico), y ahí recae su brillantez. La película concluye así: A pesar de los mejores esfuerzos de todos a su alrededor, Ainara decide ser monja. La abuela fallece, y el padre decide darle al banco su departamento para pagar el crédito. Esto causa una brecha con su hermana, porque tenían apalabrado que el cincuenta por ciento del departamento iba a ser suyo. Mientras hacen la mudanza, la tía tiene un arranque, un último esfuerzo porque Ainara decida quedarse con ellos. Dice que las monjas son unas putas locas, que solo se va porque su padre nunca le ha pedido que se quede, que no sabe lo que está haciendo. Le ruega al padre de Ainara que le pida que se quede, pero él no lo hace. Cuando su tía la deja hablar, Ainara responde: Rezaré por ti. Estos dos hechos, provocan una ruptura permanente en su relación. Mientras Ainara lleva acabo su ceremonia de postulante, la tía tiene una cita con un notario donde saca a Ainara y a su padre de su testamento, incluyendo en el caso de quién se haría cargo de la crianza de su hijo si ella muriera.
Desde que Ainara habla por primera vez de su discernimiento, son pocos los momentos en donde parece que cambiará de opinión. Besa al chico que le gusta, sale de antro, toma vodka en un viaje con amigos, pero nunca se le ve convencida de lo que hace. Su padre también parece aceptar la decisión desde el primer momento, ya sea porque le conviene o porque respeta la individualidad de su hija. (Parece ser más la primera opción, ya que le provoca más revuelo que su hija bese a un chico en su cuarto a que quiera ser monja.) La tía figura como antagonista de principio a fin, haciendo todo lo que está en ella por parar la decisión de su sobrina. De alguna forma, no hay arcos de personaje, todos terminan donde empezaron. Y, aún así, verlos tomar esas decisiones me llevó a lugares que no había visitado hace mucho tiempo.
El año pasado, comencé a ir a meditaciones budistas. Llegué rendida y sin alternativas, sabiendo que había hecho todo lo que estaba en mí por llenar el espacio vacío dentro de mi pecho y no lo había logrado. Mujer moderna que pensaba tener todo bajo control, llegué en un momento de profunda desesperanza ante como me encontraba frente a mi vida. Sin saber nada, me senté ahí, y me resigné a escuchar. Ya no a debatir ni a intentar encontrarle fallas a la lógica de los textos y los mantras. Al estar ahí, entendí que podía olvidar todo lo que me atormentaba allá afuera, que parecía enorme y demoledor. Podía enfocarme solo en respirar, en expandir mi amor incondicional por lo que me rodea, y en confiar en que si yo tomo decisiones bien intencionadas, esas decisiones darán frutos de alguna forma. Y empecé a sentir paz.
Cuando me preocupo demasiado por el rumbo de mi carrera, intento regresar a ese estado mental, en donde recuerdo que solo puedo controlar las decisiones que tomo. E intento que esas decisiones estén guiadas por mi interés por aportar algo positivo a este mundo. Y recuerdo que todo lo demás está fuera de mis manos. Y me da paz.
La fe budista es muy distinta a la católica, y si me identifico con esta filosofía es por razones muy concretas en donde discierno con la otra. Pero intentando mantenerme en los aspectos más abstractos de la película, puedo entender perfectamente por qué una niña como Ainara puede tomar vodka, besarse a un vasco, chismear con sus amigas, y sentir que eso no es suficiente. Puedo entender esa necesidad de trascendencia, o incluso esa necesidad por mantener una fe ciega en algo que está fuera de tus manos. En soltar el control porque, en realidad, cualquier intento de control es una ilusión. Al final de la película, cuando la tía saca a todos de su testamento, vemos que también se casó con el padre de su hijo, y es a él al que le hereda su patrimonio. De alguna forma, ella también tomó la decisión que le trae paz.
Yo no creo en el diablo, pero sí creo en el vato que te promete el mundo entero con tal de coger contigo para desecharte al día siguiente. No creo en el diablo pero creo en el alcohol y las drogas como formas de anestesia frente a la vida. No creo en el diablo pero creo en la búsqueda insensata que nos instaura el capitalismo por querer más, más, más. No creo en el diablo pero creo en los males del mundo cotidiano que no nos permiten la paz.
Pienso el hacer arte como un acto profundamente espiritual. Me considero devota a mi práctica, y hago todo lo que está en mí por dejar de hacerlo desde el ego o la necesidad de ser reconocida. Es difícil, y no siempre me sale, pero es mi mayor empeño en este mundo. Usar mi vida para hacer arte es lo único que me hace sentido. Y las meditaciones y los rituales y el dejar de tomar son solo una forma de mantenerme alineada a ese objetivo mayor. Porque realmente creo que alguien o algo me llama cuando lo hago. Creo que algo trabaja a través de mí, creo que nada me pertenece. Creo que toda la vida estuve buscando esto, y finalmente lo encontré. Y habrá quien sienta lo mismo y no lo llame un trabajo espiritual, sino preparación o dedicación o vocación. Pero al final de la película, cuando Ainara se pone el hábito de monja, la entendí.
Gracias por leer antonella en cdmx! Comparte esta publicación con quien hayas ido a ver la película.

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